Tuesday, February 10, 2015

Sobre la homilía, por Teófilo Cabestero

La etimología nos dice que el nombre “homilía” viene del vocablo griego “homilein”, que significa “conversar o comunicar algo con familiaridad”; “compartir algo hablando de ello amistosamente".

Este significado etimológico sugiere el estilo y el tono propio de quien dirige confiadamente su palabra a familiares y amigos. No es el tono solemne, altisonante y a veces fanático de una proclama populista. Y menos aún el trueno acusatorio de quien juzga y condena o exige e impone algo a otros con autoritarismo. No es tampoco la disertación magistral de una cátedra o la exposición precisa de una clase o de una conferencia doctrinal y científica.

No. Lo propio de la homilía es el estilo y el tono cercano y confiado que despierta confianza, que anima a interesarse y a participar en lo que se comparte, porque es algo que concierne y conviene tanto a los que escuchan como al que habla. Todos quedan familiarmente implicados.

Ese estilo contagiante afecta al contenido de la homilía en la forma en que se concibe y se comunica cordial y llanamente, como algo que es de interés común para las personas reunidas en la asamblea, aun siendo estas en muchos aspectos tan diferentes como deben ser.

Fuente:
¿Se entienden nuestras homilías?
Teófilo Cabestero
Centro de Pastoral Liturgica

Wednesday, February 4, 2015

El introito o canto de entrada de la Misa, por Raul del Toro Sola

En este artículo voy a tratar del canto de entrada de la Misa o introito. Me serviré para ello del conocido manual de Mario Righetti Historia de la liturgia (BAC, 1956), así como del libro El canto gregoriano, de Juan Carlos Asensio (Alianza, 2003).

El nombre clásico que el canto de entrada recibe en la liturgia católica es introitus, “introito”, del latín introeo, “entrar”. El canto del introito no está entre los más antiguos dentro de la liturgia. Su función es la de acompañar la entrada del celebrante, y lógicamente el énfasis en este aspecto más bien externo de la celebración sólo pudo darse una vez mitigada la persecución y la clandestinidad inicial.

Hacia el año 426 San Agustín da a entender que por entonces no existía el introito en las iglesias de África. El pasaje en cuestión relata el modo en que daba comienzo la celebración en África. Se había producido una curación extraordinaria en la mañana de Pascua, y el santo obispo de Hipona llegó a la iglesia, llena de fieles entusiasmados y en acción de gracias. Entonces San Agustín relata:

Saludé al pueblo, y, una vez hecho silencio, comenzó la solemne lectura de las divinas Escrituras.

Se ve por este pasaje que en África no existía aún la costumbre del canto introductorio.

En lo que respecta a la liturgia de Roma, el Liber Pontificalis parece sugerir que fue el papa Celestino I (422-432) el que introdujo el introito:

Éste (Celestino) estableció que se cantaran los 150 salmos de David antes del sacrificio, lo cual antes no se hacía, sino que sólo se recitaba la epístola del beato Pablo y el santo Evangelio.

Naturalmente, este pasaje no es suficientemente claro. No faltan autores que lo que aquí ven no es sino la introducción del Oficio Divino en Roma. Otros creen que antes del papa Celestino ya existía un introito en forma de simple antífona, y que lo que Celestino habría dispuesto sería en todo caso el canto de todo o parte del salmo, para poder cubrir toda la procesión del entrada del Papa, que cada vez se iba haciendo más solemne y prolongada. En refuerzo de esta tesis está el hecho de que las misas más antiguas (Navidad, Epifanía, Pascua, Pentecostés y otras), posiblemente anteriores a Celestino, cuentan con introitos tomados mayoritariamente no de los salmos, sino de las lecturas de la Misa o de alguna otra fuente, con lo que el complemento sálmico se explicaría bien según el texto mencionado del Liber Pontificalis.

El introito, tal y como nos ha llegado en la tradición gregoriana, es un canto de complejidad media. No suele ser ni tan sencillo como las antífonas de comunión o del Oficio Divino, ni tan complejo como los graduales o los tractos. Los introitos gregorianos que conocemos tienen su origen en la schola o grupo de cantores, y a ellos incumbía desde el principio su interpretación.

El modo de ejecutarse variaba de unos lugares a otros. En Roma los cantores se colocaban delante del altar en dos filas, con los niños cantores en medio. La antífona del introito era cantada dos veces entera, una por cada lado del coro, antes de proseguir con la alternancia versículo sálmico-antífona que es la habitual y usada todavía hoy en día.

Pero en la mayoría de las iglesias, donde el rito era necesariamente más sencillo, la antífona al comienzo sólo se cantaba una vez, y el número de versículos del salmo que había tiempo de cantar durante la procesión de entrada no pasaba de uno o dos. Esta versión abreviada es la que ha quedado en los libros de canto litúrgico.

La mayoría de los introitos toman su texto de los salmos. Por lo general el texto del introito no se refiere a su momento dentro de la liturgia. Es decir, no suelen tratar sobre hecho de que esté comenzando la celebración, ni de la entrada del celebrante, ni de nada parecido. Más bien tratan de algún concepto principal y característico del día que se está celebrando. He aquí unos pocos ejemplos:

Navidad: Puer natus est nobis (“Un niño nos ha nacido”, Isaías 9, 6)

Domingo de Resurrección: Resurrexi et adhuc tecum sum (“Me he levantado, y aún estoy contigo”, salmo 138, 18)

Ascensión: Viri Galilaei, quid admirámini aspiciéntes in caelum? (“Galileos, ¿de qué os admiráis mirando al cielo?, Hechos 1, 11)

Es importante constatar que el texto del introito no siempre es una cita literal de la Escritura. No son raras las ocasiones en que se da una cierta elaboración literaria, o bien se unen versículos originalmente separados o procedentes de distintos lugares.

Cuando el texto del introito no procede de los salmos, lo cual suele suceder en las misas especialmente antiguas y en días litúrgicamente importantes, suele estar relacionado con las lecturas que se proclaman ese día.

Los introitos de los domingos “normales” son de composición algo posterior, y no suelen guardar una relación especial con las lecturas del día. En estos casos el texto se tomó de los salmos, y la elección del texto para cada domingo parece proceder de la costumbre antigua de recitar los salmos en el mismo orden en el que aparecen en la Escritura, la llamada lectio per ordinem.

Entre los textos de introitos más antiguos están Accipite iucunditatem (en la forma extraordinaria, es el introito del martes infraoctava de Pentecostés; en la forma ordinaria, es el introito del lunes y el jueves de la VII semana de Pascua), y Requiem aeternam, introito de la misa de difuntos en las dos formas del rito romano. Ambos textos están tomados del cuarto libro de Esdras, libro apócrifo que fue sacado del canon ya en el siglo IV, lo cual da testimonio de la venerable antigüedad de estos introitos.

La función del canto del introito es acompañar la entrada del celebrante. Este momento ha tenido diversa fisonomía a lo largo del tiempo. Originalmente el elemento fundamental era la procesión de entrada. Esta procesión es descrita con cierto detalle por los ceremoniales. Cuando era un obispo el que celebraba, al llegar al altar hacía una señal a la schola para que interrumpiera el salmo del introito y entonara el Gloria Patri final. En ese momento el director de la schola se inclinaba ante el obispo y “daba gloria a la Trinidad”.

En el siglo X se introdujeron en el rito de entrada las llamadas apologías del introito. Son unas oraciones privadas del sacerdote, que las dice al pie del altar mientras suena el canto del introito. La reforma litúrgica promulgada por Pablo VI suprimió estas oraciones y prefirió volver al primitivo formato de entrada meramente procesional.

En las misas cantadas de la forma extraordinaria o tradicional el introito suele quedar enlazado con los Kyries. Los lectores más melómanos se habrán percatado quizá de que en algunas misas de Requiem compuestas hace décadas casi no hay separación entre el introito Requiem aeternam y los kyries. Uno de los casos más conocidos es el Requiem de Gabriel Fauré. En las misas polifónicas antiguas que no son de Requiem esto no se percibe, porque el introito inmediatamente anterior a los kyries es de texto muy variable, y quizá por esto mismo la costumbre era mantenerlo en canto llano.

En lo que respecta a la forma ordinaria o Novus Ordo Missae, así describe el introito o canto de entrada la Instrucción General del Misal Romano:

47. Estando el pueblo reunido, cuando avanza el sacerdote con el diácono y con los ministros, se da comienzo al canto de entrada. La finalidad de este canto es abrir la celebración, promover la unión de quienes se están congregados e introducir su espíritu en el misterio del tiempo litúrgico o de la festividad, así como acompañar la procesión del sacerdote y los ministros.

48. Se canta, o alternándolo entre los cantores y el pueblo o, de igual manera, entre un cantor y el pueblo, o todo por el pueblo, o todo por los cantores. Se puede emplear, o bien la antífona con su salmo como se encuentra en el Graduale Romanum o en el Graduale simplex, o bien otro canto que convenga con la índole de la acción sagrada, del día o del tiempo litúrgico, cuyo texto haya sido aprobado por la Conferencia de los Obispos.

Si no hay canto de entrada, los fieles o algunos de ellos o un lector, leerán la antífona propuesta en el Misal, o si no el mismo sacerdote, quien también puede adaptarla a manera de monición inicial (cfr. n. 31).

Resumo a continuación las opciones que se presentan. Téngase en cuenta que en los libros litúrgicos el orden de aparición de las opciones en el texto indica el orden de preferencia.

Ministerios litúrgicos:

1 alternancia cantores-pueblo
2 alternancia cantor-pueblo
3 todo por el pueblo
4 todo por los cantores

Repertorio:

1 Antífona de introito del Graduale Romanum
2 Antifona de introito del Graduale Simplex
3 Otro canto aprobado relacionado con el momento y el día.

El Graduale Romanum es el libro que contiene todos los cantos gregorianos para las misas de todo el año. En 1974 apareció la nueva edición ordenada conforme a la reforma litúrgica. El Graduale Simplex fue editado muy poco tiempo después del Vaticano II, siguiendo el mandato conciliar de ofrecer un repertorio gregoriano más sencillo, al alcance de las iglesias y los coros más modestos. También fue objeto de una segunda edición conforme al Novus Ordo.

Es necesario elaborar y publicar una correcta musicalización de los textos del Graduale en las lenguas vernáculas de España. En los últimos años se está desarrollando una muy interesante tarea de musicalización del Graduale Romanum en inglés, con un estilo impecablemente litúrgico que sigue muy de cerca los modelos gregorianos. Esta imitación gregoriana estricta no es el único camino, naturalmente. Pero este proyecto es un modelo que seguir por varias razones.

Desde el punto de vista del texto, se recibe la tradición. Es una grave pérdida que los textos asignados desde muy antiguo al introito de las fiestas principales queden arrumbados a cambio de culquier cosa. Es cierto, como he dicho más arriba, que los introitos de los domingos del Tiempo Ordinario no tienen una especial relación las lecturas. Pero el lenguaje de los salmos, como el de la Escritura en general, tiene un tono teológico y espiritual muy diferente al de las canciones que se usan habitualmente, con textos de nueva creación. Aquel es recio, denso, teocéntrico y más objetivo. Los textos actuales adolecen muchas veces -no siempre- de una piedad subjetiva, personal, muy antropocéntrica (sea el individuo, o tantas veces la comunidad), y padecen un sesgo voluntarista frecuente.

En cuanto a la música, hay otros caminos aparte de la imitación gregoriana estricta. Pero ya enseñaron san Pío X y san Juan Pablo II que una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano.

Fuente: infocatolica.con

Inclinación antes de comulgar, por Bruno M.


Hace poco, un lector me preguntó si la Iglesia recomendaba hacer una inclinación antes de comulgar, porque un sacerdote le había asegurado que no era así.

Es triste pero muchos sacerdotes, aunque sean buenos sacerdotes, no conocen bien el Misal ni las disposiciones de la Iglesia sobre la liturgia. Están sobrecargados de trabajo y parece que siempre hay cosas más urgentes que hacer.

Como el tema es interesante, porque estamos muy necesitados de incrementar nuestro respeto y espíritu de adoración ante Cristo presente sacramentalmente entre nosotros, reproduzco en el blog mis conclusiones sobre el tema de la inclinación previa a la comunión.

Como es sabido, la comunión en el rito romano se puede recibir en pie o de rodillas (algo que depende del fiel y no de lo que determine el sacerdote celebrante). El Misal Romano sí que recomienda hacer una reverencia antes de comulgar cuando se comulga de pie (se entiende que comulgar de rodillas ya es, de por sí, suficiente gesto de adoración):

“[…] Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas” (Instrucción general del Misal Romano 160).

Lo mismo recuerda la Congregación para el Culto en la Instrucción Redemptionis Sacramentum de 2004, que es el último documento importante sobre el tema, citando precisamente ese número del Misal Romano:

“«Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas»”(Instrucción Redemptionis Sacramentum 90).

Con ello, no hacía más que repetir lo que dijo otra Instrucción de la misma Congregación en tiempos de Pablo VI, justo después del Concilio Vaticano II, en 1967:

“Cuando los fieles comulgan de rodillas no se exige de ellos otro signo de reverencia para con el Santísimo Sacramento, porque la misma genuflexión expresa adoración.  Pero cuando se comulga de pie se recomienda encarecidamente que los que se acercan procesionalmente hagan una reverencia debida antes de la recepción del Sacramento, en lugar y tiempo oportuno para no entorpecer el acceso y retiro de los fieles” (Eucharisticum mysterium 34).

Las Conferencias Episcopales suelen pedir que esa reverencia tome la forma de una inclinación de cabeza. Por ejemplo, la argentina:

“En la Argentina se establece, como forma habitual, que los fieles reciban la Comunión de pie y realicen antes, como gesto de reverencia, una inclinación de cabeza” (Norma Nº 35: CEA 84, noviembre de 2002).

O la española:

“Los fieles comulgarán habitualmente de pie, haciendo antes una inclinación de cabeza, pudiendo recibir la comunión en la boca o en la mano” (Carta de Mons. Julián López Martín, obispo de León, a los presbíteros y diáconos, octubre de 2005).

En cualquier caso, estas recomendaciones litúrgicas son expresión de algo más profundo: el respeto inmenso y la actitud de adoración con la que todo católico debe acercarse a recibir a Cristo.

Fuente: infocatolica.com

Friday, December 5, 2014

Menos palabras y más y mejores signos, por el P. Jorge González Guadalix

Me encuentro con gente que me sugiere que en algunas celebraciones, especialmente en las muy especiales o en aquellas que se da una mayor abundancia de niños, tengamos en la parroquia una especie de monitor – comentarista que vaya explicando los gestos, los signos, las partes de la celebración.

Error. Grave error. Sobre todo porque en la práctica supone minusvalorar los gestos para sustituirlos por palabrería no siempre adecuada. Un ejemplo puede ser la misma lectura del evangelio. El monitor – comentarista puede decir que es importante, que es la palabra del mismo Cristo, que hay que estar atentos. Vale. Pero impresiona mucho más y habla mejor de lo que es el evangelio que el sacerdote haga la procesión de entrada con el evangeliario en alto, lo deposite en el altar, y en el momento de la proclamación lo tome de nuevo, camine solemnemente hacia el ambón y además se haga acompañar por dos con ciriales. Hasta el budista más despistado se da cuenta de que lo que se va a leer es algo muy serio.

No digamos nada la consagración. Las palabras pronunciadas con solemnidad, cirios, campanillas, la elevación pausada, la genuflexión devota. ¿Hacen falta más palabras? Habla más de la presencia del Señor una genuflexión correcta ante el sagrario que cuatro frases por bien construidas que estén.

La liturgia es un conjunto de signos y palabras, pero hay que tener en cuenta que siempre, pero siempre, los gestos son más sinceros y elocuentes que las palabras. De nada me vale hablar de la importancia del evangelio si acabo leyéndolo de cualquier modo y en una fotocopia. Pérdida de tiempo querer destacar la consagración si la hacemos a toda prisa porque nos hemos alargado en la homilía y en la procesión de ofrendas y hay que ahorrar tiempo. Buena gana pretender que alguien comprenda quién está en el sagrario por más que lo queremos explicar con palabras, si pasamos por delante y hacemos como mucho una genuflexión apresurada.

La liturgia es mucho más gesto que palabra. Sí, era en latín, pero cuando el monaguillo colocaba una vela más sobre el altar, se arrodillaba y tocaba la campanilla todos podían comprender que algo grande estaba sucediendo, aunque no supiera ni papa de liturgia católica.

Curiosamente, de ahí vendrán las preguntas y las interesantes respuestas. ¿Por qué ese libro es tan importante? ¿Por qué todos se arrodillan en ese momento y se toca la campanilla? ¿Por qué al pasar por delante de esa caja se arrodillan? No hace falta ser católico. El más perdido en temas de liturgia se da cuenta de que algo especial está ocurriendo.

Por la cosa de la sencillez se abandonan los gestos. Los sustituimos por cuatro palabrejas de coleguis creyendo que esa es la clave. El resultado son unas celebraciones cada vez menos religiosas, más intrascendentes en el pleno sentido de la palabra, es decir, con menos Dios. Mala cosa.

No es tan complejo. Altares perfectos en limpieza y orden. Vestiduras sagradas dignas. Gestos pausados y solemnes. Saber proclamar los textos dándonos cuenta de que hasta el tono es distinto en el gloria o el prefacio –alabanza-, la consagración, solemne y a la vez intimista, que no es igual proclamar el evangelio que leer dos avisos. Inclinaciones, genuflexión, actitud de silencio… y la liturgia va sola. Y al revés. Qué más da el altar, qué más da el leccionario, y los ornamentos, y los gestos… y… y nada. Todo es nada.

Fuente: infocatolica.com

Misas con niños. Me dan un repelús..., por el P. Jorge González Guadalix

He escrito alguna vez más sobre las llamadas misas con niños. He de insistir en que me dan un cierto repelús y por ser discreto. Mi experiencia me hace comprobar que lo que en lenguaje vulgar se llama en las parroquias misa con niños o misas de familias suele ser en el mejor de los casos una celebración mucho más que discutible. Las razones, varias.

La primera, una mala forma de entender que sea eso de la “participación”. Una misa no es más participada porque en ella consigamos que más niños hagan más cosas, lo que por otra parte no deja de ser a veces un tostón. Ya saben, eso de cinco niños para las lecturas, ocho para las preces, siete para que traigan las ofrendas, cuatro para dar gracias. Muy mono, pero los niños no responden al sacerdote, los adultos casi tampoco, canta el coro y poco más, no hay manera de conseguir cinco segundos de silencio. Es decir, los niños hacen cosas, pero de participación en la eucaristía más bien nada.

Seguimos por una necesidad imperiosa de hacer las misas “entretenidas”. Eso de que la misa es una fiesta muy alegre y por eso no es misa si no se dan palmas, se grita y se convierte el rito de la paz en una efusión de besos y abrazos.

Continuamos por el peligro de olvidar a los adultos que están ahí y que se encuentran con una celebración que no les dice nada, aunque es entretenida.

Proseguimos con la necesidad del sacerdote de ser simpático y campechano a costa de los que sea, aunque lo que sea consista en eliminar gestos, rúbricas, palabras o detalles. Todo sea por la supuesta cercanía.

No se olviden de las continuadas morcillas explicando cosas, y que suponen una ruptura constante del ritmo celebrativo.

Las misas con niños, con adultos, jóvenes, nonagenarios, registradores de la propiedad, asociaciones de viudas o percebeiros, son misas y punto. Eso sí, pidiendo a Dios que bendiga especialmente a sus hijos percebeiros para que no se les lleve por delante una ola traicionera.

Uno de los problemas “gordos” de estas misas es que los papás y bastantes catequistas conocen de la liturgia de la iglesia más bien nada, y entonces ponen el acento en cosas tan fundamentales como “a los niños les gusta”, “las familias están contentas”, “lo han hecho muy bien”. Vamos, lo mismo que si hubieran representado “El gato con botas” o acabaran de llegar del parque de atracciones.

Me encantaría poder escuchar un día cosas como que en esas misas los papás se han reencontrado con Jesucristo, que los niños se han emocionado ante Cristo presente en la Eucaristía, que viven de tal forma la celebración que incluso van a la parroquia a misa algún día de diario y por supuesto jamás han vuelto a faltar a la celebración dominical sea octubre, marzo, mayo o agosto y en la playa.

En fin, cosas mías, sueños míos.

Fuente: infocatolica.com

Thursday, December 4, 2014

¿Por qué el lavabo se llama lavabo?, por Juanjo Romero


Que una «pila con grifos y otros accesorios que se utiliza para lavarse» o una «mesa, comúnmente de mármol, con jofaina y demás recado para el mismo uso», deriven del verbo lavar parece lo más normal. Incluso la extensión del término al «cuarto dispuesto para el aseo personal».

Lo extraño es que derive, como señala el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, de la primera persona del singular del futuro imperfecto de indicativo de la forma latina: lavabo (lavaré, para los de ciencias profundas). Porque lo normal habría sido lavadero/lavatorio o lavador (que sí existen, aunque no con esa acepción), como por ejemplo comedor de comer, o dormitorio de dormir.

Y es que la cultura de las Españas, lengua incluida, es ininteligible sin el catolicismo. La palabra lavabo proviene del rito en el que el sacerdote se lava las manos, bien después de depositar en el altar la patena y el cáliz, bien después de la incensación. Un rito que por cierto es obligatorio, y en el que sacerdote «expresa el deseo de purificación interior» y reza el Salmo 26 [25], 6-12:

Lavabo inter innocentes manus meas
et circumdabo altare tuum, Domine…

Lavaré mis manos entre los inocentes
y rodearé tu altar, Señor….[1]

El filólogo J. Corominas fecha el uso del término lavabo a finales del XVIII. A mí me impresiona cómo debían vivir la Santa Misa nuestros hermanos en esa época, hasta qué punto era «centro y raíz de vida», como para terminar designando por metonimia un objeto cotidiano de ese modo.

Notas

[1] Según el Misal de San Pío V y también en el Misal vigente de San Juan XXIII de 1962, con el que se celebra según la Forma Extraordinaria. En la actualidad, se ha sustituido el Salmo 26 por el versículo 2 del Salmo 50

Fuente: infocatolica.com

Saturday, November 22, 2014

Del leccionario, o el método para la elección de las lecturas en cada misa, por Luis Antequera

Una de las preguntas que se formulan muchos de los que van a misa está relacionada con el criterio que se sigue para la elección de las diversas lecturas de la misma y si el hecho de que un año leamos una determinada lectura pero otro, en la misma fecha y festividad, leamos otra, sigue algún criterio, y en todo caso cuál. Pues bien, lo primero que se ha de decir es que, efectivamente, el tema sigue un orden, y que lo relativo a ese orden está relacionado con el llamado “leccionario”.



El leccionario no fue siempre como hoy lo observamos. El actual no es sino el producto de una más de las muchas reformas acometidas por el Concilio Vaticano II y es diferente al utilizado hasta ese momento, llamado “de Trento”, con el que registra tres grandes diferencias:

- primero, las lecturas se repetían todos los años de idéntica manera;
- segundo, la lectura era la misma para todos los días de la semana;
- tercero, sólo habría dos lecturas, una de las Cartas de los apóstoles y otra de los Evangelios, lo que quiere decir que el Antiguo Testamento no se leía en la misa.

De acuerdo con los criterios emanados del Concilio Vaticano II, el 25 de mayo de 1969 se publicaba en Roma el “Orden de lecturas de la Misa” (OLM) preparado por el Consilium de la reforma litúrgica y aprobado por el Papa Pablo VI mediante la constitución apostólica “Missale Romanum”.

A partir de los citados documentos, la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española crea nueve leccionarios.

Cinco de ellos que llamaríamos especiales:

- el Quinto con las lecturas para las fiestas de los Santos;
- el Sexto, con las lecturas para las misas por diversas necesidades y votivas;
- el Séptimo, con las lecturas para las ferias de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua;
- el Octavo, con las lecturas para las celebraciones de los sacramentos y sacramentales (funerales, bendiciones de iglesias, de abades, de vírgenes…);
- y el Noveno con las lecturas para las misas con niños.

Amén de los cuales, se crean otros tres que son los que nos interesan aquí, a saber:

- el Primero, con las lecturas para los domingos y fiestas del Señor para los años “A” (Mateo);
- el Segundo, con las mismas lecturas para los “años B” (Marcos) ;
- y el Tercero, con las mismas lecturas para los años “C” (Lucas),

En cuanto a Juan, se lo reserva para parte de la cuaresma y pascua en los tres ciclos, y para completar a Marcos en el año B.

Divididos los años en tres tipos, “A”, “B” y “C”, se llama año “C” al que es múltiplo de 3, año “A” al que le sigue, y año “B” al que sigue a éste. Para que se hagan Vds. una idea, el presente año 2104 es año “A”, por lo que no les extrañe escuchar mucho Mateo. Para cada tipo de año, “A”, “B” o “C”, la lectura elegida es la misma, lo que quiere decir que al cabo de tres años, se han realizado todas las lecturas que el leccionario recoge, y al cuarto año el ciclo recomienza, de modo que el feligrés vuelve a escuchar las mismas lecturas que escuchó tres años antes.

En cuanto al Antiguo Testamento, que como ya se ha dicho, no se leía en la misa antes de la actual reforma, se intenta, -y eso lo habrá observado el feligrés atento-, la lectura de pasajes que guarden alguna relación con el pasaje del Nuevo Testamento que se lee en cada ocasión.

- Leccionario IV:

Nos queda todavía un leccionario, el Cuarto, que recoge las lecturas para las ferias o días de semana del tiempo ordinario, sobre el que cabe decir dos cosas. Para empezar que en estos días, las tres lecturas quedan reducidas a dos: la primera con un texto de las Cartas o del Antiguo Testamento indistintamente, y la segunda con un texto del Evangelio. En segundo lugar, que ambas lecturas son diferentes según el año sea par o impar, lo que quiere decir que el año no se dedica, como en el caso de las lecturas dominicales, a un único evangelista, y que cada dos años (no cada tres como en el caso de las lecturas dominicales), la lectura se repite.

Y sin más y esperando que les haya resultado clarificador, me despido una vez más de Vds. no sin desearles como siempre que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

Fuente: religionenlibertad.com