Tuesday, February 10, 2015

"Preferimos exponer doctrinas a compartir mesa, pero eso hace estéril la predicación", Mons. Agrelo

El arzobispo de Tánger, monseñor Santiago Agrelo, ha defendido hoy en Valencia (España) la evangelización "mediante el testimonio de la caridad", que significa, en definitiva, "dar todo por nada".

En una conferencia titulada "Decir amar para decir evangelizar", que ha impartido en el Colegio Mayor Santo Tomás de Villanueva, monseñor Santiago Agrelo ha recordado que "la experiencia dice que a menudo la práctica de la caridad no es considerada como forma primera y esencial de evangelización, sino como alternativa pobre al ejercicio de la predicación".

En este sentido, monseñor Agrelo ha advertido que "hemos dado por cierto que las palabras tienen más fuerza que la vida, que los discursos son más elocuentes que los abrazos y preferimos exponer doctrinas a compartir mesa". Por eso, el arzobispo de Tánger ha lamentado que "gastamos demasiadas energías en defender doctrinas y dejamos de lado lo esencial, que es amar".

"Si no queremos hacer estéril la palabra de la predicación, hemos de considerar que el objeto de la fe, más que una doctrina , es una realidad", ha precisado monseñor Agrelo, que ha defendido que "a los pobres, los enviados de Cristo no les llevan palabras sino sacramentos, no llevamos doctrina, sino salvación".

"Por la Palabra estamos de pie", por Mons. Enrique Díaz, Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas, Chiapas (México)


Cuando trabajábamos en el documento de consulta para prepararnos al Sínodo de la Palabra (2008), se preguntó a las comunidades indígenas qué significaba para ellos la Palabra de Dios y al saber que estaría presente en dicho Sínodo algunos de ellos me pidieron: “Padre, por favor salúdanos al jTatik (nuestro padre) Papa, a los jTatiketik Cardenales y Obispos. Diles que por la Palabra estamos de pie. Diles que la Palabra de Dios nos ha levantado la cabeza y nos ha devuelto la dignidad. Que ahora andamos de pie y ha florecido nuestro corazón. Que aunque somos pobres y humildes, ahora también junto a esa Palabra podemos decir nuestra palabra y que ojalá un día la puedan escuchar. Nosotros los escuchamos siempre a ellos y les pedimos nos sigan dando la Palabra de Jesús”. Y es una realidad que en muchas de sus comunidades para sus fiestas y para sus duelos, para resolver los problemas y para fortalecer el corazón está presente y viva la Palabra de Dios.

Tu Palabra en mi corazón

Las palabras de Moisés a su pueblo son claras y contundentes:“Pongan en su corazón y en sus almas estas palabras mías; átenlas a su mano como una señal, llévenlas como un signo en la frente”. El significado de aquellas disposiciones de Dios a través de Moisés son transparentes y también hoy nos expresan el itinerario de la Palabra de Dios: el corazón, el alma, la mano, los ojos. Es decir dejarla penetrar en lo profundo de nuestro ser, dejarla germinar y después brotará, crecerá y se convertirá en luz para nuestro camino. No es la escucha aburrida de quien pasivamente recibe la Palabra, sino es la actitud dinámica del que “pone” la palabra en su corazón. Va a su encuentro, se la apropia, la toma como suya y la coloca dentro de sí. La lleva consigo de camino y en cada encuentro, en cada ocasión, brota la vitalidad de la Palabra que le da vida.

Cuando el Señor dice: “estas mis palabras”, está refiriéndose al momento concreto, al hoy de cada persona y en respuesta a sus necesidades. Cada momento de nuestra vida es un momento de gracia para escuchar las palabras del Señor como dirigidas a cada uno de nosotros, adaptadas a nuestras circunstancias y exigiendo una respuesta concreta de nuestra parte. Las ponemos ante nuestros ojos porque serán los criterios para una nueva forma de actuar: mirar con los ojos del Señor.

Palabras que se traducen en obras

Las palabras del Señor no pueden quedarse en la superficie, ni dejarse en el olvido; o como dicen en mi rancho: “que por una oreja nos entran y por la otra nos salen”. Debemos ponerlas en el corazón y en el alma. Pero además, exigen una respuesta, de ahí la precisión de “atarlas a la mano como señal”. Tu mano debe actuar conforme a esas palabras.

Cristo lo dirá aún más claro: “No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los Cielos”. A diferencia de Dios, cuya palabra se hace realidad cada vez que la pronuncia, “Dijo Dios… y así fue”, nuestras palabras a veces quedan en voces, ruidos y gritos, y no llegan a hacerse realidad. Por eso insiste elDeuteronomio que se deben atar a la mano.

Una palabra que no se traduce en obras concretas a favor de los hermanos, es brisa, soplo, que se lleva el viento. Jesúsrompe el camino fácil de sólo hablar que no abre las puertas, que no conduce a ningún lado, y propone el camino de la coherencia entre la fe y la vida. Nos ofrece un criterio de discernimientopara descubrir si nuestro discipulado es verdadero, para confrontar si estamos viendo con los ojos de Dios. No basta hablar ni profetizar en el nombre del Señor, se requiere aplicarse a cumplir su voluntad.

Las dos casas

Quizás influidos por los sistemas modernos de construcción que cada vez ofrecen nuevas alternativas para hacer más fácil y económicas las viviendas, también la vida la hemos querido construir sobre falsos plafones, sobre materiales desechables, con cimientos endebles y en condominios impersonales. Al fin, la casa durará un tiempo mientras encontramos otra mejor opción.

Pero las imágenes presentadas por Jesús se enraízan en la mentalidad judía donde la roca que da estabilidad es el Señor, la palabra de Dios, la ley, la fe, el Mesías. La tempestad no son solamente las dificultades que normalmente enfrenta todo hombre, sino la forma que la describe Mateo parece sugerir eljuicio del Señor. Así tendremos que revisar más a fondo la forma en que hemos construido nuestra vida: si resiste no solamente las miradas y juicios de los hombres, sino también es capaz de resistir el juicio de Dios. Es el culmen del Sermón de la montaña. Si hemos comprendido y puesto en práctica las bienaventuranzas y todas las enseñanzas de Jesús, habremos hecho una sólida construcción. No basta aprender las normas y los códigos, hay que aprender a vivir y practicar la esencia del evangelio que anuncia Jesús.

Discernimiento

Las imágenes de una puerta que no se abre sólo con palabras, de un profeta que habla bonito pero ha obrado mal, y de las casas que se construyen con o sin cimientos, son una dura crítica a una religión que se queda más en las ideas y en los discursos que las obras. Podrían ser una condena para quienes hablamos bonito y tenemos siempre el nombre de Dios en la boca, pero después actuamos con injusticia y mentira.Desnudan las oraciones y el culto que se quedan vacíos de compromisos. Van en contra de una religión espiritualista y etérea que no se encarna en la vida. En fin, nos enseñan que el seguimiento de Jesús no se hace con sólo escuchar la palabra, sino que requiere la coherencia de obras conforme a la voluntad del Padre. Hoy me acerco a Jesús y le pido me ayude a descubrir cuáles han sido los cimientos de mi vida. Tendré que revisar, discernir, purificar y convertirme. Sus palabras en la montaña serán mi guía. Ahora buscaré que sólo Dios sea la roca donde me apoyo y donde tengo mi seguridad.

Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, Palabra hecha carne, dolor, sudor y entrega, ven a lo profundo de mi corazón, transforma mis incoherencias y falsedades, y concédeme tenerte como única roca firme sobre la que se construya mi vida. Amén.

Sin cercanía a la gente y sin sembrar esperanza, la predicación es vanidad, avisa el Papa Francisco

Se pueden hacer bellas prédicas, pero si no se está cerca de las personas, si no se sufre con la gente y no se da esperanza, esas prédicas no sirven, son vanidad.

Lo dijo el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada este martes 16 de septiembre en la Capilla de la Casa de Santa Marta, día en que la Iglesia recuerda a los Santos mártires Cornelio, Papa, y Cipriano, obispo (16.9.2014).

El Evangelio del día habla de Jesús que se acerca a un cortejo fúnebre: una viuda de Naím ha perdido a su único hijo. El Señor realiza el milagro de devolver la vida al joven – recordó el Papa – pero hace más: está cerca. “Dios – dice la gente – ha visitado a su pueblo”. Cuando Dios visita “hay algo más, hay algo nuevo”, “quiere decir que su presencia está especialmente allí”. Jesús está cerca:

“Estaba cerca de la gente. Dios cercano que logra comprender el corazón de la gente, el corazón de su pueblo. Después ve el cortejo, y el Señor se acerca. Dios visita a su pueblo, en medio de su pueblo, y acercándose. Cercanía. Es la modalidad de Dios. Y después hay una expresión que se repite en la Biblia, tantas veces: ‘El Señor tuvo gran compasión’. La misma compasión que tenía, dice el Evangelio, cuando vio a tanta gente como ovejas sin pastor. Cuando Dios visita a su pueblo, está cerca de él, se acerca a él y siente compasión: se conmueve”.

“El Señor – prosiguió diciendo Francisco – se siente profundamente conmovido, como lo estuvo ante la tumba de Lázaro”. Como se conmovió aquel Padre “cuando vio volver a casa a su hijo” pródigo:

“Cercanía y compasión: así el Señor visita a su pueblo. Y cuando nosotros queremos anunciar el Evangelio, llevar adelante la Palabra de Jesús, éste es el camino. El otro camino es el de los maestros, el de los predicadores de aquel tiempo: los doctores de la ley, los escribas, los fariseos… Alejados del pueblo, hablaban… bien: hablaban bien. Enseñaban la ley, bien. Pero alejados. Y ésta no era una visita del Señor: era otra cosa. El pueblo no sentía esto como una gracia, porque faltaba la cercanía, faltaba la compasión, es decir, padecer con el pueblo”.

“Y hay otra palabra – subrayó el Papa – que es propia de cuando el Señor visita a su pueblo: ‘El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él – Jesús – se lo dio a su madre’”:

“Cuando Dios visita a su pueblo, devuelve la esperanza al pueblo. Siempre. Se puede predicar la Palabra de Dios brillantemente: en la historia hubo tantos buenos predicadores. Pero si estos predicadores no fueron capaces de sembrar esperanza, esa prédica no sirve. Es vanidad”.

Viendo a Jesús que devolvió el hijo vivo a su mamá – concluyó el Papa su homilía – “podemos entender lo que significa una visita de Dios a su pueblo. Y pedir como gracia que nuestro testimonio de cristianos sea portador de la visita de Dios a su pueblo, es decir, de la cercanía que siembra la esperanza”.

Fuente: religionenlibertad.com

EVANGELIZACIÓN A TRAVÉS DE LA HOMILÍA DOMINICAL, por Mons. Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristobal de las Casas

VER

En el reciente Encuentro de Catequistas de Adultos en nuestra diócesis, se lamentaba que hay personas que critican el que, en las catequesis y en las celebraciones, se aborden problemas de la comunidad a la luz de la Palabra de Dios. Hay fieles que querrían que nos quedáramos en un angelismo desencarnado y que habláramos de un Dios distante y alejado de lo que vive el pueblo. Como si la fe se redujera a un sentimiento piadoso, sin incidencia en la realidad. Es una queja que se escucha no sólo entre nosotros, sino en muchas otras latitudes.

Por otra lado, también hay quienes manipulan la Palabra de Dios para hacerla decir lo que uno piensa y quiere imponer; se escogen siempre textos que tienen que ver con los procesos sociales y políticos, sin dar su debida importancia a la oración, a la Misa dominical, a la confesión sacramental, a la estructura jerárquica de la Iglesia, a la defensa de la vida en el seno materno, a la devoción mariana.

No es fácil el equilibrio entre las dimensiones espiritual, trascendente y sobrenatural de la fe, con la social, política y cultural. No es sencillo armonizar las fuerzas entre la mano izquierda y la derecha del Cuerpo de Cristo, teniendo en cuenta que en la Iglesia del Señor se necesitan izquierdas y derechas, no peleando entre sí mismas, desgarrándose internamente, sino complementándose, para bien del pueblo.

JUZGAR

Dice el Papa Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones del próximo octubre: "La evangelización es un proceso complejo y comprende varios elementos. Entre estos, la animación misionera ha prestado siempre una atención peculiar a la solidaridad..., para dar la propia contribución a la mejora de las condiciones de vida de las personas en países en los que son más graves los fenómenos de la pobreza, malnutrición sobre todo infantil, enfermedades, carencia de servicios sanitarios y para la educación. También esto forma parte de la misión de la Iglesia".

Y reafirma con toda claridad, retomando lo que decía Pablo VI: "La Iglesia se toma en serio la vida humana en sentido pleno. No es aceptable que en la evangelización se descuiden los temas relacionados con la promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de opresión, obviamente respetando la autonomía de la esfera política. Desentenderse de los problemas temporales de la humanidad significaría ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre o padece necesidad; no estaría en sintonía con el comportamiento de Jesús, el cual ‘recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias' (Mt 9,35).

ACTUAR

Revisemos en qué hacemos consistir nuestra fe y cómo llevamos la pastoral evangelizadora. No basta ir a Misa, bautizarse, recibir los demás sacramentos y recitar algunas oraciones. Esto es importante, pues es acercarse a la fuente de la vida y llenarse del amor de Dios, pero no para quedarse en ello, sino para proyectarse en el servicio a los demás, tanto al interior de la comunidad cristiana, como en los areópagos de la política, la economía, la educación, los medios de comunicación, etc. La fe debe llevar a la transformación de costumbres, de estilos de vida, de criterios y formas de pensar, para que sean conformes al Evangelio.

Sin embargo, todo tiene su tiempo y su lugar. No se puede manipular una celebración haciendo a un lado los textos bíblicos señalados por la Iglesia, o llevándolos a temas ajenos al momento litúrgico. La realidad que debe iluminar la Palabra de Dios no se reduce a lo social, político y económico, sino que abarca muchos otros aspectos.

No es lo mismo una homilía, en que se explican los misterios que se celebran y se proyectan a la vida diaria, que una rueda de prensa, en que se abordan otro tipo de asuntos. No es lo mismo una Misa dominical, que una catequesis sistemática sobre cuestiones que la misma Doctrina Social de la Iglesia nos propone, y que tienen que ver directamente con lo social, político y económico. Seamos integrales en la vivencia de la fe y en la evangelización.

Entusiasmo y sencillez en las homilias, por el Card. Robert Sarah

El cardenal Robert Sarah, presidente del Consejo Pontificio "Cor Unum", ha animado en Valencia a los sacerdotes a poner de relieve "la centralidad de Cristo" en sus homilías no sólo con palabras, sino también con "el tono, las expresiones, la alegría, la sencillez y el entusiasmo", ya que "los fieles perciben el amor del celebrante a Cristo" en todo ello.

El purpurado guineano, que ha pronunciado una conferencia en la facultad de Teología "San Vicente Ferrer" con el título "La Palabra de Dios en la vida del sacerdote: oración y homilía", ha aconsejado también a los presbíteros evitar "homilías genéricas y abstractas que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico".

En este sentido, "debe quedar claro a los fieles que lo que interesa del predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía", ha subrayado el cardenal Sarah, que ha apoyado su disertación principalmente en la exhortación apostólica "Verbum Domini" del papa Benedicto XVI "sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia".

"El sacerdote procurará con sus palabras que los fieles puedan descubrir el rostro amable de Cristo, que se encuentra en el Evangelio, que oigan y pongan en práctica las inspiraciones que el Espíritu Santo suscita en la proclamación de la Palabra de Dios".

Para poder desarrollar ese modo de predicar, el purpurado ha recomendado a los sacerdotes dedicar un "tiempo de preparación a la homilía" que incluya un "estudio meditativo íntimamente unido a la oración personal". De hecho, "el predicador tiene que ser el primero que tiene que dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia".

En este punto, ha citado a san Agustín al añadir que "pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior".

Por otra parte, el cardenal Sarah ha exhortado a que, además de preparar con especial atención la homilía dominical y la de las solemnidades, "no se deje de ofrecer también, cuando sea posible, durante las misas del resto de días breves reflexiones apropiadas para ayudar a los fieles a acoger y hacer fructífera la palabra escuchada".

Por todo ello, ha animado a todos los cristianos, y en particular a los sacerdotes, a leer asiduamente la Biblia, a profundizar en su conocimiento y a dejarse interpelar por la Sagrada Escritura. Con su conferencia, ha quedado clausurado el ciclo de "Diálogos de Teología Almudí".

Cuando al cura le dicen «buen sermón» es que no era bueno: los consejos del reverendo Perry

Cualquier encuesta parroquial o diocesana sobre los problemas de la iglesia señalan como problema número uno los sermones aburridos, irrelevantes y sin sustancia.

El reverendo J. Perry Smith, pastor episcopaliano (anglicanos de EEUU) semi-retirado y autor de "The Unlikely Priest" (Padre Nuestro Books, 2011) ha publicado un artículo en The Wall Street Journal señalando lo que ha aprendido de buenos y malos predicadores. De hecho, señala que pastores muy populares pueden ser predicadores muy malos. En cambio, alaba al Papa por sus homilías eficaces y directas.

— Los elementos estilísticos del sermón

 "¡Un buen sermón!" es tal vez el peor elogio que puede recibir un predicador. Dicho por mera cortesía en el mejor de los casos, "un buen sermón" significa que lo que has dicho probablemente no ha sido escuchado, entendido o no era relevante.

"Tu sermón me ha emocionado o me ha desconcertado". "Me estabas hablando a mí". Estos son los elogios que nosotros, predicadores, queremos oír.

Incluso agradecemos un debate sobre el contenido del sermón porque demuestra que alguien estaba escuchando.

Predicar es realmente difícil, y muchos practicantes no tienen ni idea de lo que es meterse en la preparación de un sermón. Hay predicadores que esperan hasta el sábado por la noche por preparar sus sermones: o bien tienen mucho talento o son estúpidos y perezosos.

El fallecido Dunstan Stout, un sacerdote católico, capellán de la comunidad estadounidense en Ciudad de México, era el mejor predicador que he oído nunca. Le conocí a mediados de los años Sesenta; sus homilías duraban entre cuatro y seis minutos, eran contundentes e incluso recriminatorias y todos en la iglesia creían que les estaba hablando directamente a ellos. "Cualquier homilía que dure más de ocho minutos es demasiado larga", me dijo una vez. "Cualquier homilía que dure menos de cuatro minutos es demasiado corta. Una homilía o sermón debe centrarse en el Evangelio y debe ser relevante para los oyentes".  Su regla final sobre la predicación era: "Nunca digas nada desde el púlpito que tú no creas".

Los predicadores, pasados y presentes, violan las reglas del padre Stout. Sospecho a veces que el problema de estos predicadores es la pérdida de fe en el Evangelio, por lo que recurren a sus propias ideas. Se oyen predicaciones sobre asuntos de justicia social y de política de todo tipo, pero poco o nada del Evangelio.

Pero también los que creen verdaderamente pueden predicar de una manera mediocre, e incluso mala. No hay forma de predecir en qué momento oirás predicar así. Hace unos doce años, en la Catedral Nacional de Washington, el Reverendo Jesse Jackson dio uno de los peores sermones que he oído nunca. Habló durante 45 minutos. ¿Alguien sabe de qué estaba hablando? Me fui.

A la inversa, en la misma Catedral de Washington poco tiempo después, pude escuchar uno de los mejores sermones que he oído nunca. Lo pronunció el Reverendo Michael Curry, de la Iglesia Episcopaliana, antes de ser obispo, con la pasión de los antiguos evangelizadores itinerantes de carpa, pero con una teología sólida, haciendo que la Escritura fuera real para sus oyentes.

La religión de los viejos tiempos sigue estando aquí, con nosotros. ¿Estás salvado? ¿Declaras que Jesucristo es tu salvador personal? ¿Has recibido el Espíritu Santo?" La intromisión y la exhibición pública, junto al drama extático, atentan contra mi sensibilidad. Pero ese estilo de predicación está vivo y goza de buena salud.

Actualmente, algunos de los perfiles más altos de predicadores del país corresponden a los guías de las megaiglesias sin denominación. Entre ellos destaca Joel Osteen, el popular proveedor de lo que se conoce como Prosperity Gospel [evangelio de la prosperidad]. Atrae a los oyentes con su ancha sonrisa, su bonito cabello y su aparente sinceridad. No es un buen predicador: es de guión, es firme, está formado en los medios de comunicación y repite como un mantra que Jesús te ama y por este motivo todo irá bien.

El Prosperity Gospel mezclado con psicología pop atrae: cuando vamos a la iglesia queremos que nos animen y sentirnos bien con nosotros mismos. El Sr. Osteen saca el máximo rendimiento a esto, enriqueciendo a su iglesia y a él mismo. Esto es cristianismo solamente de nombre en su máxima expresión, y vende porque es la salvación sin dolor y sin sufrimiento. Además hay canguro gratis, música estupenda y mucho café en el vestíbulo.

Pero la verdad es que el Sr. Osteen, como muchos predicadores, y en particular los que como nosotros estamos en las confesiones tradicionales, es realmente aburrido. Nuestro mensaje "Jesús te ama," aunque es verdad, no va muy lejos. Nuestro mensaje está estancado.

La Escritura tiene que revivir, prender fuego al corazón y tener significado en la vida de la gente para que aprendan a amar a Dios y crecer en la fe. Un predicador que sabe como dar un sermón así es el Papa Francisco. Ha cautivado la imaginación del mundo, en parte porque él vive el Evangelio, pero también porque ha entendido la brevedad y la relevancia.

Los aspectos más asombrosos de Francisco son su autenticidad y su habilidad para conectar apasionadamente con la gente. Claramente él cree lo que dice y hace lo que cree. Cada sacerdote, cada pastor debería aprender de él. Nuestra predicación tal vez mejoraría y quizá nosotros nos convertiríamos en mejores cristianos.

Sobre la homilía

La palabra homilía se deriva de la palabra griega homilia (de homilein), la cual significa tener comunión o tener interacción con una persona. En este sentido homilia se usa en 1 Cor. 15,33.

En Lucas 24,14, encontramos la palabra homiloun, y en Hch. 24,26, homilei, ambas usadas en el sentido de “hablar con”.

En Hch. 20,11, encontramos el término homilsas; aquí se usa por primera vez para denotar un sermón a los cristianos en relación con el partir del pan. Evidentemente era un discurso informal, o exposición de la doctrina, pues se nos dice que San Pablo “habló largo rato… hasta el amanecer”. De ahí en adelante la palabra se usó como señal del culto cristiano (San Justino, “Apol. I”, c. LXVII; Ignacio, “Ep. Ad PLyc.”, V).

— Orígenes comienza a distinguir entre homilía y sermón

Orígenes fue el primero en distinguir entre logos (sermo) y homilia (tractatus). Desde la época de Orígenes homilía ha denotado, y todavía denota, un comentario, sin una introducción formal, división o conclusión, de alguna parte de la Escritura, cuya meta es explicar el sentido literal, y desarrollar el sentido espiritual del texto sagrado. El último, como regla, es el más importante; pero si, como en el caso de Orígenes, se le da más atención al primero, la homilía se llama explicativa en lugar de moral o exhortatoria. Es la forma más antigua de predicación.

Se puede decir que Cristo mismo predicó en este estilo (cf. Lc. 4,16-20) y fue el tipo de predicación utilizado por los Apóstoles y los Padres al dirigirse a los fieles. En la "Primera Apología" de San Justino Mártir (c. LXVII) se lee: "En el día llamado domingo todos reunidos en el mismo lugar, donde se leían los memoriales de los Apóstoles y los profetas… y cuando el lector termina, el obispo pronuncia un sermón", etc.

— Homilías más antiguas

La más antigua homilía existente es la llamada Segunda Epístola de Clemente a los Corintios; sin embargo, ahora se admite generalmente que no es de Clemente (vea Bardenhewer, "Patrologi", tr Shahan, p. 29.).

Tenemos ciento noventa y seis de Orígenes; algunas de San Atanasio, aunque él era más un polemista que un predicador; las breves y antitéticas homilías de León I también han llegado hasta nosotros; y las más importantes son las de Gregorio I.

Otros autores de homilías son: Hilario, Ambrosio, Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, Fulgencio, Isidoro, Beda, Bernardo y muchos otros.

Incluso después que el arte de la retórica influyó en la predicación, la forma de oratoria sagrada continuó, de modo que se reconocieron dos estilos de predicación: el estilo improvisado, sin pulir, o familiar, y el pulido, o preparado cuidadosamente. Buenos ejemplos de ambos se pueden ver en San Juan Crisóstomo, también en San Agustín. La homilía fue el estilo favorito de predicación en la Edad Media; y muchos de los sermones predicados entonces, a partir del uso frecuente de los Textos Sagrados.

— Tratamiento de la homilía

En la actualidad hay cuatro formas reconocidas de tratamiento de la homilía, pero no todas son igualmente recomendables.

El primer método consiste en tratar por separado cada frase del Evangelio. Este fue el método uniforme de San Anselmo, según se infiere de las dieciséis homilías que nos han llegado. No se recomienda, pues da, a lo mejor, solo un tratamiento fragmentario y disperso.

El segundo método es todo lo contrario; enfoca la totalidad del contenido del Evangelio en una sola idea. Usualmente se le llama “homilía superior”, y sólo difiere del sermón oficial o formal en la ausencia de introducción y peroración. Está claro que sólo ciertos evangelios pueden ser tratados de esta manera.

La tercera clase selecciona alguna virtud o vicio que surge del Evangelio, y trata uno o el otro con exclusión de todo lo demás. A esta clase de homilía se le llama comúnmente un “propenso”.

La cuarta clase es la que primero parafrasea y explica todo el Evangelio, y luego hace una aplicación de él. Éste, el método de San Juan Crisóstomo, parece ser el mejor, excepto donde se aplica la “homilía superior”, debido a que puede evitar el defecto que aqueja a la homilía, es decir, una tendencia a la falta de unidad y continuidad.

Las ventajas de la homilía son que es una forma de predicación que estuvo en uso desde el principio mismo del cristianismo; es simple y fácil de entender; provee una mejor oportunidad que el sermón oficial para entretejer la Sagrada Escritura.

En cuanto a su lugar en la Misa, la homilía es usualmente predicada después del Evangelio, pero San Francisco de Sales preferiría que viniese después de la Comunión.

Fuente: Enciclopedia Católica Online