Tuesday, February 21, 2017

Francisco explica por qué improvisa tanto en las homilías, incluso descartando el texto preparado


Se ha publicado en Italia un libro titulado Nei tuoi occhi è la mia parola [En tus ojos está mi palabra] que recoge homilías y discursos de Jorge Mario Bergoglio entre 1999 y 2013, su etapa como arzobispo titular de Buenos Aires, a donde llegó como obispo auxiliar en 1992. El volumen incluye además una conversación de Francisco con Antonio Spadaro, S.I., director de La Civiltà Cattolica, donde el Papa explica el sentido general de su homilética.

“Las homilías para mí son algo tan ligado a la historia concreta del momento que después puede ser olvidada”, afirma Francisco al ser preguntado si recuerda la primera homilía que pronunció como sacerdote. “No es hecha para ser recordada por el predicador, que en su lugar es siempre empujado a avanzar”, añade a continuación.

No obstante, Francisco hace memoria y explica que “cuando en el seminario nos enseñaban homilética yo ya tenía una cierta aversión hacia los folios escritos en los que estaba todo. Y esto lo recuerdo bien. Estaba y estoy convencido de que entre el predicador y el pueblo de Dios no debe haber nada en medio. No puede haber un papel. Algún apunte escrito sí, pero no todo”. “Y lo he dicho también en la escuela, en ese tiempo. El profesor se sorprendió. Me preguntó por qué era contrario a preparar toda la homilía y yo le respondí: ‘Si se lee no se puede mirar a la gente a los ojos’”. “Esto –añade– lo recuerdo como si fuese hoy y sucedió antes de que fuese ordenado sacerdote”.

Mirar a la gente

Él mismo afirma que este pensamiento continúa presente como Papa y subraya que “lo que busco hacer todavía hoy es buscar los ojos de la gente. También aquí en la plaza de San Pedro”. Preguntado sobre cómo hace con tanta gente que le espera siempre en la plaza, Francisco explica que “cuando saludo hay una masa de gente, pero yo no la veo como masa: busco mirar al menos a una persona, un rostro preciso. A veces es imposible por la distancia. Es feo cuando estoy demasiado lejos. A veces lo intento sin conseguirlo, pero lo intento”. Y “si miro a uno después quizás también los demás se sientes observados, no como ‘masa’, sino como personas individuales”.

Para explicar mejor este aspecto, el Pontífice pone de ejemplo la Misa de clausura en Filipinas ante millones de personas, la cual “quizás no fue calurosa como hubiese querido”. “Amo mucho a aquella gente que era mucha”, sin embargo “en Taclobán (una isla de Filipinas hasta la que se desplazó), en medio de la lluvia, en esa situación de verdad difícil, sentí que podía mirar a las personas y hablarles al corazón. Era una comunicación directa. Las situaciones son imprevisibles, la comunicación es una cosa que acontece en el momento en el que acontece”.

A pesar de todo esto, “aquí debo leer a menudo las homilías” y “entonces me acuerdo de eso que decía cuando era estudiante. Por eso muchas veces me salgo del texto escrito que está preparado, añado palabras, expresiones que no están escritas. De esta manera miro a la gente. Cuando hablo debo hacerlo a alguno. Lo hago como puedo, pero tengo esta profunda necesidad”.

“Es cierto que a San Pedro se necesita ir con algo bien preparado, pero yo siempre tengo este deseo profundo que va más allá de los contextos formales. A veces no lo consigo por las circunstancias, y entonces no estoy contento. Tengo este impulso de salir del  texto y mirar a los ojos".

Los tres puntos característicos

Por otro lado, el Santo Padre también revela cómo se siente cuando en sus viajes debe ser traducido a la lengua del país para que la gente le pueda entender. “Querría no ser traducido y hablar el idioma, pero me he acostumbrado”.

Cuestionado sobre si hay diferencias entre sus homilías como Arzobispo y como Papa, afirma que “no lo sé”. “No, yo advierto diferencias. Es verdad que en algunos casos de arzobispo y de Papa la preparación es más formal y compleja”.

Francisco también confiesa por qué muchas veces en sus homilías o discursos habla de 3 puntos: “Me viene de los Ejercicios (de San Ignacio): es la formación jesuita”. “Los Ejercicios me vienen a la mente rápidamente, siempre. Me han formado. Desde entonces, desde el inicio, no noto una actitud radicalmente distinta respecto a cuando predicaba como párroco”. Pero, “lo importante es tener el corazón de pastor tanto de párroco como de obispo o de Papa”, afirma.

La Misa matutina en la Casa Santa Marta

En el libro, el Obispo de Roma revela también que las homilías de la mañana las comienza a preparar “el día anterior”. En concreto, “a mediodía del día anterior”. “Leo los textos del día siguiente y, en general, elijo una de las tres lecturas. Después leo en voz alta el pasaje que he elegido. Tengo necesidad de escuchar el sonido, de escuchar las palabras. Y después subrayo en el librito que uso aquellas que me han llamado más la atención. Rodeo con círculos las palabras que me han sorprendido”.

El Pontífice también cuenta que “durante el resto del día las palabras y los pensamientos van y vienen mientras hago lo que debo hacer: medito, reflexiono, saboreo las cosas… Hay días sin embargo en los que llego a la tarde y no me viene nada a la mente, en los que no tengo idea de qué diré al día siguiente”.

En estos casos, “hago lo que dice San Ignacio: me duermo con ello” y “entonces, rápidamente cuando me despierto, viene la inspiración. Vienen cosas justas, a veces fuertes a veces más débiles. Pero es así: me siento preparado”.

Wednesday, February 15, 2017

Comulgar en la mano o en la boca es un derecho de cada fiel, por Martín Gelabert Ballester, OP

"En una iglesia del corazón de Madrid que frecuento muy poco... me han negado insistentemente la comunión... por no ponerme de rodillas. He tenido que decir, en voz alta, defendiéndome, que no podía arrodillarme... por motivos de salud". Estas palabras las ha escrito, recientemente, con tristeza, una buena persona, como un desahogo. No es el primer caso que conozco.

Hay que decir, con toda claridad y firmeza, que el comulgar en la mano o en la boca, de pié o de rodillas, con calcetines rojos o verdes, es un derecho de cada fiel. Y el presbítero, el diácono, o el ministro de la comunión, no puede negarle este derecho.

Es penoso que algunos, en cuanto se ponen una sotana, se consideren los amos de la fiesta, olvidando que son servidores o ministros, o sea, menores al servicio de los fieles. Los gustos del que distribuye la comunión no cuentan; cuenta el derecho del que la recibe.

Cierto, en las celebraciones de la plaza de San Pedro no se distribuye la comunión en la mano, por un motivo serio: evitar que alguien pueda quedarse con la forma y utilizarla sacrílegamente. Por eso, en toda ocasión, el que recibe la comunión en la mano debe llevársela a la boca delante del ministro. Por otra parte, en la plaza de San Pedro la mayoría de los que reciben la comunión lo hacen de pié y no de rodillas.

Hablando de celebraciones, no está de más recordar que el presidente es responsable de que se celebre dignamente. Precisamente, en nombre de la dignidad, debe procurar que la liturgia sea gustosa para los asistentes. Por eso conviene alternar las distintas posibilidades que ofrece la liturgia, los prefacios y las plegarias eucarísticas. Repetir siempre la plegaria eucarística número dos no es celebrar bien. La celebración comporta también un ritmo para que se entienda lo que se dice y se lee. Leer deprisa o sin el tono adecuado, no es celebrar dignamente.

Además, el celebrante debe favorecer que la conocida como "oración de los fieles", sea lo que su nombre indica. Un modo sencillo de conseguirlo es pedir a algunos que preparen las oraciones para luego leerlas. O, en según qué circunstancias, que puedan decirlas espontáneamente.

Todas esto se soluciona cuando hay un verdadero diálogo eclesial, cuando el sacerdote conoce a los fieles y se gana su confianza, cuando cada uno respeta el papel de los demás, cuando hay un poco de flexibilidad y sentido común. En definitiva, se soluciona desde la normalidad.

Tuesday, February 14, 2017

¿Qué tendrían que hacer los divorciados para comulgar en misa?

El Papa Francisco, en base al informe final del Sínodo aprobado por los obispos (2015), ha reconocido la posibilidad de que comulguen en misa los divorciados vueltos a casar, las personas que convivan establemente y las que se encuentren en situaciones semejantes.

Esta posibilidad, por cierto, siempre ha existido para quienes simplemente se han separado o divorciado y no han contraído una nueva unión; y, de antiguo, para quienes manteniendo una convivencia seria, se abstienen de la intimidad sexual (San Juan Pablo II en Familiaris consortio).

En Amoris laetitia el Papa, sin cambiar la doctrina tradicional sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio sacramental, introduce un cambio en la disciplina de acceso a la comunión eucarística. No añade excepciones, como la mencionada sobre la abstención de relaciones sexuales. En cambio, establece orientaciones generales que debieran aplicarse a todo tipo de casos y ofrece algunos criterios que han de ser considerados.

Las orientaciones generales son tres:

  • voluntad de integración de todos, 
  • necesidad de un acompañamiento
  • discernimiento en conciencia. 

Este último puede parecer novedoso, pero pertenece a la más auténtica y antigua tradición de la Iglesia.

El Evangelio de Jesús es una apelación al corazón de las personas que solo puede ser acogido libremente, sin coacción, sin miedo. En Amoris laetitia el Papa ha subrayado la importancia del debido respeto a los laicos que deben tomar las decisiones que atañen a sus vidas con recta conciencia; es decir, en última instancia, solos delante de Dios (AL 42, 222, 264, 298, 302, 303).

Lo hace incluso a modo de autocrítica: "... nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas" (AL 37). Por otra parte, estas personas deben saber que nadie puede acusarlas de estar en pecado mortal y, por el contrario, deben creer que la gracia de Dios nunca les faltará para crecer en humanidad (291, 297, 300 y 305); y que pueden contar siempre con el amor incondicional de Dios (AL 108 y 311).

Antes de esto, sin embargo, el Papa pide a los católicos que se encuentran en estas situaciones llamadas irregulares que tengan un acompañamiento pastoral. Lo hace en estos términos: "Invito a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal" (AL 312).

La voluntad de Francisco es integrar a todos (AL 297). Ha de verse cómo y, por cierto, no puede hacérselo de un modo irresponsable. Esta integración, pensamos, solo tiene sentido cuando las mismas personas quieren integrarse lo más posible a la vida eclesial, y no recuperar simplemente la comunión como un derecho perdido.

El Papa ofrece una serie de criterios para que estas personas puedan ir reintegrándose lo más posible a la vida eclesial. Estos criterios aparecen algo desperdigados en el capítulo octavo. Aquí los desplegamos y también recogemos lo que en ellos pudiera quedar implícito. Probablemente no son los únicos, pero son los principales. En cualquiera de los casos debe considerarse:

- El grado de consolidación (AL 298) y estabilidad de la nueva relación (AL 293).
- La profundidad del afecto (AL 293).
- La voluntad y prueba de fidelidad (298).
- La intención y prueba de un compromiso cristiano (AL 298).
- La responsabilidad con los hijos del primer matrimonio (AL 293, 298 y 300).
- El sufrimiento y confusión que ha podido causar a los hijos el fracaso del primer matrimonio (AL 298).
- La responsabilidad con los hijos del nuevo vínculo afectivo (AL 293).
- La situación del cónyuge cuando ha sido abandonado (AL 300).
- Las consecuencias que tiene la nueva relación para el resto de la familia y la comunidad eclesial (AL 300).
- El ejemplo que se da a los jóvenes que se preparan al matrimonio (AL 300).
- La capacidad para superar las pruebas (AL 293).

Será especialmente importante:

- Un reconocimiento de la irregularidad de la nueva situación (AL 298).
- Una convicción seria sobre la irreversibilidad de la nueva situación (AL 298).
- Un reconocimiento de culpabilidad -si la ha habido- en el fracaso del primer matrimonio (AL 300).
- Un conocimiento de la seriedad de los compromisos de unidad y fidelidad del primer matrimonio, y de las exigencias de verdad y de caridad de la Iglesia (AL 300).

Es necesario recordar que el texto citado más arriba señala que el acompañamiento requerido también puede realizarlo una persona laica entregada al Señor. Esto facilitará la ayuda en este discernimiento a quienes han tenido una experiencia traumática con algún sacerdote durante la celebración del sacramento de la reconciliación o a quienes estiman que el presbítero disponible no es quien mejor puede acompañar.

Esta posibilidad pastoral que Amoris laetitia reconoce a quienes actualmente no pueden comulgar en misa debe entendérsela como el reverso del deseo de la misma Iglesia de comulgar con ellos. La Iglesia acepta que comulguen porque ella quiere, y necesita, comulgar con ellos, con sus sufrimientos, con sus esfuerzos por salir adelante, con sus aprendizajes dolorosos y con su crecimiento espiritual.

Este es el tono general de la exhortación del Papa Francisco. Por nuestra parte podemos agregar que si la jerarquía eclesiástica, los matrimonios y las familias bien constituidas, no tuvieran nada que aprender de los divorciados unidos en nuevos vínculos y de sus segundas familias; si se descartara que ellos, precisamente en circunstancias de vida turbulentas, han podido tener una experiencia espiritual que puede inspiradora para los demás cristianos, a la comunión eucarística le estaría faltando algo fundamental.

Autor: P. Jorge Ostadoat, SJ

La Palabra de Dios en la liturgia

La Palabra de Dios hoy es un punto de profundización en la vida de la Iglesia. Mucho se ha avanzado, tanto en las traducciones como en el amor a la Palabra de Dios en la Iglesia. Hoy la Palabra se hace accesible de nuevo para comulgar con ella: ¡Pan de la Palabra!

Por doquier se ha difundido el Evangelio de cada año, y muchos cristianos, sacerdotes, religiosos, contemplativos, toman contacto con el Señor por medio del Evangelio de cada día, además de la difusión de la Liturgia de las Horas, también entre los seglares, el ejercicio de la lectio divina, etc.; todo esto hace que oremos con las palabras mismas del Señor, cantando los salmos, escuchando las lecturas, la Palabra proclamada en la Eucaristía…

Pero en este avance, hay un déficit: se proclama la Palabra en la liturgia y se ora con ella, pero la descontextualizamos, sin saber porqué este texto se proclama aquí y no en otro sitio, por qué en este ciclo litúrgico y no en aquél, y cómo se reparten los libros bíblicos en el leccionario.

Este desconocimiento hace que la Palabra pierda fuerza y continuidad para la contemplación personal y comunitaria, aunque la clave y la solución sería estudiar la Ordenación general del Leccionario de la Misa.

La profundización en la Palabra de Dios llevará a una valoración y mayor relieve de la Palabra en la liturgia:

En primer lugar no sustituyendo jamás la Palabra de Dios por ningún otro texto, sea cual sea, o no cantar el salmo responsorial entonando en su lugar cualquier cancioncilla. La profundización en la Palabra induce y anima a cantar los salmos con amor, descubriendo el valor de la oración con la Palabra cantada.

Este amor a la Palabra revisará y cuidará el lugar de la Palabra, el ambón –según las normas litúrgicas, amplio, elevado, bello, en conformidad con el estilo artístico de la Mesa de altar-, digno y revestido de paños con los colores litúrgicos, reservado sólo para la proclamación de la Palabra y excluyendo otros usos (moniciones, avisos, dirigir devociones).

La profundización en la Palabra, por último, hará que ésta sea audible, bien proclamada, en enunciación y tono, en pronunciación y musicalidad, preparándose los lectores las lecturas para hacerlas oración y proclamarlas con unción.

Cualquiera no puede ser lector en la asamblea litúrgica, sino los más cualificados para la lectura en público pues el lector en la celebración litúrgica es el último eslabón de la revelación, el momento en el que Dios va a hablar a su pueblo en el “hoy” de la Iglesia. Recordemos, pues, lo que Juan Pablo II señaló:

“Hace falta una pastoral litúrgica marcada por una plena fidelidad a los nuevos ordines. A través de ellos se ha venido realizando el renovado interés por la palabra de Dios según la orientación del Concilio, que pidió una «lectura de la sagrada Escritura más abundante, más variada y más apropiada» (n. 35)” (Spiritus et Sponsa, 8).

La Palabra es la comunicación hoy del Corazón de Cristo a su Iglesia; sigue haciéndonos beber de sus Misterios, llevándonos por el Espíritu Santo a la comprensión de la Verdad.

Así fue siempre en la Tradición de la Iglesia. Pensemos cómo, cuando el Leccionario aún no estaba definitivamente organizado, el Obispo elegía la lectura y su extensión, la proclamaba un lector instituido, se cantaba el salmo… y después, en la homilía o sermón, se explicaba paso a paso el texto bíblico. De este modo nos han llegado preciosos comentarios homiléticos de los Padres. Para ellos la Palabra de Dios en la liturgia era eficaz y abundante, digna de toda consideración y acogida espiritual.

Autor:  P. Javier Sánchez Martínez

De canto, coros, jóvenes, ensayos y liturgia...

Una vez, un joven sensato, que canta en el coro de su parroquia, me mandó una pregunta muy bien planteada:

“Por desgracia muchas veces se nos olvida y nos quedamos en: “vamos a cantar canciones bonitas"; “yo no voy al coro porque las canciones que ponen no me gustan… que rollo el cura"; “que rollo el ensayo, yo no voy…” Nos olvidamos que lo que nosotros llamamos ensayo es solo la preparación de algo tan importante como la Eucaristía. Y que nosotros no estamos para lucirnos cantando, estamos para ayudar a orar, primero a nosotros mismos y despues al resto de personas que están presentes. ¿Qué hacer para fomentar en el coro… una fe madura (bueno me he ido demasiado alto, en vías de madurar) y que no se quede todo en vamos a cantar canciones divertidas y a charlar con l@s amig@s? ¿Deberíamos enfocarlo más que como un ensayo como una preparación a la eucaristía?” 

Voy a tratar de responder.

-El coro de una parroquia está al servicio de la liturgia, para orar cantando y para que todos canten las partes que les corresponden, no poniendo la liturgia al servicio del coro, que impone canciones simpáticas, con ritmo, con marcha porque “se lo pasan bien". Es la liturgia la que debe determinarlo y el procurar que todos canten.

-Cualquier música no sirve, ni cualquier letra: estamos en el ámbito de lo sagrado, del encuentro con el Señor. Aquellas canciones que pueden estar bien para una convivencia, una excursión, un fuego de campamento, chocan con la naturaleza espiritual, orante, de la liturgia. Los famosos “cancioneros juveniles” ofrecen cantos sin estilo alguno, muy poco bíblicos, sentimentales, y cambiando la letra a elementos que no se pueden alterar (por ejemplo, el Gloria, el Credo, el Santo, el Padrenuestro…) ¿Por qué no utilizar el Cantoral litúrgico Nacional, por qué no aprender a cantar el salmo responsorial…?

-Tiene mucha importancia la letra de los cantos -¡qué pobres tantas veces!- porque deben expresar la fe de la Iglesia, y no otras cosas, y la letra con su música permite que se memorice el contenido más fácilmente. Por eso un buen canto, un salmo, etc., al memorizarse, sirven como pedagogía de la fe. El canto litúrgico es muy educativo.

-Quienes dirijan el coro, con mucha paciencia, deben inculcar el sentido de la liturgia y la función tan importante de un coro al servicio de la liturgia; deben amar mucho a Jesucristo y a la Iglesia y contagiar ese amor a todos los jóvenes del coro.

-El momento del ensayo debería incluir al empezar un momento de formación. Explicar el sentido y la función de cada canto en la Misa: el canto de entrada, o porqué el Gloria, etc… con el Directorio “Canto y Música en la celebración”, explicando las partes de la Misa y cada tiempo litúrgico y sus características (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua…)

-Se debe procurar una breve catequesis sobre el canto que se ensaya: qué se dice, cuáles son las afirmaciones de la fe de ese canto… Sería una introducción espiritual a cada canto, tal vez, un canto bien explicado cada dos semanas.

Un ensayo de un coro parroquial puede ser un momento formativo, de catequesis, de iniciación a la liturgia muy fecundo para los jóvenes. No se trata –no lo olvidemos- de cantar EN la Misa, sino de cantar LA Misa. Y, por cierto, lo escrito anteriormente no es una teoría irrealizable, sino experiencia vivida.

Si lográramos superar de una vez por todas la vulgaridad musical de la liturgia, con ritmos profanos y letras sentimentales de dudoso corte eclesial, un coro tendría dos finalidades magníficos:

-potenciar la solemnidad, la oración y el canto en la liturgia, que es medio de participación activa de todos para unirse al Misterio
-y ser un lugar de evangelización para los mismos jóvenes, que podrían ser formados en los ensayos, conocer la doctrina de la fe mediante el canto, recibir una instrucción adecuada sobre Cristo y sus Misterios a lo largo del año litúrgico.

Mientras se busque sólo la distracción, que sea entretenida y alegre la liturgia, estaremos perdiendo la referencia a la esencia de la música y de un coro de jóvenes en las parroquias.

Autor: P. Javier Sánchez Martínez

El salmo responsorial: ¡cantemos!

La Introducción al Leccionario de la Misa destaca el valor del salmo responsorial en la Misa, su canto, su valor espiritual y catequético, así como la imposibilidad de sustituirlo por cualquier otro canto.

El salmo, en la liturgia de la Palabra, provoca la respuesta de fe y el asentimiento al diálogo de salvación que Dios realiza en la acción litúrgica. Va en relación con el contenido de la primera lectura, o con el sentido general del tiempo: salmos mesiánicos en Navidad (“Cantad al Señor un cántico nuevo…”) o salmo pascual 117 a lo largo de la cincuentena pascual (“La piedra que desecharon los arquitectos…”).

Una mala praxis ha arrinconado el canto del salmo, incluso en coros y corales en las grandes solemnidades, recitándolo simplemente con lo que se reduce a ser una lectura más con menos resonancia poética y espiritual. Es curioso que coros parroquiales o corales para grandes días canten todo (hasta lo que no hay que cantar, como el inexistente “Canto de paz”, y se olviden o ignoren siempre el salmo).

Otra praxis, aún más grave, prefiere cantar cualquier otro canto con tal de cantar algo: ¿se puede sustituir acaso la Palabra de Dios inspirada por una palabra humana?

Una gran ayuda es el “Libro del salmista” que el Secretariado Nacional de Liturgia en España publicó hace años, con la musicalización de todos los salmos responsoriales y sus respuestas, y que debiera ser un referente para la liturgia eucarística dominical cuando el coro prepara o ensaya los cantos. Y, si no hubiere salmista para cantar él solo las estrofas desde el ambón, al menos que se cante la respuesta cada domingo.

Siempre ha formado parte integrante de la liturgia de la Palabra; y lo ha sido de forma sencilla: el cantor entonaba un verso o antífona que luego repetían todos los fieles, y así contestaban a cada estrofa. Es el “gradual”, como antes lo llamaba la liturgia romana, porque se cantaba desde las gradas o escalones del ambón.

Tanto fue el aprecio de la Iglesia por el salmo que se cantaba en la liturgia que los Padres de la Iglesia predicaban muchísimas veces al pueblo partiendo del salmo que se había cantado o comentando incluso el mismo salmo, versículo a versículo. Así tenemos comentarios a los salmos de S. Hilario de Poitiers, una serie de Orígenes, una carta-tratado de S. Atanasio para interpretar los salmos, una colección de homilías de S. Juan Crisóstomo, o las magníficas “Enarrationes” sobre los salmos del gran san Agustín.

Recordemos lo que prescribe la Ordenación del Leccionario de la Misa:

 “El salmo responsorial, llamado también gradual, dado que es “una parte integrante de la liturgia de la palabra”, tiene gran importancia litúrgica y pastoral. Por eso hay que instruir constantemente a los fieles sobre el modo de escuchar la palabra de Dios que nos habla en los salmos y sobre el modo de convertir estos salmos en oración de la Iglesia. Esto “se realizará más fácilmente si se promueve con diligencia entre el clero un conocimiento más profundo de los salmos, según el sentido con que se cantan en la sagrada liturgia, y si se hace partícipes de ello a todos los fieles con una catequesis oportuna”. También pueden ayudar unas breves moniciones en las que se indique el por qué de aquel salmo determinado y de la respuesta, y su relación con las lecturas.

El salmo responsorial ordinariamente ha de cantarse. Hay dos formas de cantar el salmo después de la primera lectura: la forma responsorial y la forma directa. En la forma responsorial, que se ha de preferir en cuanto sea posible, el salmista o el cantor del salmo, canta la estrofa del salmo, y toda la asamblea participa cantando la respuesta. En la forma directa, el salmo se canta sin que la asamblea intercale la respuesta, y lo cantan, o bien el salmista o cantor del salmo él solo, y la asamblea escucha, o bien el salmista y los fieles juntos.

El canto del salmo o de la sola respuesta contribuye mucho a comprender el sentido espiritual del salmo y a meditarlo profundamente. En cada cultura debe utilizarse todo aquello que pueda favorecer el canto de la asamblea, y en especial las facultades previstas en la Ordenación de las Lecturas de la Misa referentes a las respuestas para cada tiempo litúrgico.

El salmo que sigue a la lectura, si no se canta, ha de recitarse en la forma más adecuada para la meditación de la palabra de Dios. El salmo responsorial se canta o se recita por un salmista o por un cantor desde el ambón” (OLM 19-22).

Desde que leí esta afirmación de san Juan Crisóstomo no la he podido olvidar por lo gráfica e impactante que es refiriéndose al estribillo del salmo responsorial:

"Yo os exhorto a no salir de aquí con las manos vacías, sino a recoger las respuestas como perlas, para que las guardéis siempre, las meditéis y las cantéis a vuestros hijos” (Com. Sal 41).

Esta frase sirve bien de resumen y acicate para que recuperemos el salmo responsorial en nuestra liturgia.

Resumiendo en algunos puntos lo expuesto:

  • Los salmos deben ser alimento constante para la oración personal, repetirlos, cantarlos, asimilarlos, memorizarlos, porque esa es la Tradición de la Iglesia.
  • El salmo responsorial, al que alude el Crisóstomo, se cantaba desde el ambón (no se sustituía por un canto cualquiera) y el pueblo participaba cantando la antífona como estribillo. Este salmo era objeto muchísimas veces del comentario homilético del Obispo (y esto era práctica común en todos los ritos y familias litúrgicas y en la praxis de los Padres de Oriente y Occidente).
  • El pueblo participaba en la sagrada liturgia cantando, oyendo al salmista, respondiendo con el canto. No asistía en silencio a un rito incomprensible, sino que tomaba parte cantando, rezando, respondiendo. Y esto mismo le otorgaba un carácter sagrado a la celebración: cantaban a Dios, cantaban delante de Dios, cantaban las palabras de Dios (los salmos y antífonas).

Participar activa, consciente, plenamente es hacer propio, asimilar e interiorizar las oraciones litúrgicas, las lecturas, el salmo. Es lo que ofrecía el Crisóstomo a su pueblo: tomar la antífona del salmo responsorial como “bastón de viaje” que lo acompañara siempre después del Oficio. La participación litúrgica es orar con los textos que el sacerdote pronuncia, interiorizar las lecturas bíblicas en las que Dios sigue hablando a su pueblo, dejarse empapar por el estilo y el contenido de los textos que se proclaman, se rezan o se cantan en la divina Liturgia.

¡Y cuántas cosas más se podrían añadir…!

Empecemos -¡atención los coros parroquiales!- a cantar el salmo responsorial. Y todos a vivir una sincera espiritualidad litúrgica.

Autor: P. Javier Sánchez Martínez

Monday, February 13, 2017

Sencillas recomendaciones a los lectores

Es bueno recordar cosas sencillas, porque en ocasiones las damos por ya sabidas, y tal vez no se saben, o porque recordándolas, las podemos afianzar. En este caso la catequesis va dirigida a los lectores de la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas

Es un servicio litúrgico de gran importancia, nunca una excusa para intervenir, ni tampoco un ‘derecho’ de nadie. Es un servicio litúrgico de quien sabiendo la importancia de lo que lee, sabe proclamar en público la Palabra de Dios sin arrogancia, ni protagonismo alguno. No todos pueden ni deben leer, porque no todos lo saben realizar adecuadamente.

Ofrecemos unas recomendaciones sencillas para los lectores. Tal vez imprimirlas y difundirlas podría ser un apostolado litúrgico sencillo pero eficaz.

* El lector debe entender la Palabra que proclama; si no la entiende, no puede darle el sentido que tiene. Primero debe ser oyente de esa Palabra -haberla leído antes, captado, rezado- y luego será el portavoz para la Iglesia.

* Clara conciencia de que en ese momento se convierte en portavoz de la Palabra de Dios, en su altavoz, para que todos escuchen la Revelación que se da. En consecuencia debe ser fiel transmisor de una Palabra que procede de Dios, escrita por los autores sagrados (: hagiógrafos) y cuyo último eslabón es el propio lector para que llegue esa Palabra a la Iglesia, aquí y ahora, en la celebración de los Santos Misterios.

* Hay que tener especial cuidado con las palabras difíciles, nombres inusuales, estilo de la misma lectura (poético, narrativo, exhortativo, etc.), y por eso es bueno repasar ante las lecturas.

* El lector comunica la Palabra de Dios no sólo con las palabras pronunciadas correctamente (correctamente, claro, no precipitadamente) sino también con el convencimiento, el tono, el volumen, las inflexiones de voz según las frases. No es “hacer teatro", sino comunicar adecuadamente, porque es distinto leer para uno mismo que leer para los demás en alta voz haciendo que los oyentes y el propio lector se enteren bien de la lectura.

* La preocupación de lector debe ser que todos se enteren y escuchen bien la Palabra de Dios: para ello procurará leer despacio, alto y claro, con ritmo (ni demasiado lento que distrae, ni demasiado rápido que aturde), vocalizando, ya que el sonido llega más lento al oído del oyente. Para eso, además, hay que mirar que el micrófono esté encendido y a la altura adecuada para recoger la voz, sin pegarlo a la boca.

* Antes de comenzar, cerciorarse de que es la lectura correcta: el libro debe estar abierto (y si no abrirlo por la cinta que debe estar de modo lateral), fijarse en el día de la semana en que se está o en qué fiesta o solemnidad. Se ha dado el caso de que el que ha leído en la misa anterior no ha dejado la cinta en su lugar adecuado, y el que lee en la siguiente Misa no se da cuenta y lee la lectura del día siguiente o del anterior. También esto es señal de que no se ha preparado antes la lectura ni se ha mirado el leccionario, tristemente.

* Al comenzar la lectura no se lee nunca lo que está en rojo, con tinta roja: “IV Domingo de Cuaresma", ni el orden de las lecturas tampoco se lee porque está en rojo: “Primera lectura", “Salmo responsorial", “Segunda lectura". Es decir, nunca se lee lo que esté escrito en letra roja, porque son indicaciones, no texto para leer en alta voz.

* Se comienza diciendo: “Lectura de…” y se termina haciendo una pequeña pausa con “Palabra de Dios”, no seguido, como si formase parte del texto, o leído como si fuera una pregunta “¿Palabra de Dios?", sino con tono de afirmación-aclamación: “Palabra de Dios". Como es una aclamación, y no una información, no se dice: “Es Palabra de Dios", ni tampoco se dirá “Esto es Palabra de Dios".

* El salmo habitualmente debe ser cantado, o al menos, el estribillo o respuesta. Lo excepcional debería ser que se leyese, porque la naturaleza del salmo es la de ser un poema cantado, una plegaria con música. Si hay que leerlo, no se dirá “Salmo responsorial” (porque está escrito en rojo) sino directamente lo que todos van a repetir, por ejemplo: “Mi alma tiene sed del Dios vivo", dando tiempo a que los demás puedan responder después de cada estrofa. Ayudará mucho que el lector repita cada vez la respuesta para facilitar los fieles que la recuerden mejor.

* El Aleluya no se lee. Si no se canta, es mejor omitirlo porque es absurdo convertir una aclamación musical en algo fugaz leído en voz alta.

* Lo ideal será que en todas las Misas haya un lector y a ser posible un lector distinto para cada lectura. El salmista es el cantor del salmo; si no lo hay, mejor un lector distinto que aquel que haya leído la primera lectura.

* El lector o los lectores deben acercarse dignamente al ambón para leer, sin carreras ni precipitación, con dignidad. Lo harán cuando los fieles hayan respondido “Amén” a la oración colecta que el sacerdote ha recitado, y no antes. Si son varios lectores, mejor que entonces vayan todos juntos, hagan inclinación profunda al altar al mismo tiempo, y suban a la vez hacia el ambón para evitar las idas y bajadas entre lecturas.

* Al final, dejar la cinta del leccionario bien colocada, de manera lateral y no hacia abajo, evitando que desaparezca entre las hojas del libro y evitar confusión alguna al siguiente lector.

Fuente: P. Javier Sánchez Martínez/infocatolica