Saturday, August 29, 2015

Tres explicaciones para entender mejor qué es la Misa y cómo vivirla de forma más plena, por el P. Ricardo Reyes



¿Qué tan común es para usted distraerse durante la Misa? ¿Le gustaría poder entender y vivir de forma más plena esta celebración? Con el fin de dar respuesta a este tipo de interrogantes, y enseñar a los fieles de una manera cercana la importancia de los sacramentos, sobre todo la Eucaristía y la Reconciliación, el sacerdote Ricardo Reyes Castillo viaja por el mundo dando conferencias y publicando libros como “Me dejé seducir” y “Cartas entre Cielo y Tierra”.

En su visita a Chile, el sacerdote de la diócesis de Roma y doctor en Sagrada Liturgia del Pontificio Ateneo San Anselmo, conversó con ACI Prensa y dio tres consejos para comprender la Santa Misa.

Eucaristía: Un encuentro con Dios

Lo primero a tener en cuenta, dijo el sacerdote, es que los sacramentos son “instrumentos de Dios” para encontrarse en intimidad con Él.

“La Misa es una relación, es ante todo un encuentro, un estar con Dios, es dialogar y nuestra alma necesita estar con Dios, ver si Él existe para poder encontrar una respuesta a nuestra vida, a nuestros sufrimientos, a nuestras luchas. El hombre necesita constantemente este diálogo, ver que no está sólo, experimentar a Alguien que le habla y le sugiere por dentro”.

“Por eso, decimos que los sacramentos son acción del Espíritu Santo, el Paráclito, el Abogado, el Consolador, Aquél que nos sugiere, nos defiende, nos consuela… Nosotros necesitamos encontrarnos con Él”, expresó el P. Reyes.

Eucaristía: Un misterio Pascual

El sacerdote comentó que cada Eucaristía “es un misterio pascual donde Dios quiere mostrar su amor (…) Ese misterio es manifestación de su belleza, que comienza a darle sentido a nuestra vida”.

Asimismo, “cada Eucaristía hace presente el pasar de Cristo de la muerte a la vida. Cada Eucaristía nos hace experimentar que con Cristo es posible pasar de un evento de sufrimiento a la luz de la Resurrección”, enfatizó el P. Reyes.

“Por eso, la Eucaristía comienza con el acto penitencial, el reconocer nuestras faltas, nuestra condición de vacío para poder ser llenados por el Amor”.

El sacerdote resaltó que “la Eucaristía es pasar de la esclavitud a la libertad. Nosotros, todos, necesitamos constantemente experimentar que con Cristo es posible ya, ser libres de amar aquí en la Tierra y de darnos a la vida”, comentó el doctor en liturgia.

Eucaristía es maravillarse

Los sacramentos y la Eucaristía “son canales de gracias a través de los cuales los cristianos tocan el cielo y eso les permite vivir como cristianos”.

El sacerdote explicó que “la Eucaristía es perdón, es amor, es poder estar con Cristo. Es el encuentro entre nuestra miseria y su misericordia. Eso causa en nosotros maravillas. Si yo me considero frágil incapaz de amar y me siento visitado por el Amor, entonces mi vida viene transformada y eso me abre a ver cosas mayores, cosas más grandes”.

“La Eucaristía es el encuentro con esa maravilla que es el Cielo que se abre sobre la tierra”, remarcó.

El P. Ricardo Reyes, ha tenido la bendición de haber sido ordenado por el Papa San Juan Pablo II, entregar su tesis doctoral “La Unidad en el pensamiento litúrgico de Joseph Ratzinger” al mismo Papa Benedicto XVI y conocer al Papa Francisco el mismo día de su cumpleaños.

Fuente: aciprensa.com

Wednesday, June 17, 2015

15 tipos de homilías malas que se podrían evitar (la feligresía lo agradecerá)

¡Qué difícil es hacer una buena homilía! ¿Cuál es la forma mejor de hacerlo? Lo que parece que está claro es lo que no debe hacerse. Aquí unos ejemplos:

1. Homilía improvisación: es la que el sacerdote prepara cuando se está poniendo el alba, el cíngulo, la estola y la casulla para la santa misa.

2. Homilía libresca: homilía con mucho sabor a libro y escritorio; homilía académica, marmórea…pero carente de corazón y de conocimiento de los oyentes.

3. Homilía arqueológica: homilía donde el predicador quiere siempre incursionar en detalles secundarios sobre los fariseos, esenios, dracmas, estadios, hora sexta, atrio, pozo…No explica el mensaje de Dios sino curiosidades periféricas.

4. Homilía romántica: que quiere arrancar lágrimas, sonrisas y azúcar en el oyente, a base de exclamaciones, interjecciones, gritos, lenguaje paternalista con adjetivos tiernos, diminutivos o aumentativos.

5. Homilía demagógica: que a base de palabras y más palabras para quedar bien con el público, traiciona tanto el mensaje evangélico como al destinatario, agrandando o empequeñeciendo, desfigurando y distorsionando la doctrina de Cristo.

6. Homilía literaria: más que una predicación sagrada es un ejercicio literario o poético.

7. Homilía antológica: la homilía se convierte en una oportunidad para recordar y sacar a colación todas las frases, sentencias, textos, poesías, definiciones que el predicador aprendió de memoria o que tenía en sus archivos.

8. Homilía molusco: invertebrada, blandengue, gelatina escurridiza, sin argumento, sin contenido, sin tema. No termina un tema cuando comienza otro.

9. Homilía ladrillo: sólo ideas sin relación con la vida de los oyentes. La homilía tiene que llegar, por así decir, a la cocina de esa mujer de casa, al puesto de trabajo de ese buen padre de familia, a los pupitres de ese estudiante…Esta homilía-ladrillo no llega.

10. Homilía espagueti: se enrolla y se enrolla sobre el mismo asunto, aburriendo a los oyentes y haciéndoles bostezar.

11. Homilía cursillo: trata muchos temas sin concretar ninguno.

12. Homilía repetición del evangelio: No sabe sacar un mensaje de ese evangelio para sus oyentes, y lo único que hace es repetir lo que se leyó en el evangelio. ¿Será posible que el predicador sea incapaz de zurcir una homilía jugosa con una sola idea bien expresada? ¡El oyente no es tonto, por favor!

13. Homilía técnica: usar todo el tiempo lenguaje teológico que la gente no entiende (metanoia, kénosis, anáfora, parusía, epifánico, histérico, pneumático, mistagogo, escatología, transubstanciación,…). La homilía no es una clase de teología, sino una conversación cordial con sus oyentes y parroquianos.

14. Homilía callejera: el predicador salpica todo el tiempo con jerga vulgar y chocarrera. Así se rebaja la palabra de Dios, la dignidad del profeta y la dignidad de los fieles que san Pablo llama “santos en el Señor”. El predicador no debe nunca rebajarse, pues está hablando en nombre de Cristo y de la Iglesia.

15. Homilía de mal piloto: el predicador no sabe despegar ni aterrizar, y da vueltas y más vueltas y nunca termina. “Y ya para terminar”…y vuelve a subir a las nubes…”y ya para terminar”…y vuelve a subir. Termine y punto, por favor.

Fuente: religionenlibertad.com

Thursday, May 7, 2015

Primera...¿y última comunión?

CARTA DE UNA CATEQUISTA

Hace muchos años que soy catequista de Primera Comunión. Considero que ello es una gracia de Dios. En primer lugar, porque recibe una más de lo que pueda dar. Los niños te devuelven el cariño aumentado. Además, te hacen plantearte, mejor dicho replantearte, tu propia fe a través de sus preguntas, pues el niño "no se corta", como se dice ahora, a la hora de presentarte sus dudas, y más de una vez te pone en algún apurillo al exponerlas de improviso, con relación a algún tema complicado de la vida humana y cristiana; en estos casos, lo peor que se puede hacer es decirles algo para salir del paso, ya que ellos lo captan e inmediatamente pierden la confianza en el catequista. No creo que haya que tener miedo a reconocer ante ellos lo que forma parte del misterio. Por ejemplo, si te preguntan cómo Jesús puede estar presente en la Sagrada Forma, pregunta por otra parte lógica y muy probable, sería absurdo y ridículo recurrir a extrañas transformaciones químicas, o de la materia, en lugar de decirles llanamente, que los cristianos lo creemos y lo aceptamos con gozo, porque nos fiamos de Jesús, que nos lo ha dejado dicho muy claramente en los Evangelios, a través de los testigos presenciales.

Pero el tema que quiero abordar aquí es algo que me preocupa, "que me sucede" cada año al acercarse el mes de Mayo, de las Primeras Comuniones. Todos sabemos que, dado el índice de práctica religiosa, desgraciadamente, para muchos niños se trata de la primera y última Comunión (sí Dios no lo remedia, por medio de una buena abuelica, tía, u otro familiar). No sé si existen estadísticas, pero me temo que sería muy triste conocer el porcentaje de niños que ya el Domingo siguiente al de su Primera Comunión, no va Misa, sencillamente porque sus padres tampoco van, y no los llevan, y a esas edades no suelen salir solos a la calle.

Los mismos niños te lo dicen espontáneamente, "mi papá se queda en casa" y hay que tener en cuenta que el niño tiene al papá y a la mamá como modelos casi exclusivos de referencia, a quienes imitar en lo bueno y en lo menos bueno. Yo siempre planteo este tema en la reunión con los padres, me gustó cuando en una ocasión un padre me dijo: "Mira yo tengo mis dudas de fe, mis dificultades con la Iglesia, pero como quiero ser honesto, y sobre todo por respeto a mi niño, me comprometo a que mi hijo vaya cada Domingo a Misa, porque comprendo que si no, no tendría sentido que pidiese la Comunión para él".

Hace pocos días hablando con un amigo que tiene un hijo en edad de comulgar, me decía: "yo a Misa no voy, pero cuando tengo un problema le rezo a mi Jesús del Gran Poder" (modo de expresar la religiosidad bastante común en muchos españoles). Al hablarle yo del valor comunitario de la Eucaristía como reunión celebrativa de los hermanos que profesamos la misma fe, me reconoció que, en el fondo, era una cuestión de dejadez y pereza, más que de problemas muy importantes en su relación personal con la fe católica.

Quiero terminar con una llamada a la colaboración de quienes leéis estas líneas. Seguramente, casi todos tenemos algún niño cercano (familiar o conocido) que está en estas circunstancias. Pienso que sin necesidad de actitudes impositivas, sino con suavidad y comprensión, podríamos hacer reflexionar a los padres sobre este importante tema. Sería una sencilla y hermosa contribución a la evangelización de la sociedad. Porque lo que tengo claro es que los niños quieren a Jesús, han comulgado por vez primera con toda la ilusión y saben que Jesús es su Amigo. Por ello, es muy triste que esa relación de amistad tan importante para sus vidas, se vaya enfriando y, acaso, acabe por perderse, por la falta de responsabilidad de sus mayores.

Fuente: religionenlibertad.com

Monday, May 4, 2015

Carta de una madre catequista a su hijo al finalizar el día de su Primera Comunión, por el P. Juan García Inza

Querido Rafa:

Hoy has hecho tu Primera Comunión y ahora comienza para ti una nueva vida, una vida llena de Jesús, tanto como tú quieras.

Todo comenzó hace más de 10 años, cuando papá y yo confiamos a Dios nuestro proyecto de vida en común, formando una familia. Aprendiste tus primeras oraciones cuando apenas sabías hablar y, poco a poco fuiste creciendo como el niño Jesús: “en sabiduría, estatura y gracia de Dios” (Cfr Lucas 2, 52).

Hace 2 años llegó el momento de prepararte de una forma más especial para recibir por primera vez a Jesús.  Yo tenía muchas ganas de estar más cerca de ti en este camino, así que me ofrecí como catequista acompañándote todas las semanas. Hemos ido aprendiendo un poquito más del amor que Dios nos tiene; hemos visto qué es lo que tenemos que hacer para parecernos más a Jesús cada día;  aprendimos también la importancia que tiene la Eucaristía y que lo único y fundamental de ese día es recibir a Jesús. Todo lo demás se pasa y acaba, pero Jesús siempre permanece a nuestro lado.

Hoy tienes en Jesús, al amigo que te escucha cada día y que te da su cuerpo como alimento, no te olvides de Él, te espera cada domingo. Nosotros no dejaremos de acompañarte. Confía en Jesús porque Él nunca te fallará.

Comparte con los demás todo lo que Dios te ha dado, en especial con tus hermanos, que siempre vean en ti un modelo a seguir. Ellos siempre te quieren imitar, ofréceles tu amor como sólo tú sabes. Sigue fijándote en las necesidades de los demás y cúbrelas en la medida de tus posibilidades, como has hecho hasta ahora con ese don que Dios te ha dado.

Rafa te queremos mucho y estamos muy orgullosos de ti, que este primer paso que has dado, de una manera consciente, en tu vida cristiana, sea el primero de un largo caminar en el que siempre habrá unas huellas al lado de las tuyas, ya sabes, las de Jesús.

Un beso muy fuerte

Tus padres

Fuente: religionenlibertad.com

Sunday, April 12, 2015

«¿Homilías? Hay que pasar de valores, remedios y expresar la experiencia de Cristo», Chus Villaroel, O.P.

El sacerdote dominico Chus Villarroel es uno de los predicadores más conocidos y apreciados en el ámbito de la renovación carismática del mundo hispano. Su lenguaje sencillo y vivencial, unido a la difusión de la llamada "espiritualidad de la gratuidad", citada constantemente por el Papa Francisco, lo convierten en una referencia en la renovación espiritual que tanto necesita la Iglesia. Acaba de publicar Teología de la Renovación Carismática (Vozdepapel) .

La revista Amanecer, altavoz mediático de las actividades y espiritualidad de la familia dominica le ha entrevistado:

- Como cualquiera de nosotros, tú también podrás distinguir distintas etapas en tu vida. ¿Hay algún momento especial que pudieras señalar como momento clave en el que inicias tu dedicación a la Renovación Carismática?
- Viajando en un tren, una chica desconocida me invitó con mucha fuerza a la Renovación. Me dijo imperativamente: "Vete, es necesario que vayas". Esto era a finales de 1976. Estudiaba en la Complutense y residía en las Agustinas junto a Conde de Peñalver 40. Nunca la he vuelto a ver en la vida. A su madre, que está en Sevilla, la conozco bastante bien.

- ¿Qué es para ti la Renovación Carismática?
- No hice mucho caso a Maravillas, así se llamaba la chica, pero me quedó dentro y un día me fui a ver qué era aquello. Me encontré con algo más de cien personas rezando de una manera extraña. Fuerza, aclamación, alabanzas a Dios, canciones bellísimas. Clima cálido y acogedor. Nadie me pidió ninguna ficha y salí a gusto. Me pareció algo nuevo e interesante. Yo venía de la dura teología del "Dios ha muerto" y me interesó aquello.

- Tus libros, y este último también, siempre se centran en relatos de experiencias de la vida y no en teorías. Tu estilo es anecdótico, narrativo, de andar por casa. ¿Por qué prefieres escribir así?
- Una de las cosas que me gustaron en la Renovación es que no había abstracciones. Apenas se pronunciaba allí ni la palabra Dios que en la cultura actual es una abstracción. Allí se hablaba de un Cristo vivo y resucitado y un Espíritu Santo que nos lo revela experimentalmente al corazón. Para mí, que toda mi educación había sido conceptual y abstracta, me vino muy bien. Toda mi parte afectivo-religiosa la tenía huérfana y yo no lo sabía. Cuando Santo Tomás de Aquino dijo que la teología era una ciencia y que tenía que seguir métodos científicos en su desarrollo nos hizo bien sólo hasta cierto punto. Yo estudié la filosofía fenomenológica en Alemania con Max Scheler y entré en el mundo de la vivencia como fuente de conocimiento real pero no conceptual. Como le sucedió a Santa Edith Stein y tantos otros. Con una sola vivencia puedes conocer a una persona o la validez de una actitud.

- ¿Crees que lo que dices en tu libro puede ser y va a ser tenido en cuenta por teólogos o se quedará, más bien, en creyentes de a pie?
- Yo creo que el problema lo va a tener en el futuro la teología conceptual porque tiene que buscar un lenguaje nuevo. La gente de hoy es fenomenológica. Si tu hija de quince años te dice: "No voy a misa, porque no me dice nada", está utilizando lenguaje fenomenológico. Ninguna niña del siglo XIX dijo nunca una cosa semejante, porque entonces, en nuestros ambientes, lo objetivo de por sí tenía vigencia y no podía ni ocurrírsele. Un tanto por ciento muy elevado de nuestra juventud ha dejado de frecuentar la Iglesia. En la discusión con sus padres, responden: "Yo quiero hacer mi propio camino, quiero vivir mis propias experiencias. Si algún día me encuentro con Dios, será porque lo he descubierto yo". La fenomenología es el descubrir en la propia vivencia la bondad y la belleza y, sobre todo, al Espíritu Santo.

- ¿Qué es la espiritualidad para ti?
- Es el camino que hace el Espíritu Santo en nosotros para acercarnos y darnos a conocer a Dios. La fe, la esperanza y la caridad nos tienen que ser regaladas. Para el cristiano este camino pasa por Cristo. Fe en Cristo, esperanza en Cristo y amor a Cristo. Desde ahí llegamos a la Trinidad por una parte y al hombre y a la creación por la otra. Es un camino gratuito pero que sucede en nosotros.

- A un sacerdote que tiene que predicar en lo misa del domingo, ¿qué le dirías?
- Que hable de Cristo. Que pase de filosofías, abstracciones, valores, remedios, recetas. Que no quiera cambiar ni arreglar el mundo. Que no trate de convencer a nadie de nada sino sólo que exprese la experiencia de Cristo en su corazón. Digo de Cristo, no de Dios. Que prepare menos y rece más y que sepa que predicar es hablar y dar testimonio de Jesucristo. El fruto de su predicación lo gestiona otro.

- ¿Tienes una palabra concreta para tus hermanos dominicos?
- Que sepamos que el futuro depende del Espíritu Santo. Y que la única solución la tenemos en la predicación-carisma. Si la Orden desapareciera ahora, el Espíritu la volvería a suscitar con nuevos y ardientes predicadores, todo lo demás, incluso el estudio, vendría por añadidura. Nadie es propietario de ningún carisma, si el encargado falta, Dios suscitará a otros predicadores, en especial de la misma Orden, porque los dones de Dios son irrevocables. No somos nosotros solos; es la Iglesia entera la que necesita una renovación grande de carismas fundados en Jesucristo.

- ¿Sobre qué tema o temas te gustaría escribir en el futuro?
- Estoy escribiendo actualmente una Espiritualidad carismática. Hay muchísimo que renovar, me parece a mí. Y después, si la salud me lo permite y Dios o quiere, escribiré algo más personal acerca de mi vida interior o cosas semejantes. Pero de eso sólo Dios sabe.

Fuente: religionenlibertad.com

Saturday, April 4, 2015

El milagro Eucarístico de Lanciano, por el P. Juan García Inza

Lanciano es una pequeña ciudad medieval, que se encuentra en la costa del Mar Adriático de Italia, en la carretera entre San Giovanni Rotondo y Loreto. Lanciano significa - "Lanza". Se trata de la antigua Anxanum, de los pueblos Fretanos. Aquí se conserva desde hace más de 12 siglos el primero y más grande de los milagros Eucarísticos.

Descripción del Milagro

La parte de la Hostia en el centro del círculo de carne, aunque era verdaderamente la Carne de Jesucristo, siguió teniendo los accidentes de pan sin levadura después del milagro, tal como ocurre en cada Consagración. Se mantuvo por muchos años, pero se desintegró porque la luneta que la contenía no había sido herméticamente cerrada.

La Carne y la Sangre actualmente visibles no solo son la Carne y la Sangre de Jesús como en toda Hostia consagrada, sino que mantiene hasta la actualidad los accidentes propios de carne y sangre humana. La Carne, desde 1713, se conserva en un artístico Ostensorio de plata, de la escuela napolitana, finamente cincelado.

La Sangre está contenida en una rica y antigua ampolla de cristal de Roca.La Hostia-Carne aún se conserva muy bien. El tamaño de la hostia es como las hostias que el sacerdote eleva en las misas hoy día. Es ligeramente parda y adquiere un tinte rosáceo si se ilumina por el lado posterior. La sangre coagulada tiene un color terroso que tiende al amarillo ocre.

El Milagro de Lanciano es un continuo milagro. La Hostia convertida en Carne y el Vino convertido en Sangre, sin el uso de ningún preservativo, están aún presentes en el relicario.

Historia del Milagro Eucarístico:

Un monje de la Orden de San Basilio, sabio en las cosas del mundo, pero no en las cosas de la fe, pasaba un tiempo de prueba contra la fe. Dudaba de la presencia real de Nuestro Señor Jesús en la Eucaristía. Oraba constantemente para librarse de esas dudas por miedo de perder su vocación. Sufría día tras día la duda. ¿Está Jesús realmente presente en la Eucaristía? Dudaba sobre el misterio de la transubstanciación. Su sacerdocio se convirtió en una rutina y se destruía poco a poco. Especialmente la celebración de la Santa Misa se convirtió en una rutina más, un trabajo más.

La situación en el mundo no le ayudó a fortalecer su fe. Había muchas herejías surgiendo durante esta época. Sacerdotes y obispos eran víctimas de esas herejías, las cuales estaban infestando a la Iglesia por todas partes. Algunas de estas herejías negaban la presencia real de nuestro Señor en la Eucaristía. El sacerdote no podía levantarse de esta oscuridad que envolvía su corazón. Cada vez estaba más convencido, por la lógica humana, de esas herejías.

El Milagro

Una mañana del año 700, mientras celebraba la Santa Misa, estaba siendo atacado fuertemente por la duda y después de haber pronunciado las solemnes palabras de la consagración, vio como la Santa Hostia se convirtió en un círculo de carne y el vino en sangre visible. Estaba ante un fenómeno sobrenatural visible, que lo hizo temblar y comenzó a llorar incontrolablemente de gozo y agradecimiento.

Estuvo parado por un largo rato, de espaldas a los fieles, como era la misa en ese tiempo. Después se volteó despacio hacia ellos, diciéndoles: ¡Oh, afortunados testigos a quienes el Santísimo Dios, para destruir mi falta de fe, ha querido revelárseles El mismo en este Bendito Sacramento y hacerse visible ante nuestros ojos! Vengan, hermanos y maravíllense ante nuestro Dios tan cerca de nosotros. Contemplen la Carne y la Sangre de Nuestro Amado Cristo.

Las personas se apresuraron a ir al altar y, al presenciar el milagro, empezaron a clamar, pidiendo perdón y misericordia. Otras empezaron a darse golpes de pecho, confesando sus pecados, declarándose indignas de presenciar tal milagro.

Otros se arrodillaban en señal de respeto y gratitud por el regalo que el Señor les había concedido. Todos contaban la historia por toda la ciudad y por todos los pueblos circunvecinos.

La carne se mantuvo intacta, pero la sangre se dividió en el cáliz, en 5 partículas de diferentes tamaños y formas irregulares. Los monjes decidieron pesar las partículas y descubren fenómenos particulares sobre el peso de cada una de ellas. Inmediatamente la Hostia y las cinco partículas fueron colocadas en un relicario de marfil.

Significado Espiritual de este milagro:

Como ha sido comprobado, la Hostia que fue milagrosamente convertida en Carne, está compuesta del tejido muscular del corazón humano (miocardio). Corazón humano y divino, que sufre y ama. Su Corazón es fuente abierta de gracia y misericordia. De este Corazón fluyó sangre y agua, símbolo de liberación y purificación para nuestros corazones. Este Milagro Eucarístico de Lanciano nos llama a ser almas de oración constante, en reparación por tantos pecados, por los nuestros y por los del mundo entero.

Además de que es muy significativo que este milagro sucediera en la ciudad llamada por el nombre de Longinos, el que traspasa el corazón de Jesús, y existe otro paralelo con lo que pasó con Longinos: El sacerdote al contemplar el Corazón Eucarístico de Jesús y su sangre, recibió la gracia de la conversión.

Otro detalle importante es que en este milagro eucarístico Jesús permitió ser crucificado de nuevo. Después del milagro, la Hostia fue clavada a un pedazo de madera, para que al secarse no se enrollara como le sucede a la carne. Aquí estaba El otra vez con clavos en Su Cuerpo, clavado a un pedazo de madera.

Frutos del Milagro:

El milagro que ocurrió en el año 700 fue solo el comienzo. Eso fue hace más de 1250 años. Si después del milagro, la carne y la sangre se hubieran desintegrado, como esperaban muchos, de todas maneras ya en sí mismo era un milagro espectacular. Además de la renovación de la fe del sacerdote y de todos los testigos, Lanciano ha sido un lugar donde muchos han encontrado la fe en la Eucaristía, y otros han aumentado en esa fe.

De inmediato la noticia del Milagro Eucarístico y el testimonio de la transformación del sacerdote se extendió por toda la ciudad y el país. Todas las personas hablaban del milagro. Los peregrinos concurrían a Lanciano para venerar la Hostia convertida en carne y el vino en sangre. Aumentó la fe y devoción al Corazón Eucarístico de Jesús, y se extendió por todo el país. Desde el principio, la Iglesia local aceptó este milagro como un verdadero signo del cielo, y veneró el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor en la Eucaristía en varias procesiones. Especialmente el día de su fiesta, que es el último domingo de octubre.

La fama del santuario se propagó rápidamente a través de la región y muy pronto toda Italia comenzó a hacer peregrinaciones a la Iglesia. Estas peregrinaciones no han sido solo locales, de todo el mundo llegan personas a venerar el Corazón de Jesús revelado en la Eucaristía.

La Iglesia del Milagro:

La Iglesia donde se encuentra el Milagro Eucarístico de Lanciano está en el centro de la ciudad. Lo que es el centro de la ciudad hoy en día era el suburbio de la ciudad en el Siglo Ocho, cuando ocurrió el Milagro Eucarístico. En este tiempo se llamaba la Iglesia de los Santos Longinos y Domiciano, y estaba bajo la custodia de los monjes de San Basilio del Rito Griego Ortodoxo. Esto fue antes del Gran Cisma de 1054.

Esta iglesia del milagro permaneció bajo la custodia de los monjes de San Basilio hasta 1176, que fue cuando los Benedictinos llegaron. El edificio se había deteriorado mucho y los Benedictinos no estaban muy animados a cuidar de él. Los Frailes Menores Conventuales (Franciscanos), sin embargo, querían custodiar el Relicario.

Uno de sus benefactores, el Obispo Landulfo, fue nombrado Obispo de Chieti y les dio el Santuario. En 1252 los Benedictinos se fueron y los franciscanos se hicieron cargo de todo con Bula pontificia del 12/5/1252. En 1258 los franciscanos edificaron la iglesia actual en el lugar de la Iglesia original de San Legonciano. Esta fue transformada en 1700 del estilo románico-gótico al barroco.

En 1515, el Papa Leo X hizo de Lanciano una Sede Episcopal bajo la responsabilidad directa de Roma. En 1562 el Papa Pío IV escribió una Bula Papal elevándola a la Sede Arzobispal. En 1666 los franciscanos se encontraron en medio de una batalla legal con los Raccomandati, un grupo "selecto" de la ciudad, que pensaban que eran mejores que todo el mundo. Trataron de quitarle la Iglesia a los Franciscanos, poniéndole una demanda a la iglesia original de San Longinos, sobre la cual fue edificada la iglesia franciscana. Si hubiera ganado, hubieran tenido las dos Iglesias.

El 25 de junio, de 1672, el Papa Clemente X declaró el altar del Milagro Eucarístico como un altar privilegiado en el octavo día de los difuntos y en todos los lunes del año. El Señor intervino por medio del Cardenal Giannetti de la Sagrada Congregación de Obispos y Religiosos, y los franciscanos ganaron el caso. Inmediatamente aplicaron para obtener el escrito oficial, y 18 años más tarde en 1684, se le concedió. Durante el tiempo de Napoleón en 1809, los franciscanos fueron arrojados de la ciudad. Pero volvieron el 21 de junio, de 1953.

Diferentes lugares de veneración dentro de la iglesia:

A través de los años el Milagro Eucarístico fue colocado en diferentes lugares en la Iglesia de San Francisco. En 1566 la amenaza de los turcos se hizo dominante a través de la Costa Adriática. Por medidas de seguridad el Milagro Eucarístico fue sacado de su capilla y fue guardado en el otro lado de la Iglesia.

El 1 de agosto de ese año, un fraile, Giovanni Antonio de Mastro Renzo, perdió la fe, no en la Eucaristía, sino en la habilidad o deseo de Dios para salvarlo a él y a su pequeño grupo de franciscanos, de la embestida de los turcos. El fraile, viendo la necesidad de salvar el Milagro Eucarístico de los turcos, cogió el relicario que contenía la Carne y la Sangre del Señor y con sus frailes desapareció de la ciudad. Caminaron toda la noche.

Antes del amanecer, el Fraile Giovanni sintió que ya había suficiente distancia entre ellos y el enemigo, y le ordenó a sus frailes que descansaran. Al salir el sol se dieron cuenta de que estaban de nuevo a la entrada de la ciudad. Creyeron que el Señor había intervenido porque quería que el Milagro Eucarístico de Lanciano fuera un signo de seguridad para las personas de la ciudad, un signo de que Dios no los había abandonado. Los frailes quedaron llenos del Espíritu Santo y ofrecieron permanecer en la iglesia y proteger el Milagro Eucarístico con sus vidas.

Según esto ocurría, el Señor los protegía del mal, igual que a la ciudad de Lanciano y al Milagro Eucarístico. La Carne y la Sangre de Nuestro Señor permanecieron guardadas hasta 1636, a pesar de que la amenaza de invasión de los turcos había desaparecido. En este tiempo el Milagro Eucarístico fue transferido al lado derecho del altar, encerrado en un tabernáculo de hierro. Había cuatro llaves para la bóveda, cada una guardada por diferentes personas de la ciudad. Esta fue llamada la Capilla Valsecca, en honor de su benefactor.

En 1713 el relicario de marfil fue reemplazado por el que hoy exhibe las dos reliquias. Es de plata y cristal. La hostia está expuesta como regularmente se hace en una custodia y las partículas de sangre en un cáliz de cristal, que muchos creen es el cáliz original donde se dio el milagro. En 1887, el Arzobispo de Lanciano, Monseñor Petarca, obtuvo del Papa León XIII, una indulgencia plenaria perpetua para los que veneraran el Milagro Eucarístico durante 8 días después del día de fiesta.

La Carne y Sangre Milagrosa estuvieron guardadas en esa capilla hasta 1902. Los fieles solo podían venerar el Milagro Eucarístico en ocasiones especiales, el lunes después de Pascua y la última semana de octubre, la semana de la fiesta. La indulgencia plenaria estaba disponible para las personas durante la fiesta. En 1902 se determinó que la Capilla Valsecca era inadecuada para el Milagro Eucarístico. El Obispo Petrarca, con el apoyo de los Lancianenses, le construyó un hermoso altar monumental donde está actualmente. Se puede subir a contemplar de cerca el milagro, por una escalera detrás del altar mayor. El tabernáculo está abierto por detrás para que se pueda ver el relicario que contiene la preciosa Sangre y Carne de Nuestro Señor.

Lanciano fue escogido como el lugar para el Primer Congreso Eucarístico de la región de Abruzzi del 23 al 25 de septiembre, de 1921.

Investigaciones científicas

En 1574 se hicieron pruebas de la Carne y la Sangre y se descubrió un fenómeno inexplicable. Las cinco bolitas de Sangre coagulada son de diferentes tamaños y formas. Pero cualquier combinación pesa en total lo mismo. En otras palabras, 1 pesa lo mismo que 2, 2 pesan lo mismo que 3, y 3 pesan lo mismo que 5. Este resultado está marcado en una tabla de mármol en la Iglesia. A través de los años se han hecho muchas investigaciones. Nuestro Señor se ha permitido ser pinchado y cortado, examinado a través de microscopio y fotografiado.

A las distintas investigaciones eclesiásticas siguieron las científicas, llevadas a cabo desde 1574, en 1970-71 y en 1981. En estas últimas, el eminente científico Profesor Odoardo Linoli docente en Anatomía e Histología Patológica y en Química y Microscopía Clínica, con la colaboración del Profesor Ruggero Bertelli de la Universidad de Sena, utilizó los instrumentos científicos más modernos disponibles.

Los análisis, realizados con absoluto rigor científico y documentados por una serie de fotografías al microscopio, dieron los siguientes resultados:

*La Carne es verdadera Carne. La Sangre es verdadera Sangre.

*La Carne y la Sangre pertenecen a la especie humana.

*La Carne está constituida por el tejido muscular del corazón. En la Carne están presentes, en secciones, el miocardio, el endocardio, el nervio vago y, por el relevante espesor del miocario, el ventrículo cardiaco izquierdo.

*La Carne es un CORAZÓN completo en su estructura esencial.

*La Carne y la Sangre tienen el mismo grupo sanguíneo (AB).

*En la Sangre se encontraron las proteínas normalmente fraccionadas, con la proporción en porcentaje, correspondiente al cuadro Sero- proteico de la sangre fresca normal.

*En la Sangre también se encontraron estos minerales: Cloruro, fósforo, magnesio, potasio, sodio y calcio.

*La conservación de la Carne y de la Sangre, dejadas al estado natural por espacio de 12 siglos y expuestas a la acción de agentes atmosféricos y biológicos, es de por sí un fenómeno extraordinario.

Conclusión:

Se puede decir que la ciencia ha dado una respuesta segura y exhaustiva acerca de la autenticidad del Milagro Eucarístico de Lanciano. Jesús nos da, otra vez, Su Corazón por medio de este Milagro Eucarístico. El mismo que fue traspasado por Longinos en el Calvario. El mismo que está en cada Eucaristía en cada Tabernáculo. Es un Corazón traspasado de amor por los hombres, y que solo recibe desprecios, indiferencias, blasfemias, sacrilegios de los mismos hombres. Es manifestación de amor, amor más sublime no existe. Solo Nuestro Señor nos ama de esta forma. Cada Misa, cada Eucaristía es un acto de amor de nuestro Señor. En cada Eucaristía se derraman gracias de salvación para la humanidad.

El Señor nos sigue dando Su Sangre, Su Cuerpo todos los días en la Eucaristía para sanarnos, liberarnos y sustentarnos. Que cada Eucaristía sea un encuentro único con el Corazón de Jesús, encuentro con el Dios de Amor, el Dios que se manifiesta misericordioso, compasivo, y a la misma vez con un Corazón traspasado por los pecados nuestros y de la humanidad.

Qué podemos hacer nosotros, sino consolar al Corazón traspasado de Jesús, no permitiendo que su preciosa sangre sea derramada en vano en nuestras vidas, sino más bien, apropiarnos de las gracias que brotan de su costado abierto, abierto todavía, para que podamos ir a la fuente abierta de salvación que es su Corazón.

Cristo está vivo entre nosotros, cada milagro Eucarístico es una prueba más de esto. "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". San Juan 6:54-56

Fuente: religionenlibertad.com

Thursday, February 19, 2015

El Papa no quiere sacerdotes «rígidos» ni «showman» en las homilías


El Papa Franciscono quiere sacerdotes «rígidos» pero tampoco «showman» en sus homilías. Así se lo ha pedido durante el tradicional encuentro de Cuaresma con el clero romano en el que ha entrado en el detalle sobre la actitud que debe adoptar un sacerdote cuando predica la homilía.

Por ello, les ha conminado a no ser ni «artificiales» en las homilías, al tiempo que les ha invitado a «recuperar la belleza» que provoca «estupor» en quien celebra la misa y en los fieles que participan. «Si soy excesivamente rígido, no dejo que se entre en el misterio. Si soy un showman, no dejo entrar en el misterio. Son dos extremos», ha explicado.

Así, ha recalcado que cuando un sacerdote se dispone a hacer la homilía durante la misa, «debe entrar en una atmósfera espontánea, normal, religiosa, pero no artificial».

Para el Pontífice argentino, sólo así se recupera «el estupor, ese que se siente en el encuentro con Dios». «Cuando se ve a un sacerdote que predica en modo sofisticado o artificial, que abusa de los gestos, no es fácil que se llegue a este estupor, esta capacidad de entrar en el misterio», ha sentenciado finalmente el Papa. «Celebrar --ha recordado Francisco-- es entrar y hacer entrar en el misterio. Es simple, pero es así».

Fuente: abc.es

Vittorio Messori lanza tres sugerencias a todos los sacerdotes para que sus homilías no aburran: simplificar, personalizar, dramatizar

Veinticinco de los 288 apartados de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium están consagrados a las homilías, un signo de la importancia que el Papa Francisco concede a la predicación en misa. De hecho, el 10 de febrero la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos presentó un Directorio Homilético de 150 páginas, que había sido solicitado por el sínodo de 2008, dedicado al a Palabra de Dios, como orientación a los sacerdotes para aprovechar mejor los sermones en beneficio de los fieles.

Un liturgista y un periodista

A esta cuestión dedica también Vittorio Messori su contribución al libro de Nicola Bux Cómo ir a misa y no perder la fe (Stella Maris), de reciente aparición. Messori es autor de dos históricos libros-entrevista: en 1984, el decisivo Informe sobre la fe, con el entonces cardenal Joseph Ratzinger; y en 1994, el libro-entrevista a San Juan Pablo II Cruzando el umbral de la esperanza, el primero que se hacía a un Papa. Considerado el escritor católico más traducido del último medio siglo, la labor periodística y ensayística a la que se ha consagrado desde su conversión se ha centrado en una apologética directa, fundamentada y entretenida.

Messori añade a Cómo ir a misa y no perder la fe precisamente el capítulo sobre "El problema de la homilía", esto es, el estado de desconexión (o, peor aún, de incomprensión; o, peor aún, de irritación) en la que muchos fieles entran en cuanto el sacerdote empieza a hablar. No necesariamente la responsabilidad es del predicador, y por eso Messori se excusa admitiendo que es sólo un laico opinando de asunto ajeno. Pero también recuerda sus décadas de oficio "vendiendo palabras" como periodista y escritor... y ciertamente no le ha ido mal.

Tanto Nicola Bux como Vittorio Messori han defendido la hermenéutica de la continuidad de Benedicto XVI, que se plasma en este libro para los aspectos litúrgicos.

En realidad, sostiene, las bases de una buena homilía son las de cualquier comunicación, y las sintetiza en "tres verbos: simplificar, personalizar y dramatizar".

El consejo de Doña Margherita

Cuenta Messori que Don Bosco, sacerdote bastante culto, predicaba siempre con gran sencillez. Había "truco": cada una de sus homilías, tan celebradas, pasaba el filtro de Doña Margherita, su madre, que apenas tenía estudios. Lo que ella no entendía, lo cambiaba hasta que lo entendiese. La costumbre empezó en una ocasión en la que le dio a leer el texto, y la mujer le preguntó qué significaba la palabra "clavígero", con la que el santo designaba a San Pedro. "El que lleva las llaves", respondió el fundador salesiano. "¿Por qué, entonces, no lo llamas así?", replicó la mamma.

Simplificar no es sólo cuestión de lenguaje: también de método. Messori aconseja que el sacerdote reduzca a una ("una -y sólo una-") las ideas que quiere transmitir, a uno ("¡uno, sólo uno!") los argumentos que aborde.

Con todo, la simplificación no implica racionalizar el discurso y eliminar el misterio, que es inherente a la fe: "Las ideas claras y el lenguaje igualmente claro del predicador conviven, necesariamente, con lo inefable (es decir, con aquello que, por su esencia, no se puede expresar) y con el símbolo, instrumento privilegiado con el cual es posible por lo menos aludir a dichas realidades".

Contar historias y apuntar al adversario

Personalizar y dramatizar: contar historias, implicarse en ellas y convertirlas en escenario de un combate en el cual señalar el campo propio y el ajeno. En resumen: huir de la abstracción, que aleja al oyente de lo que se le está contando.

Messori aconseja arriesgarse a usar el "yo": "Los más eficaces de los anunciadores cristianos son quienes no han buscado ser «autores», sino hombres, testigos, a través precisamente de la temeridad de decir «yo»". Y cita el caso de obras clásicas como las Confesiones de San Agustín, los Pensamientos de Blaise Pascal o el Diario de Sören Kierkegaard.

Y ¿por qué dramatizar? Esto es, ¿por qué "proponer lo que se debe pensar, narrando (o mejor, mostrando) lo que se debe hacer", y además apuntar al adversario? Porque en el fondo del corazóln humano hay una necesidad "de antagonismo, de choque, de beligerancia". Hay que incitar al bien señalando el mal. Los partidos amistosos, subraya Messori, aburren.

Para enmarcar

En resumen, concluyen estas páginas finales de Cómo ir a misa y no perder la fe: "Querer comunicar sin simplificar puede confundir en lugar de iluminar; olvidarse de personalizar lleva a la insignificancia de ideas que resbalan por la roca y no van a lo profundo; sin dramatizar, se consigue un discurso que, a falta de adversario, ya no es humano; se afloja, provocando no la atención y la pasión, sino las miradas al reloj para ver si la predicación está ya a punto de acabar.

Fuente: religionenlibertad.com

Monday, February 16, 2015

Del escándalo de la Eucaristía: hoy, "esto es mi sangre", por Luis Antequera

Hablábamos ayer del escándalo que el mensaje eucarístico de Jesús representó entre sus contemporáneos: “Discutían entre sí los judíos y decían: ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’” (Jn. 6, 52).

Y decíamos que en la institución de la eucaristía había aún un elemento de escándalo mayor para un judío que la mera propuesta de sustituir el cordero pascual de la Antigua Alianza, por el cuerpo de un hombre, -aunque ese hombre fuera Cristo-, de la Nueva Alianza. Pues bien, ese elemento no es otro que la propuesta de Jesús de ingerir no sólo su cuerpo, sino lo que es aún peor… ¡¡¡su mismísima sangre!!!

Se podrá pensar que es una tontería, y que entre la ingesta de la sola carne y la de la carne y la sangre, no va nada. Pues bien, no. Y es que la sola posibilidad de alimentarse de la sangre de un ser vivo es para un judío algo más repugnante e inconcebible de lo que nadie pueda imaginar.

Las veces que el Antiguo Testamento prohíbe semejante práctica son incontables. Sin ánimo de ser exhaustivos, -porque aunque vamos a presentar varias aún hay muchas más-, ahí van algunas. Así, el libro del Génesis: “Sólo dejaréis de comer la carne […] con su sangre” (Gn 9, 4).

Y también el Exodo, que lo hace varias veces:

“El día diez de este mes cada uno tomará una res por familia […] Congregada toda la comunidad de Israel, la inmolará al atardecer. Tomaréis luego la sangre y untaréis las dos jambas y el dintel de las casas donde la comáis. Esa noche comeréis la carne […] Es la Pascua de Yahvé” (Ex. 12, 3-11).

“No ofrecerás la sangre de mi sacrificio junto con pan fermentado” (Ex. 23, 18).

En idéntico sentido se expresa el Levítico:

“Cuando alguno de vosotros presente a Yahvé una ofrenda […] si su ofrenda es un holocausto de ganado mayor […] los sacerdotes, ofrecerán la sangre y la derramarán alrededor del altar que está a la entrada de la Tienda del Encuentro […]. ‘Si su ofrenda es un holocausto de ganado menor, de ovejas o cabras […] los sacerdotes hijos de Aarón derramarán la sangre alrededor del altar […]. ‘Si su ofrenda a Yahvé es un holocausto de aves […] el sacerdote la ofrecerá en el altar, le quitará la cabeza y la quemar en el altar; su sangre será exprimida contra la pared del altar” (Lev. 1, 1-15).

Que lo explicita con toda claridad:

“Ésta es una ley perpetua, de generación en generación, dondequiera que habitéis: no comeréis nada de grasa ni de sangre” (Lev. 3, 15).

Y otra vez:

“La grasa de animal muerto o destrozado podrá servir para cualquier uso, pero en modo alguno la comeréis. Porque todo aquel que coma grasa de animal que suele ofrecerse como manjar abrasado a Yahvé, será excluido de su pueblo. Tampoco comeréis sangre, ni de ave ni de otro animal, en ninguno de los lugares en que habitéis. Todo el que coma cualquier clase de sangre será excluido de su pueblo” (Lev. 7, 24-27).

Y otra:

“Por eso tengo dicho a los israelitas: Ninguno de vosotros comerá sangre; ni tampoco comerá sangre el forastero que reside entre vosotros” (Lev. 17, 12).

Y otra:

“No comáis nada con sangre” (Lv. 19, 26).

A mayor abundamiento, lo hace también el Deuteronomio:

“Sólo la sangre no la comeréis” (Dt. 12, 16).

Y de nuevo:

“Sólo la sangre no la comerás; la derramarás por tierra como agua” (Dt. 15, 23).

La cosa es tan grave que en el Nuevo Testamento, concretamente en los Hechos de los Apóstoles, hallamos todavía rastros de la prohibición. Y es que cuando tras el Concilio de Jerusalén que celebran los apóstoles a petición de Pablo hacia el año 47, se decide qué hacer con los nuevos prosélitos que no provienen del mundo de la circuncisión, después de eximirles del cumplimiento de la Ley, de acudir al templo, de cumplir con el sabbat, de ser circuncidados, es decir, de ser judíos, todavía se les exige una condición, la única, para aceptarlos en comunión.

“Que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (Hch. 15, 29).

Y todo ello ¿por qué? Pues bien, por una razón muy clara: porque para los judíos, para la Biblia en definitiva, la sangre es el alma, la sangre es la vida. Bien claro lo dice el Génesis: “Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre” (Gn. 9, 4).

Y también el Levítico:

“Porque la vida de toda carne está en su sangre. Por eso mandé a los israelitas: No comeréis la sangre de ninguna carne, pues la vida de toda carne está en su sangre. Quien la coma, será excluido” (Lev. 17, 14)

Pero con toda claridad el Deuteronomio:

“Cuidado con comer la sangre, porque la sangre es el alma, y no puedes comer el alma con la carne” (Dt. 12, 23).

Lo que en definitiva quiere decir que el nuevo sacrificio que Jesús propone en la Eucaristía de la Nueva Alianza, no sólo implica la sustitución del objeto del sacrificio, el cordero pascual, por su propia persona. Sino lo que probablemente es aún más transgresor para sus contemporáneos: el consumo o ingesta no sólo de la carne del objeto del holocausto, sino también de su alma, de su vida... ¡de su sangre! Cobran entonces todo sentido las palabras de Jesús:

“En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn. 6, 53).

Un aspecto que en modo alguno se ha de considerar casual en el mensaje de Jesús, perfecto conocedor de las Escrituras, sino que, bien por el contrario, se ha de reputar total y absolutamente deseado, buscado y premeditado.

Fuente: religionenlibertad.com

Del escándalo de la Eucaristía: hoy, "esto es mi cuerpo", por Luis Antequera

Lo ha reconocido el propio Papa en su homilía pronunciada desde el balcón del Palacio Apostólico de Castelgandolfo, el pasado domingo 26, al comentar el escándalo que la institución de la eucaristía por Jesús produjo entre sus propios discípulos. “Una reacción, -dice el Papa-, que Cristo mismo provocó conscientemente”.

Se refería Benedicto XVI al pasaje en el que el evangelista Juan (y sólo Juan) nos relata lo ocurrido cuando Jesús se propone como pan de vida para la salvación:

“Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: ‘Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?’ […] Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él” (Jn. 6, 60-66).

Ahora bien, ¿en qué consistió (desde el punto de vista histórico) el escándalo de la propuesta que realizaba Jesús al instituir la eucaristía? ¿Por qué incluso hubo discípulos que al oír que Jesús les proponía comer su carne y beber su sangre hasta le abandonaron?

Para responder a la pregunta enunciada, es preciso dar respuesta antes a otras, y entre ellas, a estas dos: ¿por qué propone Jesús comer su cuerpo? ¿Qué sentido tenía dicha propuesta?
 
Pues bien, al ofrecer su cuerpo como alimento, Jesús no hace otra cosa que proponerse como sacrificio expiatorio en sustitución del cordero que desde los tiempos de la huída de Egipto constituía el sacrificio expiatorio de los judíos a Dios. Jesús en definitiva, propone el final de la Antigua Alianza, aquélla que sella Dios con Abraham y cuyo signo es la circuncisión:

“Dijo Dios a Abrahán: ‘Guarda, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación. Ésta es mi alianza que habéis de guardar entre yo y vosotros -también tu posteridad-: Todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de la alianza entre yo y vosotros’” (Gn. 17, 9-11)

Alianza que es la misma que la que se celebra anualmente con el sacrificio del cordero en la Pascua:

“Este día será memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta a Yahvé; de generación en generación como ley perpetua, lo festejaréis” (Ex. 12, 14).

Ya que precisamente en cumplimiento de la Alianza, Yahveh liberó a los judíos del yugo egipcio:

“Como los israelitas gemían y se quejaban de su servidumbre, el clamor de su servidumbre subió a Dios. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob” (Ex. 2, 23-24).

Pues bien, en la Nueva Alianza que propone Jesús, el objeto del sacrificio ya no es el cordero, sino él mismo. De manera muy clara lo expone con estas palabras que recoge Lucas: “Esta copa es la nueva Alianza” (Lc. 22, 20)

Palabras que son idénticas a las que recoge Pablo (ver 1Co. 11, 24), y muy parecidas aunque no idénticas a las que recogen Mateo (Mt. 26, 28) y Marcos (Mc. 14, 24).

Si sólo la sustitución del objeto del sacrificio que representa el cordero habría resultado per se suficiente motivo de escándalo a oídos de los puritanos y escrupulosos judíos… imagínense Vds. que para dicha sustitución no se propone un buey, o unas tórtolas, no… ¡¡¡sino la carne del mismísimo maestro!!!... en lo que fuera de las connotaciones más o menos espirituales de la cuestión, y sin entrar en cuestiones tales como la consustanciación o la transustanciación que serán objeto de muy posteriores cábalas, no pasa de parecer sino un ejercicio de auténtica antropofagia.

Esto es tanto así que precisamente ésa, la de antropofagia, será una de las principales acusaciones de las que tengan que defenderse los cristianos durante muchos siglos de su historia, todos aquellos que dura su persecución. Así nos lo confirman, entre otros muchos textos, las actas martiriales de San Potino, uno de los mártires de Lyon, en las que leemos: “Los enemigos de nuestra religión nos inventaron que nosotros éramos unos antropófagos que comíamos carne humana”.

O las de Atalio, en las que se lee como mientras atado a la silla de hierro sus miembros eran abrasados, increpa a su verdugos: “Esto es comer carne humana; lo que vosotros hacéis: pero nosotros no comemos hombres ni cometemos ninguna otra clase de crimen”.

Lean Vds. estas palabras de Pablo en su Carta a los Romanos.

“Si por un alimento tu hermano se entristece, tú no procedes ya según la caridad. ¡Que por tu comida no destruyas a aquel por quien murió Cristo! Por tanto, no expongáis a la maledicencia vuestro privilegio [¿la Eucaristía?]. Que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Pues quien así sirve a Cristo, se hace grato a Dios y aprobado por los hombres. Procuremos, por tanto, lo que fomente la paz y la mutua edificación. No vayas a destruir la obra de Dios por un alimento. Todo es puro, ciertamente, pero es malo comer dando escándalo. Lo bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída o tropiezo” (Ro. 14, 15-21).

¿Acaso no es una posible interpretación de las mismas la gran dificultad que hallaban los primeros misioneros cristianos en explicar la institución eucarística a los nuevos adeptos? ¿Acaso no es posible que el pragmático Pablo, el mismo que ya había sido capaz de conseguir que el nuevo credo rompiera con la estricta práctica de la circuncisión, no está precisamente proponiendo a los misioneros cristianos la paciencia como método para explicar un aspecto tan difícil de asimilar como el de la eucaristía?

Los evangelistas no revelan la reacción que la “extraña” propuesta de Jesús produjo a los apóstoles cuando éste la realiza en el curso de la que constituye su última cena con ellos. Uno de ellos sin embargo, bien que sólo uno, Juan, sí nos deja constancia, como vemos arriba y como el mismo Papa nos recuerda, de la sorpresa que, si no propiamente entre los apóstoles, sí produjo entre sus contemporáneos: “Discutían entre sí los judíos y decían: ‘¿Cómo puede éste [sic] darnos a comer su carne?’” (Jn. 6, 52).

Pónganse por un momento en el pellejo de quienes escuchaban a Jesús, y traten de imaginar la sorpresa que semejante propuesta les habría producido a Vds. mismos.

La cosa no se detiene aquí, sino que va aún más lejos. Y es que Jesús no sólo propone sustituir el objeto del sacrificio y presenta su propia carne como nuevo objeto del mismo. Sino que por si ello no fuera suficiente, propone también incorporar al nuevo sacrificio un elemento que hasta ese momento había quedado siempre fuera de él.

Ahora bien amigo lector, por hoy, como otras veces les digo, hemos tenido ya bastante, y me reservo la sorpresa para mañana. Así que por aquí les veo, para que sigamos descubriendo juntos el escándalo que entre sus compatriotas judíos produjo la curiosa propuesta eucarística de Jesús.

Fuente: religionenlibertad.com

Del agua bendita, una reseñita histórica, por Luis Antequera

La práctica de bendecir el agua forma parte, junto con las bendiciones en general, de lo que técnicamente hablando se da en llamar sacramentales, que el Catecismo de la Iglesia Católica define así:

“Signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida” (núm. 1667).

En el Catecismo, y dentro precisamente del artículo que se dedica a las sacramentales, existe una única mención del agua bendita, que es la que hace su número 1668, a saber:

“Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un signo determinado, como la imposición de la mano, la señal de la cruz, la aspersión con agua bendita (que recuerda el Bautismo)”.

Pero para llegar a la concepción eminentemente espiritual que le conocemos hoy, la práctica del agua bendita ha pasado por varias vicisitudes, por lo menos dos concretamente: su utilización como instrumento de las abluciones corporales, y su uso como instrumento de sanación.

Por lo que se refiere al primero de los aspectos, su uso para la limpieza y purificación del cuerpo antes de entrar en contacto con las cosas sagradas, es una práctica que nada debería tener de extraña en el cristianismo, en cuanto estrechamente vinculada con su herencia judía. Esto dice el libro del Exodo:

“Situó la pila entre la Tienda del Encuentro y el altar, y echó en ella agua para las abluciones; Moisés, Aarón y sus hijos se lavaron en ella las manos y los pies. Siempre que entraban en la Tienda del Encuentro y siempre que se acercaban al altar, se lavaban, como Yahvé había mandado a Moisés” (Ex. 40, 30-32).

Una obligación que es extensiva, por lo menos, a todo el servicio del templo, el que conforman todos los miembros de una de las doce tribus, la de los levitas:

“Pon a los levitas aparte del resto de los israelitas y purifícalos. Para esta purificación harás con ellos de la siguiente manera: los rociarás con agua lustral; se rasurarán ellos todo el cuerpo, lavarán sus vestidos y así quedarán purificados” (Lv. 8, 6-7).

Del judaísmo la práctica pasa directamente al islam, donde se recoge varias veces en el Corán, que incluso distingue entre diferentes tipo de ablución:

“Cuando os dispongáis a rezar, lavaos la cara, las manos y los brazos hasta los codos, y pasaos las manos mojadas ligeramente por la cabeza, y lavaos los pies hasta los tobillos” (C. 5, 6).

Lo cierto, sin embargo, volviendo al cristianismo, es que ni los documentos canónicos ni otros documentos tempranos del cristianismo como notablemente la Didaché, -breve texto del s. II que se centra justamente en las prácticas litúrgicas de los primeros cristianos-, se detienen en este uso “ablucional” del agua entre los cristianos. Bien significativo resulta al respecto, el tratamiento que el evangelista Marcos da al tema como algo ajeno y extraño a los primeros cristianos, y posiblemente hasta uno de los campos (como también lo fue el sabbat) en los que Jesús más duramente se empleará contra sus contemporáneos fariseos.

“Los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas” (Mc. 7, 3-4).

Lo cierto es que entre los cristianos el uso “ablucional” del agua parece restringirse al ministro del sacramento eucarístico, esto es, el sacerdote, lo cual retrotrae su aparición a la del orden sacerdotal tal cual lo conocemos hoy día. Todo un tema al que también al que dedicaremos algún día un capítulo en esta columna, pues lo cierto es que entre los primeros cristianos, el oficio de la eucaristía no lo desarrolla un sacerdote, sino cualquier cristiano en su casa.

Por lo que hace al segundo uso del agua bendecida, su utilización en la curación de enfermedades, el Pontifical o Scrapion de Tumis, un obispo del siglo IV, recoge ya una bendición del aceite y agua durante la misa destinada a tal efecto:

“Invocamos sobre esta agua y este aceite el Nombre de Aquél que sufrió, que fue crucificado, que resucitó de entre los muertos y que está sentado a la derecha del Padre. Concede a estas criaturas el poder de sanar; que todas las fiebres, todos los malos espíritus y todas las dolencias huyan de quien tome esta bebida o sea ungido con ella, y que sea un remedio en el Nombre de Jesucristo, tu único Hijo.”

Texto que tiene de interesante que en él aparecen vinculados por un lado la bendición del aceite, estrechamente relacionado con lo que luego constituirá el sacramento de la unción de enfermos, y por otro la bendición del agua, que terminará vinculada al sacramental del agua bendita.

San Gregorio de Tours (538-594) en De gloria confessorurii, habla del ermitaño Eusitio que curaba las fiebres cuartanas con agua que él mismo bendecía, cosa parecida a lo que según sostenía, hacían San Martín o San Julián.

En cuanto a la tercera de las finalidades de las que hablamos arriba, la estrictamente espiritual y sacramental que le vemos revestir hoy, lo cierto es que no parece surgir sino hacia finales del s. IV o principios del s. V. Las importantes Constituciones Apostólicas, una colección de ocho libros compuestos de tratados independientes sobre disciplina, culto y doctrina cristianos, redactadas hacia el año 400 y destinadas a servir como manual de orientación para el clero y hasta para los laicos, atribuye el uso del agua bendita al apóstol San Mateo.

En su Historia de la Iglesia escrita en el primer cuarto del s. V, Teodoreto (393-h.460) afirma que Marcelo, Obispo de Apamea, santificó el agua por la señal de la cruz (op. cit. 5, 21). Una carta de Sinesio (370-414) alude específicamente al “agua lustral colocada en el vestíbulo del templo”. Balsamon nos cuenta que en la Iglesia griega se bendecía agua al comienzo de cada mes lunar, en una costumbre que nos pone una vez más en contacto con esa recurso evangelizador tan propio del cristianismo como es el sincretismo, por el que se cristianizaban fiestas, lugares y prácticas paganas precristianas. El Papa San León IV (847-855) ordena que cada sacerdote bendiga agua cada domingo. Hincmar de Reims en su Capitula synodalia da las siguientes instrucciones:

“Cada domingo, antes de la celebración de la Misa, el sacerdote bendecirá agua en su iglesia […]. Cuando la gente entre a la iglesia será rociada con esta agua, y los que deseen se pueden llevar alguna en vasijas limpias para que rocíen sus casas, campos, viñedos y ganado”.

Santa Teresa (1515-1582), por su parte, utiliza el agua bendita con una finalidad muy personal: “Sé por propia experiencia que no hay nada que eche a volar al diablo como el agua bendita”.

Por lo que se refiere a la generalización de la práctica y su anexión al templo cristiano, y aunque determinados receptáculos presentes en cementerios (Chiusi, cementerio de Calixto) y catacumbas (San Saturnino) pudieron servir como pilas de agua bendita, la práctica no se consolida en occidente hasta el s. XI. Por cierto que vino muy unido al fenómeno de pilas reservadas para grupos determinados, sobre todo clérigos, o como es comprensible, leprosos, cosa patente en Saint Savin en los Pirineos, o Milhac de Coutron en la Dordoña.Y es que, de hecho, uno de los debates a los que el agua bendita viene irremisiblemente unida es el de la expansión y contagio de enfermedades, y todos recordamos aún como durante la alarma que produjo la aparición de la gripe A durante el año 2009, muchas iglesias retiraron el agua de sus jofainas.

Ha sido también frecuente que el agua bendita no se tomara directamente de la pila, sino por medio de un aspersorio o rociador, sujeto a ella con una cadenita al modo en que se hace con los bolígrafos en las ventanillas de los bancos. A tal propósito se utilizaban ramas de laurel, hisopo, palmera o boj, o mangos terminados en mechones, incluso el rabo de un zorro.

El arzobispo de Milán San Carlos Borromeo (1538-1584) da las siguientes instrucciones:

“La pila de agua bendita será de mármol o de piedra sólida, ni porosa ni con grietas. Se apoyará sobre una columna espléndidamente labrada y no deberá colocarse fuera de la iglesia sino dentro y, en la medida de lo posible, a la derecha de los que entren. Habrá una en la puerta por donde entran los hombres y otra en la puerta de las mujeres. No estarán pegadas a la pared sino separadas de ella tanto como sea conveniente. Una columna o base las sostendrá y no debe representar algo profano. Un aspersorio estará unido por una cadena a la vasija, la cual será de latón, marfil o algún otro material artísticamente trabajado”.

Fuente: religionenlibertad.com

Del agua que el sacerdote mezcla con el vino en la Eucaristía, por Luis Antequera

Vamos a dedicar unas líneas al del agua que mezclada con el vino, se consagra en el sacrificio que se rememora en la Misa.

Se sabe que el citado ritual se celebra desde tiempos muy remotos de la vida de la Iglesia, si bien no se conocen bien los pormenores de su aparición. Una cosa está clara: durante la institución de la eucaristía, Jesús sólo consagró vino, y en ninguno de los cuatro evangelios, -o por mejor decir, de los tres sinópticos, pues Juan no relata la institución de la eucaristía con ocasión de la última cena que Jesús celebra con los apóstoles-, se dice que añadiera agua al cáliz.

En una de sus Epístolas (Ep. 13, 13) San Cipriano ve en el rito una analogía a la unión de Cristo con sus fieles.

El Concilio de Trento en su documento De Missa que dedica a la misa, publicado en su duodécima sesión, establece, y así es generalmente aceptado, que es una referencia al flujo de agua que junto con su sangre manó del costado de Cristo, un detalle en el que repara en su Evangelio Juan y sólo Juan:

“Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn. 19, 33-34).

Y que por otro lado, es perfectamente consistente desde el punto de vista científico.

Agua, esa que emana del costado de Cristo dela cual la Iglesia, como dispensadora que es de los sacramentos, es formada, según se señala en Trento, como nueva Eva del costado del nuevo Adán.

Durante mucho tiempo se mantuvo en la Iglesia Ortodoxa Griega la práctica de verter un poco de agua caliente en el cáliz antes de la comunión, costumbre que se halló entre las prácticas que sirvieron para las disputas litúrgicas entre las iglesias orientales y las occidentales, las cuales terminaron, como se sabe, con el Cisma ortodoxo que ha llegado a nuestros días.

Fuente: religionenlibertad.com

De la misa del sábado para el domingo, por Luis Antequera

La posibilidad de escuchar la misa dominical de los días de precepto durante la tarde del día anterior se recoge ya en el Código de Derecho Canónico de 1983, no recogiéndose en cambio en su predecesor de 1917. Leemos en el actualmente vigente:

“1248 § 1. Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde”.

El Catecismo de 1997 vuelve a incidir en la cuestión:

“El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del Señor: “El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la misa.” “Cumple el precepto de participar en la misa quien asiste a ella dondequiera que se celebre en un rito católico tanto el día de la fiesta como en el día anterior por la tarde”” (artículo 2180).

La costumbre es muy reciente, y está indudablemente relacionada con los cambios producidos en la liturgia por el Concilio Vaticano II en cuya “Constitución sobre la Sagrada liturgia” podemos leer:

“Revísese el año litúrgico de manera que, conservadas o restablecidas las costumbres e instituciones tradicionales de los tiempos sagrados de acuerdo a las circunstancias de nuestra época, se mantenga su índole primitiva para que alimente debidamente la piedad de los fieles en la celebración de los misterios de la redención cristiana, muy especialmente el del misterio pascual”.

Artículo que por lo que a la misa se refiere se vio cumplimentado en el llamado “Missale romanum” de 3 de abril de 1969, publicado mediante la “Celebrationis Eucharisticae”, de 26 de marzo de 1970, ambos de Pablo VI.

Para que la misa del día anterior sea válida como misa dominical o de fiesta de precepto, ha de celebrarse por la tarde (sin que hasta donde uno conoce se defina en documento alguno cuando comienza esa tarde) y contener la liturgia y las lecturas de la misa dominical. Leemos en el documento “Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario” emitido también en 1970, también durante el pontificado de Pablo VI:

“13. Las fiestas se celebran dentro de los límites del día natural, por lo tanto, no tienen primeras Vísperas, a no ser que se trate de fiestas del Señor que coincidan en un domingo ordinario o del tiempo de Navidad y sustituyan el Oficio de éstos”.

Como ejemplo clásico de misa del sábado o la víspera no válida como misa dominical se suele mencionar la celebración de una boda en sábado.

Aunque como se ha dicho, la costumbre de celebrar la misa dominical o de precepto en la tarde del día anterior es relativamente temprana, sí es antigua en la liturgia cristiana la celebración de ciertas vigilias, como por ejemplo las correspondientes a Pentecostés, a la Navidad, a la Pascua... Unas misas de vigilia probablemente relacionadas con el cómputo que en el judaísmo se hace del día, el cual, como se sabe comienza y termina no a medianoche sino al caer la tarde. Pero por más que puedan asemejarse una costumbre y otra, en realidad nada tienen que ver entre sí en la tradición eclesiástica. En el idioma inglés se distingue perfectamente entre una celebración y otra, llamándose vigil mass a la que corresponde a esas vigilias especiales y tradicionales de la Iglesia, y anticipatory mass a la que se vincula a la posibilidad de cumplir con la obligación de las misas de precepto durante la tarde del día anterior.

Fuente: religionenlibertad.com

De la edad de la primera comunión según la Iglesia, por Luis Antequera

Nos adentramos en las fechas en las que se produce el acceso de tantos niños a su primera eucaristía, momento oportuno para preguntarse por el porqué de que los católicos celebren su primera eucaristía a la edad en que lo hacen y no en otra cualquiera. Y es que dicha edad no es cosa que haya quedado al albur de las circunstancias sin mayor pronunciamiento de la Iglesia.

Pues bien, sobre el tema, el documento que rige aún hoy, más de un siglo después de haber sido publicado, es el Decreto de San Pío X sobre la edad para la primera comunión de 8 de agosto de 1910 mediante la encíclica “Quam Singulari” en la que el último de los papas santos hasta la fecha, marca lo siguiente:

“I) La edad de la discreción, tanto para la confesión como para la Sagrada Comunión, es aquella en la cual el niño empieza a raciocinar; esto es, los siete años, sobre poco más o menos. Desde este tiempo empieza la obligación de satisfacer ambos preceptos de Confesión y Comunión.

II) Para la primera confesión y para la primera Comunión, no es necesario el pleno y perfecto conocimiento de la doctrina cristiana. Después, el niño debe ir poco a poco aprendiendo todo el Catecismo, según los alcances de su inteligencia.

III) El conocimiento de la religión, que se requiere en el niño para prepararse convenientemente a la primera Comunión, es aquel por el cual sabe, según su capacidad, los misterios de la fe, necesarios con necesidad de medio, y la distinción que hay entre el Pan Eucarístico y el pan común y material, a fin de que pueda acercarse a la Sagrada Eucaristía con aquella devoción que puede tenerse a su edad”.

De que el Decreto sigue plenamente en vigor da buena prueba la declaración realizada por el Prefecto de la Congregación para el Culto Divino Card. Antonio Cañizares con motivo del primer centenario de la “Quam singularis” hace dos años, donde afirma:

“Los niños viven inmersos en mil dificultades, envueltos en un ambiente difícil que no les favorece ser lo que Dios quiere de ellos, muchos, víctimas de la crisis de la familia. En ese clima aún les es más necesario el encuentro, la amistad, la unión con Jesús, su presencia y su fuerza. Son, por su alma limpia y abierta, los mejor dispuestos, sin duda, para ello. El centenario del decreto Quam singulari es una ocasión providencial para recordar e insistir en el tomar la primera comunión cuando los niños tengan la edad del uso de razón, que hoy, incluso, parece anticiparse. No es recomendable, por ello, la práctica que se está introduciendo cada día más de alargar la edad de la primera comunión. Al contrario, es aún más necesario el adelantarla”.

Y aún del propio Pontífice Benedicto XVI quien pocos días después afirmaba en una catequesis referida al Papa de la “Quam singulari”:

“Por esto recomendó [s. Pío X] acercarse a menudo a los Sacramentos, favoreciendo la frecuencia cotidiana a la Santa Comunión, bien preparados, y anticipando oportunamente la Primera Comunión de los niños hacia los siete años de edad, ‘cuando el niño comienza a razonar’”.

Fuente: religionenlibertad.com

¿Siempre se hizo la primera comunión hacia los siete años?, por Luis Antequera

Veíamos hace unos días que los criterios a seguir en lo relativo a la edad para la celebración de la primera comunión quedaban establecidos en la encíclica “Quam Singulari” de 8 de agosto de 1910 que recogía el Decreto de San Pío X sobre la edad para la primera comunión. La pregunta hoy es, ¿pero fue siempre así en la vida de la Iglesia?

La respuesta no es difícil de obtener, pues un detallado repaso al tema se contiene en la misma encíclica aludida.

“La Iglesia católica, ya desde sus principios, tuvo cuidado de acercar los pequeñuelos a Cristo por medio de la Comunicación eucarística, que solía administrarles aun siendo niños de pecho. Esto, según aparece mandado en casi todos los rituales anteriores al siglo XIII, se hacía en el acto del bautismo, costumbre que en algunos sitios perseveró hasta tiempos posteriores; aun subsiste entre los griegos y los orientales. Y, para alejar el peligro de que, concretamente, los niños de pecho arrojasen el Pan consagrado, desde el principio se hizo común la costumbre de administrarles la Sagrada Eucaristía bajo la especie de vino.”

Como tantas cosas cíclicas como en la vida existen, después de tan expeditiva y tempranera manera de hacer acceder a los niños al cuarto de los sacramentos, posteriormente se adoptó la costumbre de hacerlo mucho más tarde. S. Pío X nos dice también cómo tuvo lugar el cambio:

“Esta costumbre desapareció más tarde en la Iglesia latina y los niños no eran admitidos a la Sagrada Mesa hasta que el uso de la razón estuviera de algún modo despierto en ellos y pudieran tener alguna idea del Augusto Sacramento. Esta nueva disciplina, admitida ya por varios sínodos particulares, fue solemnemente sancionada por el Concilio general cuarto de Letrán, en el año 1215, promulgando su célebre canon número 21, por el cual se prescribe la confesión sacramental y la Sagrada Comunión a los fieles que hubiesen llegado al uso de la razón”.

Como bien afirma el Santo Pontífice “el Concilio de Trento, sin reprobar la antigua disciplina de administrar la Sagrada Eucaristía a los niños antes del uso de la razón, confirmó el decreto de Letrán”.

Pero no siempre “primera confesión” y “primera comunión” fueron de la mano:

“Hubo quienes sostuvieron que la edad de la discreción era distinta, según se tratase de recibir la Penitencia o la Comunión. Para la Penitencia juzgaron ser aquella en que se pudiera distinguir lo bueno de lo malo, y en que, por lo mismo, se podía pecar; pero para la Comunión exigían más edad, en la que se pudiese tener más completo conocimiento de las cosas de la fe y una preparación mayor. Y así, según las diferentes costumbres locales y según las diversas opiniones, se fijaba la edad de la primera Comunión en unos sitios a los diez años o doce, y en otros a los catorce o aún más”.

Algo que constituye un error:

“El Concilio de Letrán exige sólo una misma edad para uno y otro sacramento, al imponer conjuntamente el precepto de confesar y comulgar. Y si para la confesión se juzga que la edad de la discreción es aquella en que se puede distinguir lo bueno de lo malo, es decir, en la que se tiene algún uso de razón, para la Comunión será aquella en que se pueda distinguir el Pan Eucarístico del pan ordinario: es la misma edad en que el niño llega al uso de su razón”.

De que tal continúa siendo la costumbre al ocaso de la Edad Media y en los inicios del Renacimiento da buena cuenta la opinión de los mejores pensadores cristianos, por cierto, muchos de ellos españoles:

“Tenemos, además, como testigo de suma autoridad, a Santo Tomás de Aquino, que dice: ‘Cuando los niños empiezan ya a tener algún uso de razón, de modo que puedan concebir devoción a este sacramento (de la Eucaristía), entonces pueden ya recibirle’. Lo cual explana así Ledesma: ‘Digo, fundado en unánime consentimiento, que se ha de dar la Eucaristía a todos los que tienen uso de razón, aunque lleguen muy pronto a este uso de razón, y a pesar de que el niño no conozca aún con perfecta claridad lo que hace’. El mismo lugar explica Vásquez con estas palabras: ‘Desde el momento en que el niño llega al uso de razón queda obligado, por derecho divino, de tal manera que no puede la Iglesia desligarle de un modo absoluto’. Lo mismo enseña San Antonino: ‘Cuando el niño es capaz de malicia y puede, por lo mismo, pecar mortalmente, queda por esto obligado a la confesión y, por consiguiente, a la Comunión’”.

Si bien hacia el s. XIX la edad de la primera comunión vuelve a retrasarse, algo contra lo que lucha la Magistratura:

“Y así el Papa Pío IX, de f. m., en la carta del Cardenal Antonelli a los Obispos de Francia, fechada el 12 de marzo del año 1866, reprobó severamente la costumbre que se introducía en algunas diócesis de retardar la primera Comunión hasta una edad más madura y predeterminada. La Sagrada Congregación del Concilio, el día 15 de marzo de 1851, corrigió un capítulo del Concilio Provincial de Ruán, que prohibía a los niños recibir la Comunión antes de cumplir los doce años. Con igual criterio se condujo esta Sagrada Congregación de Sacramentos en la causa de Estrasburgo, el día 25 de marzo de 1910, en la cual se preguntaba si se podían admitir a la Sagrada Comunión los niños de catorce o de doce años, y resolvió: “Que los niños y las niñas fuesen recibidos a la Sagrada Mesa tan pronto como llegasen a los años de la discreción o al uso de la razón”.

Para finalmente, a la altura del 1910 y como tuvimos ocasión de ver ya, marcar S. Pío X con toda claridad la doctrina que se ha de tener hoy día por cierta en lo relativo a la primera comunión de los niños:

“La edad de la discreción, tanto para la confesión como para la Sagrada Comunión, es aquella en la cual el niño empieza a raciocinar; esto es, los siete años, sobre poco más o menos”.

Fuente: religionenlibertad.com