Monday, February 16, 2015

¿Siempre se hizo la primera comunión hacia los siete años?, por Luis Antequera

Veíamos hace unos días que los criterios a seguir en lo relativo a la edad para la celebración de la primera comunión quedaban establecidos en la encíclica “Quam Singulari” de 8 de agosto de 1910 que recogía el Decreto de San Pío X sobre la edad para la primera comunión. La pregunta hoy es, ¿pero fue siempre así en la vida de la Iglesia?

La respuesta no es difícil de obtener, pues un detallado repaso al tema se contiene en la misma encíclica aludida.

“La Iglesia católica, ya desde sus principios, tuvo cuidado de acercar los pequeñuelos a Cristo por medio de la Comunicación eucarística, que solía administrarles aun siendo niños de pecho. Esto, según aparece mandado en casi todos los rituales anteriores al siglo XIII, se hacía en el acto del bautismo, costumbre que en algunos sitios perseveró hasta tiempos posteriores; aun subsiste entre los griegos y los orientales. Y, para alejar el peligro de que, concretamente, los niños de pecho arrojasen el Pan consagrado, desde el principio se hizo común la costumbre de administrarles la Sagrada Eucaristía bajo la especie de vino.”

Como tantas cosas cíclicas como en la vida existen, después de tan expeditiva y tempranera manera de hacer acceder a los niños al cuarto de los sacramentos, posteriormente se adoptó la costumbre de hacerlo mucho más tarde. S. Pío X nos dice también cómo tuvo lugar el cambio:

“Esta costumbre desapareció más tarde en la Iglesia latina y los niños no eran admitidos a la Sagrada Mesa hasta que el uso de la razón estuviera de algún modo despierto en ellos y pudieran tener alguna idea del Augusto Sacramento. Esta nueva disciplina, admitida ya por varios sínodos particulares, fue solemnemente sancionada por el Concilio general cuarto de Letrán, en el año 1215, promulgando su célebre canon número 21, por el cual se prescribe la confesión sacramental y la Sagrada Comunión a los fieles que hubiesen llegado al uso de la razón”.

Como bien afirma el Santo Pontífice “el Concilio de Trento, sin reprobar la antigua disciplina de administrar la Sagrada Eucaristía a los niños antes del uso de la razón, confirmó el decreto de Letrán”.

Pero no siempre “primera confesión” y “primera comunión” fueron de la mano:

“Hubo quienes sostuvieron que la edad de la discreción era distinta, según se tratase de recibir la Penitencia o la Comunión. Para la Penitencia juzgaron ser aquella en que se pudiera distinguir lo bueno de lo malo, y en que, por lo mismo, se podía pecar; pero para la Comunión exigían más edad, en la que se pudiese tener más completo conocimiento de las cosas de la fe y una preparación mayor. Y así, según las diferentes costumbres locales y según las diversas opiniones, se fijaba la edad de la primera Comunión en unos sitios a los diez años o doce, y en otros a los catorce o aún más”.

Algo que constituye un error:

“El Concilio de Letrán exige sólo una misma edad para uno y otro sacramento, al imponer conjuntamente el precepto de confesar y comulgar. Y si para la confesión se juzga que la edad de la discreción es aquella en que se puede distinguir lo bueno de lo malo, es decir, en la que se tiene algún uso de razón, para la Comunión será aquella en que se pueda distinguir el Pan Eucarístico del pan ordinario: es la misma edad en que el niño llega al uso de su razón”.

De que tal continúa siendo la costumbre al ocaso de la Edad Media y en los inicios del Renacimiento da buena cuenta la opinión de los mejores pensadores cristianos, por cierto, muchos de ellos españoles:

“Tenemos, además, como testigo de suma autoridad, a Santo Tomás de Aquino, que dice: ‘Cuando los niños empiezan ya a tener algún uso de razón, de modo que puedan concebir devoción a este sacramento (de la Eucaristía), entonces pueden ya recibirle’. Lo cual explana así Ledesma: ‘Digo, fundado en unánime consentimiento, que se ha de dar la Eucaristía a todos los que tienen uso de razón, aunque lleguen muy pronto a este uso de razón, y a pesar de que el niño no conozca aún con perfecta claridad lo que hace’. El mismo lugar explica Vásquez con estas palabras: ‘Desde el momento en que el niño llega al uso de razón queda obligado, por derecho divino, de tal manera que no puede la Iglesia desligarle de un modo absoluto’. Lo mismo enseña San Antonino: ‘Cuando el niño es capaz de malicia y puede, por lo mismo, pecar mortalmente, queda por esto obligado a la confesión y, por consiguiente, a la Comunión’”.

Si bien hacia el s. XIX la edad de la primera comunión vuelve a retrasarse, algo contra lo que lucha la Magistratura:

“Y así el Papa Pío IX, de f. m., en la carta del Cardenal Antonelli a los Obispos de Francia, fechada el 12 de marzo del año 1866, reprobó severamente la costumbre que se introducía en algunas diócesis de retardar la primera Comunión hasta una edad más madura y predeterminada. La Sagrada Congregación del Concilio, el día 15 de marzo de 1851, corrigió un capítulo del Concilio Provincial de Ruán, que prohibía a los niños recibir la Comunión antes de cumplir los doce años. Con igual criterio se condujo esta Sagrada Congregación de Sacramentos en la causa de Estrasburgo, el día 25 de marzo de 1910, en la cual se preguntaba si se podían admitir a la Sagrada Comunión los niños de catorce o de doce años, y resolvió: “Que los niños y las niñas fuesen recibidos a la Sagrada Mesa tan pronto como llegasen a los años de la discreción o al uso de la razón”.

Para finalmente, a la altura del 1910 y como tuvimos ocasión de ver ya, marcar S. Pío X con toda claridad la doctrina que se ha de tener hoy día por cierta en lo relativo a la primera comunión de los niños:

“La edad de la discreción, tanto para la confesión como para la Sagrada Comunión, es aquella en la cual el niño empieza a raciocinar; esto es, los siete años, sobre poco más o menos”.

Fuente: religionenlibertad.com

De la costumbre de vestir a los niños de marineritos en su primera comunión, por Luis Antequera

Es una cuestión para la que no tengo respuesta cierta a decir verdad. Rebuscando en la red me encuentro que alguien antes que yo ya se la había formulado, El punto que faltaba, aportando alguna interesante teoría por lo que procedo a transcribir lo dicho:

“Estamos en Mayo el mes de las “comuniones”, o mejor dicho de las “mini bodas”. En fin, el tema está en que me he topado con unos niños vestidos de marinerito y me he hecho la siguiente pregunta: ¿Por qué existirá esa costumbre? Pues bien, como muchos de vosotros habríais hecho he consultado Internet pero no existe una teoría sólida...

La más acertada en mi humilde opinión, habla de un simbolismo religioso de la Iglesia como la barca de Cristo. Ya que éste en la Biblia aparece como “pescador de hombres”. Otros hablan en el caso de España de una costumbre “franquista”. Otras teorías lo relacionan con las fuerzas armadas. Locuras la mayoría de ellas. Pero quizás, no vaya más allá de una absurda tradición ... No sé... Me parece una buena pregunta”.

Pues bien, como al redactor del blog El punto que faltaba, le “parece una buena pregunta”, -y a mí también que conste-, voy a intentar darle yo una buena respuesta apuntando una nueva teoría que podría tener algo de razón. Me la sugiere la lectura del libro “La Armada Española. La campaña del Pacífico, 1862-1871. España frente a Chile y Perú”, del excelente historiador de la Marina Agustín R. Rodríguez González.

En él, al comentar la euforia que a los españoles produjo la llegada a España el 20 de septiembre de 1867 de la fragata Numancia completando la primera vuelta al mundo que daba un barco acorazado en toda la historia de la navegación, epílogo y colofón de la brillante Campaña del Pacífico acometida por la Marina española entre los años que dan título al libro, dice lo siguiente:

“Así dio más que cumplidamente la primera vuelta al mundo un buque acorazado, hazaña entonces tenida por poco menos que imposible, y más si se tiene en cuenta que durante dicha vuelta el buque había combatido en dura campaña. La gesta quedó perpetuada con una inscripción en el puente de la fragata que decía: “in loricata navis quae primo terram circuivit”.

El entusiasmo en España se desbordó y pronto el buque quedó reproducido en numerosos grabados y pinturas, se vistió a los niños con trajes de marineros y el nombre de la fragata en la gorra o lepanto” (op. cit. pags. 115-116).

Puesto al habla con el propio Agustín, buen amigo de la casa, me da una pista sobre una buena fuente de lo que él afirma: la obra “Fortunata y Jacinta” de Benito Pérez Galdós en la que cuando la familia Santa Cruz adopta a un niño, pensando que es hijo ilegítimo de Juanito Santa Cruz, miren lo que le dice la abuela en un momento dado:

“¡Dios mío! ¡Y las tiendas cerradas hoy!--exclamó Barbarita en tono de consternación--. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un vestidito de marinero con su gorra en que diga: “Numancia” ¡Qué bien le estará!”

Costumbre ésta de vestir a los niños de marineritos, de la que me pregunto si no procedió finalmente la de hacerlo particularmente en ese momento iniciático fundamental que certifica su paso de la infancia a la pubertad, el de la primera comunión.

Me ayudaría mucho a corroborar mi teoría si alguno de Vds. tuviera fotografías antiguas de niños haciendo la comunión vestidos de marinerito, cercanas en todo caso a 1866. Si anteriores descartarían definitivamente la teoría. Si poco posteriores, contribuirían a confirmarla. Así que debajo tienen mi correo. No duden en hacérmelo saber en su caso.

Fuente: religionenlibertad.com

De la práctica de recibir la comunión en la mano, por Luis Antequera


La práctica de la comunión en la mano, que a muchos puede parecer contemporánea, es sin embargo muy antigua, probablemente la original en la vida de la Iglesia. Así lo reconoce la instrucción Memoriale Domini, firmada el 28 de mayo de 1969 por el Papa Pablo VI, que es la que reintroducirá la práctica, en el modo que vamos a ver, en la vida de la Iglesia actual, un reconocimiento que hace con las siguientes palabras:

“Es verdad que, según el uso antiguo en otros tiempos, se permitió a los fieles tomar en la mano este divino alimento y llevarlo a la boca por sí mismos” (Memoriale, 3).

En apoyo del aserto aporta dos testimonios antiguos. Éste de San Cirilo de Jerusalén en su obra “Mystagogic Catechesis”: “…Tómala, y estate atento para que no se te pierda nada” (op. cit. 5, 21).

Y éste de Justino en su “Apologia”:

“Después que el presidente terminó las preces y todo el pueblo hizo la aclamación, los que entre nosotros se llaman diáconos, distribuyen a cada uno de los presentes para que participen de ellos, el pan y el vino con agua, sobre los que se dieron gracias, y los llevan a los ausentes” (op. cit. 1, 65)

La práctica de la comunión "en la lengua" es posterior:

“Andando el tiempo, después de estudiar más a fondo la verdad del misterio eucarístico, su eficacia y la presencia de Cristo en el mismo, bajo el impulso ya de la reverencia hacia este santísimo sacramento, ya de la humildad con que debe ser recibido, se introdujo la costumbre de que el ministro por sí mismo depositase en la lengua de los que recibían la comunión una partícula del pan consagrado” (Memoriale 6).

Tal es la situación de partida con la que se encuentra Pablo VI. Pero ocurre que “habiendo pedido algunas Conferencias Episcopales y algunos Obispos en particular que se permitiese en sus territorios el uso de poner en las manos de los fieles el pan consagrado, el Sumo Pontífice mandó que se preguntase a todos y cada uno de los Obispos de la Iglesia latina su parecer sobre la oportunidad de introducir el rito mencionado [de comulgar en la mano]”.

El Papa somete entonces la cuestión a encuesta entre los obispos, con tres preguntas concretas y estos resultados:

“1. ¿Se ha de acoger el deseo de que, además del modo tradicional, se permita también el rito de recibir la sagrada comunión en la mano? Placet: 567; Non placet: 1.233; Placet iuxta modum: 315; Votos inválidos: 20.

2. ¿Place que se hagan antes experimentos de este nuevo rito en pequeñas comunidades, con el consentimiento del Ordinario del lugar? Placet: 751; Non placet: 1.215; Votos inválidos: 70.

3. ¿Piensa que los fieles, después de una preparación catequética bien ordenada, han de recibir de buen grado este nuevo rito? Placet: 835; Non placet: 1.185; Votos inválidos: 128”.

Ante esta encuesta, la decisión de la Sede Apostólica es la siguiente:

“No se cambia el modo, hace mucho tiempo recibido, de administrar la comunión” (Memorial, 10).

Es decir, la comunión deberá seguir siendo administrada en la lengua.

Y entonces -se preguntará Vd.- ¿cómo es que efectivamente en todas o casi todas las iglesias puede uno pedir al sacerdote que le deposite la sagrada forma en la mano? Pues bien, porque la misma Memoriale abría la puerta a la excepción, llamada a convertirse, sin embargo, en la regla:

“Si el uso contrario, es decir, el de poner la santa comunión en las manos, hubiera arraigado ya en algún lugar, la misma Sede Apostólica, con el fin de ayudar a las conferencias episcopales a cumplir el oficio pastoral, que con frecuencia se hace más difícil en las condiciones actuales, confía a las mismas Conferencias el encargo y el deber de examinar las circunstancias peculiares” (Memorial 11)

Concesión en base a la cual, la gran mayoría de las conferencia episcopales del mundo optaron por permitir la administración de la eucaristía en la mano del feligrés.

Fuente: religionenlibertad.com

De la costumbre de celebrar la Primera Comunión, por Luis Antequera

La costumbre de solemnizar el momento en que los niños alcanzan la edad que les introduce en la pubertad, los 8-9 años, existe en muchas religiones: entre los musulmanes los niños son circuncidados, entre los judíos –bien es verdad que bastante más tarde- se acompaña con el bar mitzvah.

En el cristianismo la entrada de los niños en la pubertad viene acompañada de la Primera Comunión, es decir, la fiesta en la que un niño accede por primera vez al sacramento de la eucaristía. Ahora bien, ¿se han preguntado Vds. desde cuando celebran los cristianos semejante acto iniciático?

En el protocristianismo, vale decir hasta el s. IV-V más menos, las cosas eran bien diferentes. Era raro el nacimiento en hogares cristianos, el acceso a la fe cristiana tenía lugar por conversión, y ésta venía acompañada por una larga catequesis que culminaba con un bautismo que solía venir acompañado de la que podemos denominar ya entonces Primera Comunión, aunque tan distinta de la que conocemos y practicamos hoy.

Sobradamente conocido es el caso del obispo San Ambrosio, que prácticamente se bautizó comulgó, recibió las órdenes y fue consagrado obispo el mismo día, y no debió de hacerlo tan mal cuando llegó a santo y desde el punto de vista histórico, desempeñó un papel fundamental en la cristianización del Imperio.

Consta que durante toda la edad media y aún durante el renacimiento, la primera participación de los niños en la eucaristía se realizaba sin especial preparación ni ceremonia: un buen día los niños, preferentemente en pascua o fecha cercana, acompañaban a sus padres a comulgar. No es sino a partir de Trento cuando diversos sínodos comienzan a preocuparse por el tema y a requerir una preparación ex professo de los niños para el acceso a su primera eucaristía. El santo italiano Carlos Borromeo desempeña en este sentido una labor fundamental ya desde el año 1564.

Disponemos de la descripción de un ritual semejante celebrado en 1593 en Rouen, y sin salir de Francia, de otro acontecido en 1616 en la parroquia de San Nicolás de Chardonnet de París, así como de un tercero celebrado en la diócesis de Múnster, en Alemania en 1661. El primer ritual dirigido a los sacerdotes de una diócesis para ofrecerles orientaciones precisas para esta fiesta es el de Bourges, una obra publicada en 1666 a la que ya tuvimos ocasión de referirnos cuando hablábamos de la costumbre entre los cristianos de imponer nombres cristianos a los niños.

Indudablemente entre las razones que llevan a conceder importancia semejante al momento de la Primera Comunión deben considerarse tres.

Primero y probablemente fundamental, la controversia que la presencia real de Jesucristo en la eucaristía suscita la Reforma luterana y la reacción que a favor de la misma produce la posterior reforma de Trento dentro del ámbito católico.

Segundo, el nuevo protagonismo adquirido por la parroquia desde Trento, con funciones tan importantes como el registro de los momentos fundamentales de la vida del ser humano (nacimiento, vale decir bautismo, matrimonio y óbito).

Tercero, ese deseo natural del ser humano de marcar de manera ritual y notoria el momento importantísimo que en el ciclo humano representa la entrada en la pubertad, para el que en el ámbito cristiano, y como hemos visto arriba, no existía, por el contrario que en otras religiosidades, una adecuada celebración.

El Catecismo Romano de Trento del año 1556 ya recoge algunos preceptos sobre la relación entre la eucaristía y los niños:

“Aunque esta ley de la frecuencia eucarística anual, sancionada por la autoridad divina y la de la Iglesia, obliga a todos los fieles, deben exceptuarse evidentemente los niños que no tienen aún uso de razón. Estos ni pueden ser capaces de discernir el pan eucarístico del pan común ni pueden recibirle con la digna preparación necesaria […].

Cierto que en algunos lugares existió la antigua costumbre de administrar la Eucaristía también a los niños; pero hace ya mucho tiempo desapareció por orden de la Iglesia, por razones que fácilmente se intuyen desde el punto de vista de la piedad cristiana.

En cuanto a la edad en que puede administrarse a los niños la primera comunión, nadie mejor para decirlo que el padre o el confesor del mismo, a quienes corresponde averiguar si los niños tienen el conocimiento y gusto de este admirable sacramento” (op. cit. cap. 3, núm. 8)

De cuyo tono no cabe concluir sino que aunque efectivamente dé unas indicaciones sobre el acceso de los niños al sacramento, la institución misma de la “primera comunión” aun no existe como tal.

Para cuando en 1910, por el contrario, el Papa San Pío X promulga el decreto de la Sagrada Congregación de los Sacramentos “Quam singulari”, la costumbre de la celebración de la Primera Comunión, como cabe extraer de su mismo texto, se halla claramente consolidada entre los cristianos.

Dicho todo lo cual, queridos amigos, me despido por hoy una vez más, no sin desearles, eso sí, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

Fuente: religionenlibertad.com

Tuesday, February 10, 2015

NUEVO DIRECTORIO HOMILÉTICO


La homilía no puede ser improvisada, se prepara con estudio y oración para llevar a Cristo en cada palabra

El Sr. Card. Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha presentado esta mañana en la Oficina de Prensa de la Santa Sede el ”Directorio Homilético”, elaborado por ese dicasterio bajo la prefectura de su predecedesor el Sr. Card. D. Antonio Cañizares Llovera. Han participado en el acto el arzobispo Arthur Roche y el Padre Corrado Maggione, respectivamente Secretario y Subsecretario de dicha congregación.

”A menudo, para muchos fieles -explicó el purpurado- el momento de la homilía,considerada buena o mala, interesante o aburrida, decide la importancia de la celebración. Efectivamente, la misa no es la homilía, pero ésta constituye un momento importante para la participación en los santos misterios, es decir la escucha de la Palabra de Dios y la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor”.

”El Directorio no nace sin una razón. Su objetivo es ofrecer una respuesta a la necesidad de mejorar el servicio propio de los ministros ordenados: la predicación litúrgica”, prosiguió el cardenal, señalando que ya en el Sínodo de los Obispos de 2005 se pedía a los ministros ordenados que preparasen la homilía con esmero, basándose en un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura . ”Este es un primer dato a tener en cuenta -subrayó- ya que la homilía está directamente vinculada a las Sagradas Escrituras, especialmente al Evangelio, e iluminado por ellas”. En el mismo Sínodo se solicitaba que en la homilía resonasen, a lo largo del año, los grandes temas de la fe y la vida de la Iglesia, y que se evidenciase el lazo que une el mensaje de las lecturas bíblicas con la doctrina de la fe mostrada en el Catecismo de la Iglesia Católica. ”Sobre la base de estas expectativas, Benedicto XVI, en la Exhortación Sacramentum Caritatis.., solicitaba una reflexión sobre este tema”.

Los Obispos retomaron la cuestión en el Sínodo sobre la Palabra de Dios, y así Benedicto XVI, en la Exhortación Verbum Domini, mientras recordaba que predicar adecuadamente en referencia al Leccionario era ”realmente un arte que debe ser cultivado”, también indicaba la oportunidad de elaborar “un Directorio sobre la homilía, para que los predicadores encuentren en él una ayuda útil para prepararse para el ejercicio del ministerio” .

”El surco estaba trazado -dijo el cardenal Sarah- y siguendo esa línea, la Congregación inició el proyecto, que recibió un fuerte impulso por el acento que puso en la homilía el Papa Francisco, en su exhortación apostólica “Evangelii gaudium” donde toca ese tema en 25 puntos : 10 dedicados a la homilía y 15 a su preparación”.

”La homilía -recalcó- es un servicio litúrgico reservado al ministro ordenado, que está llamado por vocación a servir a la Palabra de Dios según la fe de la Iglesia y no de forma personalista. No es un discurso cualquiera, sino un hablar inspirado en la Palabra de Dios que resuena en una asamblea de creyentes, en el contexto de una acción litúrgica, con el fin de aprender a practicar el Evangelio de Jesucristo”.

”Entre los criterios mencionados en el Directorio, indico algunos: La homilía está suscitada por las Escrituras dispuestas por la Iglesia en el Leccionario, que es el libro que contiene para los días del año las lecturas bíblicas de la Misa. La homilía está suscitada por la celebración en la que se insertan “estas” lecturas, es decir, por las oraciones y los ritos que conforman “esta” liturgia, cuyo principal protagonista es Dios, por Cristo, su Hijo, en la potencia del Espíritu Santo .

”Obviamente -concluyó- la homilía llama en causa a quien la pronuncia. De ahí la importancia de la preparación del homileta que requiere estudio y oración, experiencia de Dios y conocimiento de la comunidad a la que se dirige, amor por los santos misterios y amor por el Cuerpo vivo de Cristo que es la Iglesia”.

Fuente: iglesiaactualidad.wordpress.com

La Alegría del Evangelio, n. 158: Sencillez y claridad en la homilia

n.158: Ya decía Pablo VI que los fieles «esperan mucho de esta predicación y sacan fruto de ella con tal que sea sencilla, clara, directa, acomodada». La sencillez tiene que ver con el lenguaje utilizado. Debe ser el lenguaje que comprenden los destinatarios para no correr el riesgo de hablar al vacío. Frecuentemente sucede que los predicadores usan palabras que aprendieron en sus estudios y en determinados ambientes, pero que no son parte del lenguaje común de las personas que los escuchan. Hay palabras propias de la teología o de la catequesis, cuyo sentido no es comprensible para la mayoría de los cristianos. El mayor riesgo para un predicador es acostumbrarse a su propio lenguaje y pensar que todos los demás lo usan y lo comprenden espontáneamente. Si uno quiere adaptarse al lenguaje de los demás para poder llegar a ellos con la Palabra, tiene que escuchar mucho, necesita compartir la vida de la gente y prestarle una gustosa atención. La sencillez y la claridad son dos cosas diferentes. El lenguaje puede ser muy sencillo, pero la prédica puede ser poco clara. Se puede volver incomprensible por el desorden, por su falta de lógica, o porque trata varios temas al mismo tiempo. Por lo tanto, otra tarea necesaria es procurar que la predicación tenga unidad temática, un orden claro y una conexión entre las frases, de manera que las personas puedan seguir fácilmente al predicador y captar la lógica de lo que les dice.

La Alegría del Evangelio, n. 157: Una buena homilía, como me decía un viejo maestro, debe contener una idea, un sentimiento, una imagen

n.157: Sólo para ejemplificar, recordemos algunos recursos prácticos, que pueden enriquecer una predicación y volverla más atractiva. Uno de los esfuerzos más necesarios es aprender a usar imágenes en la predicación, es decir, a hablar con imágenes. A veces se utilizan ejemplos para hacer más comprensible algo que se quiere explicar, pero esos ejemplos suelen apuntar sólo al entendimiento; las imágenes, en cambio, ayudan a valorar y aceptar el mensaje que se quiere transmitir. Una imagen atractiva hace que el mensaje se sienta como algo familiar, cercano, posible, conectado con la propia vida. Una imagen bien lograda puede llevar a gustar el mensaje que se quiere transmitir, despierta un deseo y motiva a la voluntad en la dirección del Evangelio. Una buena homilía, como me decía un viejo maestro, debe contener «una idea, un sentimiento, una imagen».