Monday, February 16, 2015

Del escándalo de la Eucaristía: hoy, "esto es mi sangre", por Luis Antequera

Hablábamos ayer del escándalo que el mensaje eucarístico de Jesús representó entre sus contemporáneos: “Discutían entre sí los judíos y decían: ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’” (Jn. 6, 52).

Y decíamos que en la institución de la eucaristía había aún un elemento de escándalo mayor para un judío que la mera propuesta de sustituir el cordero pascual de la Antigua Alianza, por el cuerpo de un hombre, -aunque ese hombre fuera Cristo-, de la Nueva Alianza. Pues bien, ese elemento no es otro que la propuesta de Jesús de ingerir no sólo su cuerpo, sino lo que es aún peor… ¡¡¡su mismísima sangre!!!

Se podrá pensar que es una tontería, y que entre la ingesta de la sola carne y la de la carne y la sangre, no va nada. Pues bien, no. Y es que la sola posibilidad de alimentarse de la sangre de un ser vivo es para un judío algo más repugnante e inconcebible de lo que nadie pueda imaginar.

Las veces que el Antiguo Testamento prohíbe semejante práctica son incontables. Sin ánimo de ser exhaustivos, -porque aunque vamos a presentar varias aún hay muchas más-, ahí van algunas. Así, el libro del Génesis: “Sólo dejaréis de comer la carne […] con su sangre” (Gn 9, 4).

Y también el Exodo, que lo hace varias veces:

“El día diez de este mes cada uno tomará una res por familia […] Congregada toda la comunidad de Israel, la inmolará al atardecer. Tomaréis luego la sangre y untaréis las dos jambas y el dintel de las casas donde la comáis. Esa noche comeréis la carne […] Es la Pascua de Yahvé” (Ex. 12, 3-11).

“No ofrecerás la sangre de mi sacrificio junto con pan fermentado” (Ex. 23, 18).

En idéntico sentido se expresa el Levítico:

“Cuando alguno de vosotros presente a Yahvé una ofrenda […] si su ofrenda es un holocausto de ganado mayor […] los sacerdotes, ofrecerán la sangre y la derramarán alrededor del altar que está a la entrada de la Tienda del Encuentro […]. ‘Si su ofrenda es un holocausto de ganado menor, de ovejas o cabras […] los sacerdotes hijos de Aarón derramarán la sangre alrededor del altar […]. ‘Si su ofrenda a Yahvé es un holocausto de aves […] el sacerdote la ofrecerá en el altar, le quitará la cabeza y la quemar en el altar; su sangre será exprimida contra la pared del altar” (Lev. 1, 1-15).

Que lo explicita con toda claridad:

“Ésta es una ley perpetua, de generación en generación, dondequiera que habitéis: no comeréis nada de grasa ni de sangre” (Lev. 3, 15).

Y otra vez:

“La grasa de animal muerto o destrozado podrá servir para cualquier uso, pero en modo alguno la comeréis. Porque todo aquel que coma grasa de animal que suele ofrecerse como manjar abrasado a Yahvé, será excluido de su pueblo. Tampoco comeréis sangre, ni de ave ni de otro animal, en ninguno de los lugares en que habitéis. Todo el que coma cualquier clase de sangre será excluido de su pueblo” (Lev. 7, 24-27).

Y otra:

“Por eso tengo dicho a los israelitas: Ninguno de vosotros comerá sangre; ni tampoco comerá sangre el forastero que reside entre vosotros” (Lev. 17, 12).

Y otra:

“No comáis nada con sangre” (Lv. 19, 26).

A mayor abundamiento, lo hace también el Deuteronomio:

“Sólo la sangre no la comeréis” (Dt. 12, 16).

Y de nuevo:

“Sólo la sangre no la comerás; la derramarás por tierra como agua” (Dt. 15, 23).

La cosa es tan grave que en el Nuevo Testamento, concretamente en los Hechos de los Apóstoles, hallamos todavía rastros de la prohibición. Y es que cuando tras el Concilio de Jerusalén que celebran los apóstoles a petición de Pablo hacia el año 47, se decide qué hacer con los nuevos prosélitos que no provienen del mundo de la circuncisión, después de eximirles del cumplimiento de la Ley, de acudir al templo, de cumplir con el sabbat, de ser circuncidados, es decir, de ser judíos, todavía se les exige una condición, la única, para aceptarlos en comunión.

“Que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (Hch. 15, 29).

Y todo ello ¿por qué? Pues bien, por una razón muy clara: porque para los judíos, para la Biblia en definitiva, la sangre es el alma, la sangre es la vida. Bien claro lo dice el Génesis: “Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre” (Gn. 9, 4).

Y también el Levítico:

“Porque la vida de toda carne está en su sangre. Por eso mandé a los israelitas: No comeréis la sangre de ninguna carne, pues la vida de toda carne está en su sangre. Quien la coma, será excluido” (Lev. 17, 14)

Pero con toda claridad el Deuteronomio:

“Cuidado con comer la sangre, porque la sangre es el alma, y no puedes comer el alma con la carne” (Dt. 12, 23).

Lo que en definitiva quiere decir que el nuevo sacrificio que Jesús propone en la Eucaristía de la Nueva Alianza, no sólo implica la sustitución del objeto del sacrificio, el cordero pascual, por su propia persona. Sino lo que probablemente es aún más transgresor para sus contemporáneos: el consumo o ingesta no sólo de la carne del objeto del holocausto, sino también de su alma, de su vida... ¡de su sangre! Cobran entonces todo sentido las palabras de Jesús:

“En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn. 6, 53).

Un aspecto que en modo alguno se ha de considerar casual en el mensaje de Jesús, perfecto conocedor de las Escrituras, sino que, bien por el contrario, se ha de reputar total y absolutamente deseado, buscado y premeditado.

Fuente: religionenlibertad.com

No comments:

Post a Comment