Saturday, January 13, 2018

¿Por qué ir a Misa el domingo? Catequesis del papa Francisco

Retomando el camino de catequesis sobre la Misa, hoy nos preguntamos: ¿POR QUÉ IR A MISA EL DOMINGO?

La celebración dominical de la Eucaristía está al centro de la vida de la Iglesia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2177). Nosotros los cristianos vamos a Misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor dicho para dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, nutrirnos en su mesa, y así hacernos Iglesia, es decir, su Cuerpo místico viviente en el mundo.

Lo han comprendido, desde el primer momento, los discípulos de Jesús, los cuales han celebrado el encuentro eucarístico con el Señor en el día de la semana que los judíos llamaban "el primero de la semana" y los romanos "día del sol", porque ese día Jesús había resucitado de los muertos y se había aparecido a los discípulos, hablando con ellos, comiendo con ellos, donándoles a ellos el Espíritu Santo (Cfr. Mt 28,1; Mc 16,9.14; Lc 24,1.13; Jn 20,1.19).

Incluso la gran efusión del Espíritu en Pentecostés sucede el domingo, el quincuagésimo día después de la resurrección de Jesús. Por estas razones, el domingo es un día santo para nosotros, santificado por la celebración eucarística, presencia viva del Señor entre nosotros y para nosotros. ¡Es la Misa, pues, lo que hace al domingo cristiano! El domingo cristiano gira alrededor de la Misa. ¿Qué domingo es, para un cristiano, aquel en el cual falta el encuentro con el Señor?

Existen comunidades cristianas que, lamentablemente, no pueden gozar de la Misa cada domingo; sin embargo ellas, en este santo día, están llamadas a recogerse en oración en el nombre del Señor, escuchando la Palabra de Dios y teniendo vivo el deseo de la Eucaristía.

Algunas sociedades secularizadas han perdido el sentido cristiano del domingo iluminado por la Eucaristía. En este contexto es necesario reavivar esta conciencia para recuperar el significado de la fiesta –no perder el sentido de la fiesta–, el significado de la alegría, de la comunidad parroquial, de la solidaridad, del descanso que repone el alma y el cuerpo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2177-2188).

De todos estos valores nos es maestra la Eucaristía, domingo tras domingo. Por esto el Concilio Vaticano II ha querido reafirmar que «el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo» (Const. Sacrosanctum Concilium, 106).

La abstención dominical del trabajo no existía en los primeros siglos: es un aporte específico del cristianismo. Por tradición bíblica los judíos descansan el sábado, mientras en la sociedad romana no estaba previsto un día semanal de abstención de los trabajos serviles. Fue el sentido cristiano del vivir como hijos y no como esclavos, animado por la Eucaristía, a hacer del domingo, casi universalmente, el día de descanso.

Sin Cristo somos condenados a ser dominados por el cansancio del cotidiano, con sus preocupaciones, y del temor del mañana. El encuentro dominical con el Señor nos da la fuerza de vivir el hoy con confianza y valentía e ir adelante con esperanza. Por esto los cristianos vamos a encontrar al Señor el domingo, en la celebración eucarística.

La Comunión eucarística con Jesús, Resucitado y Vivo en eterno, anticipa el domingo sin ocaso, cuando no existirá más fatiga ni dolor ni luto ni lágrimas, sino sólo la alegría de vivir plenamente y por siempre con el Señor. También de este beato descanso nos habla la Misa del domingo, enseñándonos, en el fluir de la semana, a encomendarnos en las manos del Padre que está en los cielos.

¿Qué cosa podemos responder a quien dice que no sirve ir a Misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien, amar al prójimo?

Es verdad que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como ha dicho Jesús: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,35); pero, ¿cómo podemos practicar el Evangelio sin tomar la energía necesaria para hacerlo, un domingo detrás del otro, de la fuente inagotable de la Eucaristía? No vamos a Misa para dar algo a Dios, sino para recibir de Él lo que de verdad tenemos necesidad. Lo recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: «Pues aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación» (Misal Romano, Prefacio Común IV).

En conclusión, ¿Por qué ir a Misa el domingo?

No es suficiente responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a cuidar el valor, pero esto sólo no es suficiente. Nosotros los cristianos tenemos necesidad de participar en la Misa dominical porque sólo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica su mandamiento, y así ser sus testigos creíbles. Gracias.

Wednesday, January 10, 2018

El Papa explica el Gloria, la Oración Colecta y los silencios en la misa

El papa Francisco ha seguido explicando en la audiencia pública de este miércoles, como en semanas anteriores, distintas partes de la liturgia de la misa. En esta ocasión, dijo, “dedicamos la catequesis de hoy al canto del gloria y a la oración colecta que forman parte de los ritos introductorios de la Santa Misa”.

El himno del Gloria

El encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina da vida a la gratitud expresada en el “Gloria”, un himno antiguo y venerable con el cual la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica y suplica a Dios Padre y al Cordero.

“El canto del gloria comienza con las palabras de los ángeles en el nacimiento de Jesús en Belén y continúa con aclamaciones de alabanza y agradecimiento a Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

Este canto, precisó el Papa, nos implica también a nosotros recogidos en oración: “Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz a los hombres de buena voluntad”.

"Oremos": el silencio en la oración colecta

“Después del Gloria viene la oración llamada colecta. Con la expresión ‘oremos’, señaló el Obispo de Roma, el sacerdote invita al pueblo a recogerse en un momento en silencio, para que cada uno tome conciencia de estar en la presencia de Dios y formular en su espíritu sus deseos”.

El silencio, puntualizó el papa Francisco, no se reduce a la ausencia de palabras, sino a disponerse a escuchar otras voces: aquellas de nuestro corazón y, sobre todo, la voz del Espíritu Santo. “En la liturgia, la naturaleza del sagrado silencio depende del momento en el cual se realiza: ‘Durante el acto penitencial y después en la invitación a la oración, ayuda al recogimiento; después de la lectura u homilía, es una invitación a meditar brevemente lo que se ha escuchado; después de la Comunión, favorece la oración interior de alabanza y suplica’. Por lo tanto – dijo el Papa – antes de la oración inicial, el silencio ayuda a recogernos en nosotros mismos y a pensar porque estamos ahí. Es esta la importancia de escuchar nuestro espíritu para abrirlo luego al Señor”.

Hacemos memoria y luego suplicamos

La oración colecta – precisó el Pontífice – está compuesta, primero, de una invocación del nombre de Dios, y en la que se hace memoria de lo que él ha hecho por nosotros, y en segundo lugar, de una súplica para que intervenga.

“El sacerdote recita esta oración con los brazos abiertos imitando a Cristo sobre el madero de la cruz. En Cristo crucificado reconocemos al sacerdote que ofrece a Dios el culto agradable, es decir, el de la obediencia filial ”

Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco recordó que, en el Rito Romano las oraciones son concisas pero ricas de significado. “Volver a meditar los textos, incluso fuera de la Misa, puede ayudarnos a aprender a dirigirnos a Dios, qué cosa pedir, qué palabras usar. Pueda la liturgia convertirse para todos nosotros en una verdadera escuela de oración”.

El Papa explica el sentido del acto penitencial


El Papa Francisco ha vuelto este miércoles a centrar su catequesis de la Audiencia General en la Eucaristía. De este modo,  habló del acto penitencial de la Misa. Sobre él, aseguró que éste “en su sobriedad, favorece la  actitud con la que disponerse a celebrar dignamente los santos misterios, reconociendo ante Dios y los hermanos nuestros pecados”.

El Santo Padre recordó a los miles de fieles presentes en el Aula Pablo VI que “todos somos pecadores” recalcando que el que “es presuntuoso” es “incapaz de recibir perdón”.

De este modo, explicó, tal y como recoge Aciprensa, que “quien es consciente de las propias miserias y abaja los ojos con humildad, siente posarse sobre él la mirada misericordiosa de Dios”.

El motivo del acto penitencial

“Sabemos por experiencia que solo quien sabe reconocer los errores y pedir excusa recibe la comprensión y el perdón de los otros”, dijo el Papa, que también añadió que “escuchar en silencio la voz de la conciencia permite reconocer que nuestros pensamientos son distantes de los pensamientos divinos, que nuestras palabras y nuestras acciones son a menudo mundanas” y están “guiadas por decisiones contrarias al Evangelio”.

Es por esto por lo que “al inicio de la Misa –dijo Francisco- hacemos de forma comunitaria el acto penitencial mediante una fórmula de confesión general, pronunciada en la primera persona del singular”. Cada uno “confiesa a Dios y a los hermanos que 'he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión'”.

El Papa se detuvo sobre esto último y dijo que a veces “nos sentimos buenos porque ‘no hemos hecho mal a ninguno’”. “En realidad, no basta con no hacer mal al prójimo, sino elegir hacer el bien aprovechando las oportunidades para dar buen testimonio de que somos discípulos de Jesús”.

La absolución

“Las palabras que decimos con la boca son acompañadas del gesto de dar unos golpes en el pecho, reconociendo que he pecado por mi culpa, y no por la de los otros. Sucede a menudo que, por miedo o vergüenza, apuntamos con el dedo para acusar a los otros”, indicó.

El Santo Padre concluyó explicando que “después de esta confesión, suplicamos a la Virgen María, a los ángeles y a los santos que intercedan ante el Señor por nosotros. Su intercesión nos sostiene en nuestro camino hacia la plena comunión con Dios”.

“El acto penitencial concluye con la absolución del sacerdote, en la que se pide a Dios que derrame su misericordia sobre nosotros. Esta absolución no tiene el mismo valor que la del sacramento de la penitencia, pues hay pecados graves, que llamamos mortales, que sólo pueden ser perdonados con la confesión sacramental”, dijo en la catequesis.

«El Cuerpo de Cristo - Una reflexión sobre cómo recibir la comunión»

Carta pastoral: «El Cuerpo de Cristo
Una reflexión sobre cómo recibir la comunión»

1. Desde hace tiempo me ronda la idea de escribir una carta sobre cómo recibir, al comulgar, el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Es evidente que la Comunión hay que vivirla con la misma intensidad espiritual que la escucha de la Palabra de Dios o la Consagración. En cualquier momento de la celebración eucarística nuestra participación tiene que ser plena, consciente, activa y fructuosa.

Desde que estoy entre vosotros como vuestro Obispo tengo la impresión que, al menos en lo que yo percibo, en general es muy bueno el modo con que se participa en la Eucaristía en nuestras comunidades. Son muchos los gestos y las actitudes que tengo la oportunidad de observar, como la actitud de escucha, el silencio y, de un modo especial, el sentido de adoración que se manifiesta en el momento de la Consagración. Entonces, una mayoría de fieles se hincan de rodillas ante el Santísimo Sacramento.

Sin embargo, tengo que decir que me disgusta cómo algunos se acercan a comulgar y cómo vuelven a sus asientos, los que han recibido el Cuerpo del Señor. No sé que sucede, pero, llegado ese momento de la Comunión, hay una especie de desconcierto en el Templo, con lo que se da la impresión de que algunos de los presentes no son conscientes de lo que está sucediendo en ellos, para ellos y también para todos los que participan en la Misa. Parece que se olvidan de lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf 1Co 12,13)».

2. En lo que se refiere al modo de comulgar, sin que me atreva a juzgar las actitudes interiores, en el modo de poner sus manos o su boca se refleja que aparentemente no valoran adecuadamente la presencia real y sacramental de Jesús en el Pan Eucarístico. No siempre en las manos que reciben al Señor se percibe aquello de que «la mano izquierda ha de ser un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey», como dijo San Juan Crisóstomo. Entiendo que había que educar con cierta frecuencia, sobre cómo se ha de recibir el Cuerpo de Cristo. Es evidente que lo que importan son las actitudes espirituales que adoptamos; pero las formas son también importantes y hay que orientarlas; sobre todo cuando perciben hábitos muy poco correctos y además da la impresión de que muy arraigados. Para tratar al Señor hemos de poner lo mejor de nosotros mismos.

Quizá, para educar el modo de comulgar, bastaría con que participáramos adecuadamente en los ritos de preparación. Como se puede observar, el sacerdote se prepara interiormente con una oración íntima que ya es una invitación a toda la asamblea a ponerse en actitud de espera del Cuerpo y la Sangre del Señor que se va a recibir. La actitud que habría que cuidar en la preparación para comulgar debería de ser la gratitud por el don que el Señor nos regala; es Él quien viene a nosotros. Y con la gratitud el deseo profundo de recibirlo en nuestra vida.

3. Una vez que el sacerdote comulga, enseguida invita a los fieles a participar en el banquete eucarístico con una fórmula que es anuncio de una buena noticia: se nos invita a participar en las bodas del Cordero, a pregustar en la comunión la vida eterna. Por eso nos dice: «dichosos los invitados a la cena del Señor». Al comer el Cordero Pascual, éste entra en nosotros en un acto de amor y nos hace uno con Él, al tiempo que nos une entre nosotros como Iglesia. De ahí que cuando el sacerdote al darnos la comunión nos dice «el Cuerpo de Cristo», nosotros respondemos «amén», le estamos diciendo: «Si quiero, acepto, deseo que unas tu vida a la mía». Jesús transforma nuestra pequeña y débil vida en su misma vida divina. Es por eso que, ante la presentación del Pan Eucarístico como el Cordero de Dios, nosotros respondemos con una profunda humildad: «Señor, yo no soy digno de que entes en mi casa, pero una Palabra tuya bastará para sanarme». Todo esto es evidentemente tan sublime que, o se toma en serio o corremos el peligro de banalizar lo que, por gracia de Dios, enriquece y renueve nuestra vida.

4. Después de comulgar hay que encontrarse con Jesús en intimidad, por eso, es imprescindible el silencio que nos permita un diálogo con él. Ese momento es la gran oportunidad para un encuentro que fortalezca nuestra fe, nos arraigue en la oración y nos oriente en nuestra misión, la que hemos de realizar tras alimentarnos de la Eucaristía. Sin embargo, por el tono revoltoso o distraído que se nota en el ambiente, es evidente que eso en algunos casos no está sucediendo. A veces, da la impresión de que en la comunión empieza a acabarse la Misa y de que ya no sucede nada para muchos. Yo propongo que se eduque con unas buenas catequesis mistagógicas a cómo encontrarse con el Señor tras comulgar. Es importante que se recuerde que es tiempo de rezar; y para eso se pueden indicar algunos argumentos sobre los que hablar con el Señor y algunas oraciones que nos podrían ayudar en ese dialogo con Jesús Eucaristía.

Normalmente en la liturgia ese tiempo de después de la Comunión es de silencio meditativo, que además debería ser más prolongado de lo que lo hacemos. El silencio no es incompatible con el canto; sin embargo, no siempre los coros colaboran al clima de adoración y contemplación que se necesita. Se puede cantar durante la Comunión y en la acción de gracias, pero no hay que evitar algunos hábitos ya adquiridos: no hay que tener prisa en comenzar el canto, tampoco es necesarios estar cantando durante todo el tiempo de distribución de la comunión y, por supuesto, no siempre hay que cantar en la meditación de acción de gracias. Si se canta, los cantos tanto en el tono de la música y, sobre todo, en la letra han de invitar a la oración. Todas las canciones de la Comunión deberían de ser eucarísticas y orantes. El ritmo o la letra de algunas rompe con demasiada frecuencia el tono espiritual que ese momento debe de tener y alteran la necesidad de oración que tiene la asamblea.

5. Ni que decir tiene que hasta ahora me he dirigido sobre todo a los que comulgan; pero hay muchos que participan en la Eucaristía y no pueden comulgar, o bien porque no están bien dispuestos, es decir, porque necesitándolo no se han confesado; o bien porque sus circunstancias personales, aunque lo deseen, no les permite acercarse a recibir la Comunión. Para estos el tono espiritual ha de ser el mismo que para los que comulgan; también ese momento de la celebración de Eucaristía es tiempo de oración y de intimidad con Jesús Sacramentado, si bien su comunión es «spiritual». Por eso es tan necesario que los que comulgan den ejemplo de lo maravilloso e importante que es recibir a Jesús sacramentalmente. ¿Cómo van a desear recibirle los que no pueden, si los que comulgan le tratan con tanto descuido? ¿Cómo van a tener pudor de recibirle los que no pueden, si los que los lo hacen se acercan a comulgar tan a la ligera? Comulgar espiritualmente significa unirse a Jesucristo presente en la Eucaristía, aunque no recibiéndolo sacramentalmente, sino con un deseo que proviene de una fe animada por la caridad.

6. Como veis, he utilizado un tono sencillo y espero que claro para intentar orientar mejor lo que deberíamos hacer y cómo hacerlo. Me gustaría que todos os quedéis con esto: cuidemos con mucho esmero la comunión, nos va mucho en cada oportunidad que tengamos de recibir a Jesús: nos va la fortaleza, la autenticidad, la radicalidad de todos los demás aspectos de nuestra vida cristiana. Los santos siempre entendieron que todos hemos de recorrer un camino: de la Eucaristía a los pobres y de los pobres a la Eucaristía (Beata Matilde del Sagrado Corazón).

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro, Obispo de Jaén

¿Se puede celebrar misa en casa?

Excepcionalmente y con estas condiciones

La Iglesia debe vigilar para no tratar la misa con frivolidad ni con superficialidad. Por esto “para la celebración de la Eucaristía el pueblo de Dios se congrega generalmente en la iglesia”, dice la Instrucción General del misal Romano, 288); y no en cualquier iglesia sino en una que esté solemnemente dedicada o al menos bendecida (IGMR, 290).

Visto lo anterior en términos generales la Iglesia prohíbe la celebración de la misa fuera de los lugares sagrados; por tanto quedan excluidos, por ejemplo, las “capillitas” privadas, el jardín de un chalet, los hoteles, las calles, etc. A propósito de las capillitas privadas, a éstas tampoco se les puede considerar como oratorios ni, menos aún, como ermitas, sobre todo si se construyen sin autorización eclesiástica.

Celebrar la misa en una casa, fuera del motivo que se presenta más adelante, implica conceder esta misma posibilidad a todas las demás casas. Y como es obvio sería imposible complacer a todas las familias que quisieran la misa en su casa.

De manera pues que lo ideal, lo normal y lo que conviene es celebrar siempre la misa en un lugar erigido para esa finalidad (Canon 932): templo parroquial, oratorio, ermita, santuario, etc.; “a no ser que, en un caso particular, la necesidad exija otra cosa” (Canon 932, 1). Y “de la necesidad del caso juzgará, habitualmente, el obispo diocesano para su diócesis” (Redemptionis Sacramentum, 108).

El sacerdote, diocesano o consagrado, antes de celebrar una misa fuera de los lugares sagrados, cuando haya una seria necesidad pastoral tendrá que solicitar el debido permiso del obispo por escrito. La norma es clara: celebrar fuera de los lugares establecidos depende de la interpretación de la necesidad que haga el ordinario del lugar para su diócesis.

La Iglesia, como ya hemos visto, contempla la posibilidad, “en un caso particular” o, lo que es lo mismo, por necesidad y justa causa, de permitir la celebración de la misa de manera muy “excepcional”, fuera de los lugares sagrados antes mencionados.

La expresión ‘EN UN CASO PARTICULAR’ impide la celebración ordinaria y generalizada de la misa en lugares no establecidos para este fin. Uno de estos lugares donde se puede muy excepcionalmente celebrar la misa son las casas de familia; y la misa se puede celebrar pero teniendo siempre en cuenta las orientaciones emanadas por la autoridad eclesiástica.

Y para esto hay que tener en cuenta algunas condiciones:

1.- Se permite la misa solamente donde haya un enfermo en estado muy grave. En este caso la misa debe celebrarla el párroco o su vicario o un sacerdote delegado por él y por escrito. Autorización escrita que también debe tener todo sacerdote aunque sea pariente o amigo cercano del enfermo; en este caso es muy conveniente que a los fieles que participan de la misa se les dé a conocer la autorización del párroco. La misa debe incluir la administración de la unción de los enfermos. Y la misa debe estar abierta a la comunidad eclesial, pues la misa no debe ser privada en el sentido estricto de la palabra.

2.- La misa se debe celebrar en un sitio de la casa que sea decoroso y honesto; en un lugar ‘digno’ dice el canon 932. La mesa tiene que estar en condiciones y que no tenga relación con usos que puedan inducir al escándalo. Puede celebrarse la misa en una mesa apropiada pero siempre con un mantel litúrgico, no con el mantel de la casa aunque esté limpio.

3.- Fuera del caso de un enfermo grave o muy grave, el párroco deberá establecer si es absoluta y realmente necesario usar una casa para la celebración de la misa. Por ejemplo, si hubiera una iglesia o un oratorio cercanos nada podría justificar el uso de otros lugares.

4.- El sacerdote mayor o el sacerdote enfermo que no se puede mover de casa puede celebrar la misa en su casa.

5.- En tierra de misión donde no hay ninguna iglesia o ermita y oratorio aprobado; e, incluso, para proteger los fieles de las inclemencias del clima.

Autor: Henry Vargas Holguín 

Friday, November 24, 2017

Catequesis del papa Francisco: "Ir a misa es ir al Calvario: allí estaríamos en silencio, en llanto, en la alegría de ser salvados"

El Papa Francisco este miércoles ha impartido su catequesis dedicada a la misa, en su nuevo ciclo de audiencias públicas. Ha recordado que ir a misa es como ir al monte Calvario, a la Crucifixión de Cristo, "donde desaparecen el espectáculo, desaparecen las habladurías, los comentarios".

"Cuando vamos a Misa, es como si fuéramos al Calvario, lo mismo. Piensen ustedes: si nosotros vamos al Calvario – pensemos con imaginación – en ese momento, y nosotros sabemos que ese hombre ahí es Jesús. Pero, ¿nosotros nos permitiríamos hablar, tomar fotografías, hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! Nosotros seguramente estaríamos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser salvados. Cuando nosotros entramos en la iglesia para celebrar la Misa pensemos esto: entro en el Calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparece las habladurías, los comentarios y estas cosas que nos alejan de esta cosa tan bella que es la Misa, el triunfo de Jesús".

Resumen que Francisco pronunció en español

Queridos hermanos y hermanas:

Continuando con la catequesis sobre la Santa Misa, podemos decir que es el memorial del Misterio Pascual de Cristo, que él llevó a cumplimiento con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, y que nos hace partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte.

Así, la Eucaristía hace presente el sacrificio que Cristo ofreció, una vez para siempre, en la cruz y que permanece perennemente actual, realizando la obra de nuestra redención.

En la Misa, el Señor Jesús, haciéndose «pan partido» por amor a nosotros, se nos da y nos comunica toda su misericordia y su amor, renovando nuestro corazón, nuestra vida y nuestras relaciones con él y con los hermanos.

A través de la celebración eucarística, la acción del Espíritu Santo nos hace partícipes de la misma vida de Dios, que transforma todo nuestro ser mortal y nos llena de su eternidad.

Con la Eucaristía Jesús nos libra de la muerte física y del miedo a morir, como también de la muerte espiritual, que es el mal y el pecado. La participación en este sacramento, que nos llena de la plenitud de su vida, nos hace decir con san Pablo: «vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). Por ello, para el cristiano es vital participar en la Eucaristía, especialmente el domingo, puesto que nos permite unirnos a Cristo, tomando parte de su victoria sobre la muerte y gozar de los bienes de la resurrección.

El Señor Jesús nos quiere comunicar en la Eucaristía su amor pascual para que podamos amar a Dios y a nuestro prójimo como él nos ha amado, entregando su propia vida. Que la Virgen Santa interceda ante su Hijo por todos nosotros, y nos alcance la gracia de ser hombres y mujeres que encuentren en el sacrificio eucarístico el centro de la propia existencia y la fuerza para vivir en el amor.

Homilía completa del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

¡Buenos días! Prosiguiendo con las Catequesis sobre la Misa, podemos preguntarnos: ¿Qué cosa es esencialmente la Misa? La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Ella nos hace partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte, y da significado pleno a nuestra vida.

Para esto, para comprender el valor de la Misa debemos sobre todo entender el significado bíblico del “memorial”. Esto «no es solamente el recuerdo – el memorial no es solamente un recuerdo –, de los acontecimientos del pasado, sino estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la Pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1363).

Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo ha llevado a cumplimiento la Pascua. Y la Misa es el memorial de su Pascua, de su “éxodo”, que ha realizado por nosotros, para sacarnos de la esclavitud e introducirnos en la tierra prometida de la vida eterna. No es solamente un recuerdo, no, es algo más: es hacer presente aquello que ha sucedido hace veinte siglos atrás.

La Eucaristía nos lleva siempre al ápice de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, derrama sobre nosotros toda su misericordia y su amor, como lo ha hecho en la cruz, para así renovar nuestro corazón, nuestra existencia y el modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Dice el Concilio Vaticano II: «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado» (Constitución Dogmática, Lumen Gentium, 3).

Toda celebración de la Eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la Misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, abrigados por su calor. A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús nos lleva también a nosotros con Él para hacer la Pascua. En la Misa se hace Pascua. Nosotros, en la Misa, estamos con Jesús, muerte y resucitado y Él nos lleva adelante, a la vida eterna.

En la Misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él: «Yo estoy crucificado con Cristo – dice San Pablo – y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,19-20). Así pensaba Pablo.

Su sangre, de hecho, nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no sólo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que nos toma cada vez que caemos victimas de nuestro pecado y del de los demás. Y entonces nuestra se contamina, pierde belleza, pierde significado, muere.

Cristo en cambio no devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando ha afrontado la muerte la ha derrotado para siempre: «Resucitando destruyó la muerte y nos dio vida nueva». La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte, porque Él ha transformado su muerte en un supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y en la Eucaristía, Él quiso comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar como Él nos ha amado, dando la vida.

Si el amor de Cristo está en mí, puedo donarme plenamente al otro, con la certeza interior que si incluso el otro debiera herirme yo no moriría; de lo contrario tendría que defenderme. Los mártires han dado la vida justamente por esta certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Sólo si experimentamos este poder de Cristo, el poder de su amor, somos verdaderamente libres de donarnos sin miedo.

Y esta es la Misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección, ascensión de Jesús. Y cuando vamos a Misa, es como si fuéramos al calvario, lo mismo. Piensen ustedes: si nosotros vamos al calvario – pensemos con imaginación – en ese momento, y nosotros sabemos que ese hombre ahí es Jesús. Pero, ¿nosotros nos permitiríamos hablar,  tomar fotografías, hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! Nosotros seguramente estaríamos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser salvados. Cuando nosotros entramos en la iglesia para celebrar la Misa pensemos esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparece las habladurías, los comentarios y estas cosas que nos alejan de esta cosa tan bella que es la Misa, el triunfo de Jesús.

Pienso que ahora sea más claro como la Pascua se haga presente y obrante cada vez que celebramos la Misa, es decir, el sentido del memorial. La participación en la Eucaristía nos hace entrar en el misterio pascual de Cristo, donándonos pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, al calvario, ahí. La Misa es rehacer el calvario, no es un espectáculo. Gracias.

(Traducción del italiano por Renato Martinez de Radio Vaticana)

Saturday, November 18, 2017

5 testimonios de los primeros cristianos sobre la presencia de real de Cristo en la Eucaristía

La Iglesia Católica ha defendido a través de los siglos que Jesús está realmente presente en el pan y el vino consagrado. Para ello se basa en las Escrituras (Juan 6,52-59; Lucas 22,19; 1 Corintios 11,23-25; etc) y también en la Tradición Apostólica. Sobre esta última se toma en cuenta de manera particular el testimonio de los primeros cristiano, aquellos quienes recibieron esta enseñanza directamente de los apóstoles y dieron su vida por mantenerse fieles a esta doctrina.

Son muchos los testimonios recogidos por historiadores en los que se detalla la fuerte creencia de los primeros cristianos en la Eucaristía; en este artículo les compartiremos cinco de ellos.

San Ignacio de Antioquía (110 d.C.)

Fue discípulo de San Juan el Evangelista y obispo de Antioquía durante 40 años. Tuvo la responsabilidad de condenar la herejía de los docetas, quienes afirmaban que Cristo nunca tuvo un cuerpo físico y por eso no querían consumir la Eucaristía.

San Ignacio les decía lo siguiente: “Esforzaos, por lo tanto, por usar de una sola Eucaristía; pues una sola es la carne de Nuestro Señor Jesucristo y uno sólo es el cáliz para unirnos con su sangre, un solo altar, como un solo obispo junto con el presbítero y con los diáconos consiervos míos; a fin de que cuanto hagáis, todo hagáis según Dios”.

San Justino (165 d.C.)

Fue un laico conocido como el primer apologista cristiano, pues escribió muchas cartas defendiendo la doctrina cristiana. A él le debemos una de las descripciones más detalladas del culto cristiano en los primeros siglos y, por supuesto, esta descripción incluye una bella descripción de la Eucaristía:

“A nadie le es lícito participar en la Eucaristía, si no cree que son verdad las cosas que enseñamos […] Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias, que contiene las palabras de Jesús y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó. Los apóstoles, en efecto, en sus tratados llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias dijo: ‘Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo’. Y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias y dijo: ‘Esta es mi sangre’, dándoselo a ellos solos. Desde entonces seguimos recordándonos unos a otros estas cosas”.

San Ireneo (130 d.C. – 202 d.C.)

Se sabe que fue obispo de Lyon y es famoso por su obra Adversus Haereses, donde refuta las principales herejías de su época. En este libro él escribe lo siguiente:

"Para nosotros en cambio, la creencia concuerda con la Eucaristía, y la Eucaristía, a su vez, confirma la creencia. Pues le ofrecemos a Él sus propias cosas, proclamando concordemente la comunión y la unión de la carne y del espíritu. Porque así como el pan que es de la tierra, recibiendo la invocación de Dios ya  no es pan ordinario sino Eucaristía, constituida por dos elementos terreno y celestial, así también nuestros cuerpos, recibiendo la Eucaristía, no son corruptibles sino que poseen la esperanza de la resurrección para siempre".

San Atanasio (295 d.C. – 373 d.C.)

Quien fuera obispo de Alejandría enseñaba que:

“Verás a los ministros que llevan pan y una copa de vino, y lo ponen sobre la mesa; y mientras no se han hecho las invocaciones y súplicas, no hay más que puro pan y bebida. Pero cuando se han acabado aquellas extraordinarias y maravillosas oraciones, entonces el pan se convierte en el Cuerpo y el cáliz en la Sangre de nuestro Señor Jesucristo… Consideremos el momento culminante de estos misterios: este pan y este cáliz, mientras no se han hecho las oraciones y súplicas, son puro pan y bebida; pero así que se han proferido aquellas extraordinarias plegarias y aquellas santas súplicas, el mismo Verbo baja hasta el pan y el cáliz, que se convierten en su cuerpo“.

San Cirilo de Jerusalén (313 d.C. – 387 d.C.)

Fue obispo de Jerusalén y es considerado Doctor de la Iglesia. Entre sus numerosas catequesis hace una interesante referencia a la Eucaristía:

“Adoctrinados y llenos de esta fe certísima, debemos creer que aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de Cristo“.