Tuesday, February 10, 2015

EVANGELIZACIÓN A TRAVÉS DE LA HOMILÍA DOMINICAL, por Mons. Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristobal de las Casas

VER

En el reciente Encuentro de Catequistas de Adultos en nuestra diócesis, se lamentaba que hay personas que critican el que, en las catequesis y en las celebraciones, se aborden problemas de la comunidad a la luz de la Palabra de Dios. Hay fieles que querrían que nos quedáramos en un angelismo desencarnado y que habláramos de un Dios distante y alejado de lo que vive el pueblo. Como si la fe se redujera a un sentimiento piadoso, sin incidencia en la realidad. Es una queja que se escucha no sólo entre nosotros, sino en muchas otras latitudes.

Por otra lado, también hay quienes manipulan la Palabra de Dios para hacerla decir lo que uno piensa y quiere imponer; se escogen siempre textos que tienen que ver con los procesos sociales y políticos, sin dar su debida importancia a la oración, a la Misa dominical, a la confesión sacramental, a la estructura jerárquica de la Iglesia, a la defensa de la vida en el seno materno, a la devoción mariana.

No es fácil el equilibrio entre las dimensiones espiritual, trascendente y sobrenatural de la fe, con la social, política y cultural. No es sencillo armonizar las fuerzas entre la mano izquierda y la derecha del Cuerpo de Cristo, teniendo en cuenta que en la Iglesia del Señor se necesitan izquierdas y derechas, no peleando entre sí mismas, desgarrándose internamente, sino complementándose, para bien del pueblo.

JUZGAR

Dice el Papa Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones del próximo octubre: "La evangelización es un proceso complejo y comprende varios elementos. Entre estos, la animación misionera ha prestado siempre una atención peculiar a la solidaridad..., para dar la propia contribución a la mejora de las condiciones de vida de las personas en países en los que son más graves los fenómenos de la pobreza, malnutrición sobre todo infantil, enfermedades, carencia de servicios sanitarios y para la educación. También esto forma parte de la misión de la Iglesia".

Y reafirma con toda claridad, retomando lo que decía Pablo VI: "La Iglesia se toma en serio la vida humana en sentido pleno. No es aceptable que en la evangelización se descuiden los temas relacionados con la promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de opresión, obviamente respetando la autonomía de la esfera política. Desentenderse de los problemas temporales de la humanidad significaría ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre o padece necesidad; no estaría en sintonía con el comportamiento de Jesús, el cual ‘recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias' (Mt 9,35).

ACTUAR

Revisemos en qué hacemos consistir nuestra fe y cómo llevamos la pastoral evangelizadora. No basta ir a Misa, bautizarse, recibir los demás sacramentos y recitar algunas oraciones. Esto es importante, pues es acercarse a la fuente de la vida y llenarse del amor de Dios, pero no para quedarse en ello, sino para proyectarse en el servicio a los demás, tanto al interior de la comunidad cristiana, como en los areópagos de la política, la economía, la educación, los medios de comunicación, etc. La fe debe llevar a la transformación de costumbres, de estilos de vida, de criterios y formas de pensar, para que sean conformes al Evangelio.

Sin embargo, todo tiene su tiempo y su lugar. No se puede manipular una celebración haciendo a un lado los textos bíblicos señalados por la Iglesia, o llevándolos a temas ajenos al momento litúrgico. La realidad que debe iluminar la Palabra de Dios no se reduce a lo social, político y económico, sino que abarca muchos otros aspectos.

No es lo mismo una homilía, en que se explican los misterios que se celebran y se proyectan a la vida diaria, que una rueda de prensa, en que se abordan otro tipo de asuntos. No es lo mismo una Misa dominical, que una catequesis sistemática sobre cuestiones que la misma Doctrina Social de la Iglesia nos propone, y que tienen que ver directamente con lo social, político y económico. Seamos integrales en la vivencia de la fe y en la evangelización.

Entusiasmo y sencillez en las homilias, por el Card. Robert Sarah

El cardenal Robert Sarah, presidente del Consejo Pontificio "Cor Unum", ha animado en Valencia a los sacerdotes a poner de relieve "la centralidad de Cristo" en sus homilías no sólo con palabras, sino también con "el tono, las expresiones, la alegría, la sencillez y el entusiasmo", ya que "los fieles perciben el amor del celebrante a Cristo" en todo ello.

El purpurado guineano, que ha pronunciado una conferencia en la facultad de Teología "San Vicente Ferrer" con el título "La Palabra de Dios en la vida del sacerdote: oración y homilía", ha aconsejado también a los presbíteros evitar "homilías genéricas y abstractas que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico".

En este sentido, "debe quedar claro a los fieles que lo que interesa del predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía", ha subrayado el cardenal Sarah, que ha apoyado su disertación principalmente en la exhortación apostólica "Verbum Domini" del papa Benedicto XVI "sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia".

"El sacerdote procurará con sus palabras que los fieles puedan descubrir el rostro amable de Cristo, que se encuentra en el Evangelio, que oigan y pongan en práctica las inspiraciones que el Espíritu Santo suscita en la proclamación de la Palabra de Dios".

Para poder desarrollar ese modo de predicar, el purpurado ha recomendado a los sacerdotes dedicar un "tiempo de preparación a la homilía" que incluya un "estudio meditativo íntimamente unido a la oración personal". De hecho, "el predicador tiene que ser el primero que tiene que dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia".

En este punto, ha citado a san Agustín al añadir que "pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior".

Por otra parte, el cardenal Sarah ha exhortado a que, además de preparar con especial atención la homilía dominical y la de las solemnidades, "no se deje de ofrecer también, cuando sea posible, durante las misas del resto de días breves reflexiones apropiadas para ayudar a los fieles a acoger y hacer fructífera la palabra escuchada".

Por todo ello, ha animado a todos los cristianos, y en particular a los sacerdotes, a leer asiduamente la Biblia, a profundizar en su conocimiento y a dejarse interpelar por la Sagrada Escritura. Con su conferencia, ha quedado clausurado el ciclo de "Diálogos de Teología Almudí".

Cuando al cura le dicen «buen sermón» es que no era bueno: los consejos del reverendo Perry

Cualquier encuesta parroquial o diocesana sobre los problemas de la iglesia señalan como problema número uno los sermones aburridos, irrelevantes y sin sustancia.

El reverendo J. Perry Smith, pastor episcopaliano (anglicanos de EEUU) semi-retirado y autor de "The Unlikely Priest" (Padre Nuestro Books, 2011) ha publicado un artículo en The Wall Street Journal señalando lo que ha aprendido de buenos y malos predicadores. De hecho, señala que pastores muy populares pueden ser predicadores muy malos. En cambio, alaba al Papa por sus homilías eficaces y directas.

— Los elementos estilísticos del sermón

 "¡Un buen sermón!" es tal vez el peor elogio que puede recibir un predicador. Dicho por mera cortesía en el mejor de los casos, "un buen sermón" significa que lo que has dicho probablemente no ha sido escuchado, entendido o no era relevante.

"Tu sermón me ha emocionado o me ha desconcertado". "Me estabas hablando a mí". Estos son los elogios que nosotros, predicadores, queremos oír.

Incluso agradecemos un debate sobre el contenido del sermón porque demuestra que alguien estaba escuchando.

Predicar es realmente difícil, y muchos practicantes no tienen ni idea de lo que es meterse en la preparación de un sermón. Hay predicadores que esperan hasta el sábado por la noche por preparar sus sermones: o bien tienen mucho talento o son estúpidos y perezosos.

El fallecido Dunstan Stout, un sacerdote católico, capellán de la comunidad estadounidense en Ciudad de México, era el mejor predicador que he oído nunca. Le conocí a mediados de los años Sesenta; sus homilías duraban entre cuatro y seis minutos, eran contundentes e incluso recriminatorias y todos en la iglesia creían que les estaba hablando directamente a ellos. "Cualquier homilía que dure más de ocho minutos es demasiado larga", me dijo una vez. "Cualquier homilía que dure menos de cuatro minutos es demasiado corta. Una homilía o sermón debe centrarse en el Evangelio y debe ser relevante para los oyentes".  Su regla final sobre la predicación era: "Nunca digas nada desde el púlpito que tú no creas".

Los predicadores, pasados y presentes, violan las reglas del padre Stout. Sospecho a veces que el problema de estos predicadores es la pérdida de fe en el Evangelio, por lo que recurren a sus propias ideas. Se oyen predicaciones sobre asuntos de justicia social y de política de todo tipo, pero poco o nada del Evangelio.

Pero también los que creen verdaderamente pueden predicar de una manera mediocre, e incluso mala. No hay forma de predecir en qué momento oirás predicar así. Hace unos doce años, en la Catedral Nacional de Washington, el Reverendo Jesse Jackson dio uno de los peores sermones que he oído nunca. Habló durante 45 minutos. ¿Alguien sabe de qué estaba hablando? Me fui.

A la inversa, en la misma Catedral de Washington poco tiempo después, pude escuchar uno de los mejores sermones que he oído nunca. Lo pronunció el Reverendo Michael Curry, de la Iglesia Episcopaliana, antes de ser obispo, con la pasión de los antiguos evangelizadores itinerantes de carpa, pero con una teología sólida, haciendo que la Escritura fuera real para sus oyentes.

La religión de los viejos tiempos sigue estando aquí, con nosotros. ¿Estás salvado? ¿Declaras que Jesucristo es tu salvador personal? ¿Has recibido el Espíritu Santo?" La intromisión y la exhibición pública, junto al drama extático, atentan contra mi sensibilidad. Pero ese estilo de predicación está vivo y goza de buena salud.

Actualmente, algunos de los perfiles más altos de predicadores del país corresponden a los guías de las megaiglesias sin denominación. Entre ellos destaca Joel Osteen, el popular proveedor de lo que se conoce como Prosperity Gospel [evangelio de la prosperidad]. Atrae a los oyentes con su ancha sonrisa, su bonito cabello y su aparente sinceridad. No es un buen predicador: es de guión, es firme, está formado en los medios de comunicación y repite como un mantra que Jesús te ama y por este motivo todo irá bien.

El Prosperity Gospel mezclado con psicología pop atrae: cuando vamos a la iglesia queremos que nos animen y sentirnos bien con nosotros mismos. El Sr. Osteen saca el máximo rendimiento a esto, enriqueciendo a su iglesia y a él mismo. Esto es cristianismo solamente de nombre en su máxima expresión, y vende porque es la salvación sin dolor y sin sufrimiento. Además hay canguro gratis, música estupenda y mucho café en el vestíbulo.

Pero la verdad es que el Sr. Osteen, como muchos predicadores, y en particular los que como nosotros estamos en las confesiones tradicionales, es realmente aburrido. Nuestro mensaje "Jesús te ama," aunque es verdad, no va muy lejos. Nuestro mensaje está estancado.

La Escritura tiene que revivir, prender fuego al corazón y tener significado en la vida de la gente para que aprendan a amar a Dios y crecer en la fe. Un predicador que sabe como dar un sermón así es el Papa Francisco. Ha cautivado la imaginación del mundo, en parte porque él vive el Evangelio, pero también porque ha entendido la brevedad y la relevancia.

Los aspectos más asombrosos de Francisco son su autenticidad y su habilidad para conectar apasionadamente con la gente. Claramente él cree lo que dice y hace lo que cree. Cada sacerdote, cada pastor debería aprender de él. Nuestra predicación tal vez mejoraría y quizá nosotros nos convertiríamos en mejores cristianos.

Sobre la homilía

La palabra homilía se deriva de la palabra griega homilia (de homilein), la cual significa tener comunión o tener interacción con una persona. En este sentido homilia se usa en 1 Cor. 15,33.

En Lucas 24,14, encontramos la palabra homiloun, y en Hch. 24,26, homilei, ambas usadas en el sentido de “hablar con”.

En Hch. 20,11, encontramos el término homilsas; aquí se usa por primera vez para denotar un sermón a los cristianos en relación con el partir del pan. Evidentemente era un discurso informal, o exposición de la doctrina, pues se nos dice que San Pablo “habló largo rato… hasta el amanecer”. De ahí en adelante la palabra se usó como señal del culto cristiano (San Justino, “Apol. I”, c. LXVII; Ignacio, “Ep. Ad PLyc.”, V).

— Orígenes comienza a distinguir entre homilía y sermón

Orígenes fue el primero en distinguir entre logos (sermo) y homilia (tractatus). Desde la época de Orígenes homilía ha denotado, y todavía denota, un comentario, sin una introducción formal, división o conclusión, de alguna parte de la Escritura, cuya meta es explicar el sentido literal, y desarrollar el sentido espiritual del texto sagrado. El último, como regla, es el más importante; pero si, como en el caso de Orígenes, se le da más atención al primero, la homilía se llama explicativa en lugar de moral o exhortatoria. Es la forma más antigua de predicación.

Se puede decir que Cristo mismo predicó en este estilo (cf. Lc. 4,16-20) y fue el tipo de predicación utilizado por los Apóstoles y los Padres al dirigirse a los fieles. En la "Primera Apología" de San Justino Mártir (c. LXVII) se lee: "En el día llamado domingo todos reunidos en el mismo lugar, donde se leían los memoriales de los Apóstoles y los profetas… y cuando el lector termina, el obispo pronuncia un sermón", etc.

— Homilías más antiguas

La más antigua homilía existente es la llamada Segunda Epístola de Clemente a los Corintios; sin embargo, ahora se admite generalmente que no es de Clemente (vea Bardenhewer, "Patrologi", tr Shahan, p. 29.).

Tenemos ciento noventa y seis de Orígenes; algunas de San Atanasio, aunque él era más un polemista que un predicador; las breves y antitéticas homilías de León I también han llegado hasta nosotros; y las más importantes son las de Gregorio I.

Otros autores de homilías son: Hilario, Ambrosio, Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, Fulgencio, Isidoro, Beda, Bernardo y muchos otros.

Incluso después que el arte de la retórica influyó en la predicación, la forma de oratoria sagrada continuó, de modo que se reconocieron dos estilos de predicación: el estilo improvisado, sin pulir, o familiar, y el pulido, o preparado cuidadosamente. Buenos ejemplos de ambos se pueden ver en San Juan Crisóstomo, también en San Agustín. La homilía fue el estilo favorito de predicación en la Edad Media; y muchos de los sermones predicados entonces, a partir del uso frecuente de los Textos Sagrados.

— Tratamiento de la homilía

En la actualidad hay cuatro formas reconocidas de tratamiento de la homilía, pero no todas son igualmente recomendables.

El primer método consiste en tratar por separado cada frase del Evangelio. Este fue el método uniforme de San Anselmo, según se infiere de las dieciséis homilías que nos han llegado. No se recomienda, pues da, a lo mejor, solo un tratamiento fragmentario y disperso.

El segundo método es todo lo contrario; enfoca la totalidad del contenido del Evangelio en una sola idea. Usualmente se le llama “homilía superior”, y sólo difiere del sermón oficial o formal en la ausencia de introducción y peroración. Está claro que sólo ciertos evangelios pueden ser tratados de esta manera.

La tercera clase selecciona alguna virtud o vicio que surge del Evangelio, y trata uno o el otro con exclusión de todo lo demás. A esta clase de homilía se le llama comúnmente un “propenso”.

La cuarta clase es la que primero parafrasea y explica todo el Evangelio, y luego hace una aplicación de él. Éste, el método de San Juan Crisóstomo, parece ser el mejor, excepto donde se aplica la “homilía superior”, debido a que puede evitar el defecto que aqueja a la homilía, es decir, una tendencia a la falta de unidad y continuidad.

Las ventajas de la homilía son que es una forma de predicación que estuvo en uso desde el principio mismo del cristianismo; es simple y fácil de entender; provee una mejor oportunidad que el sermón oficial para entretejer la Sagrada Escritura.

En cuanto a su lugar en la Misa, la homilía es usualmente predicada después del Evangelio, pero San Francisco de Sales preferiría que viniese después de la Comunión.

Fuente: Enciclopedia Católica Online

Sobre la homilía, por Teófilo Cabestero

La etimología nos dice que el nombre “homilía” viene del vocablo griego “homilein”, que significa “conversar o comunicar algo con familiaridad”; “compartir algo hablando de ello amistosamente".

Este significado etimológico sugiere el estilo y el tono propio de quien dirige confiadamente su palabra a familiares y amigos. No es el tono solemne, altisonante y a veces fanático de una proclama populista. Y menos aún el trueno acusatorio de quien juzga y condena o exige e impone algo a otros con autoritarismo. No es tampoco la disertación magistral de una cátedra o la exposición precisa de una clase o de una conferencia doctrinal y científica.

No. Lo propio de la homilía es el estilo y el tono cercano y confiado que despierta confianza, que anima a interesarse y a participar en lo que se comparte, porque es algo que concierne y conviene tanto a los que escuchan como al que habla. Todos quedan familiarmente implicados.

Ese estilo contagiante afecta al contenido de la homilía en la forma en que se concibe y se comunica cordial y llanamente, como algo que es de interés común para las personas reunidas en la asamblea, aun siendo estas en muchos aspectos tan diferentes como deben ser.

Fuente:
¿Se entienden nuestras homilías?
Teófilo Cabestero
Centro de Pastoral Liturgica

Wednesday, February 4, 2015

El introito o canto de entrada de la Misa, por Raul del Toro Sola

En este artículo voy a tratar del canto de entrada de la Misa o introito. Me serviré para ello del conocido manual de Mario Righetti Historia de la liturgia (BAC, 1956), así como del libro El canto gregoriano, de Juan Carlos Asensio (Alianza, 2003).

El nombre clásico que el canto de entrada recibe en la liturgia católica es introitus, “introito”, del latín introeo, “entrar”. El canto del introito no está entre los más antiguos dentro de la liturgia. Su función es la de acompañar la entrada del celebrante, y lógicamente el énfasis en este aspecto más bien externo de la celebración sólo pudo darse una vez mitigada la persecución y la clandestinidad inicial.

Hacia el año 426 San Agustín da a entender que por entonces no existía el introito en las iglesias de África. El pasaje en cuestión relata el modo en que daba comienzo la celebración en África. Se había producido una curación extraordinaria en la mañana de Pascua, y el santo obispo de Hipona llegó a la iglesia, llena de fieles entusiasmados y en acción de gracias. Entonces San Agustín relata:

Saludé al pueblo, y, una vez hecho silencio, comenzó la solemne lectura de las divinas Escrituras.

Se ve por este pasaje que en África no existía aún la costumbre del canto introductorio.

En lo que respecta a la liturgia de Roma, el Liber Pontificalis parece sugerir que fue el papa Celestino I (422-432) el que introdujo el introito:

Éste (Celestino) estableció que se cantaran los 150 salmos de David antes del sacrificio, lo cual antes no se hacía, sino que sólo se recitaba la epístola del beato Pablo y el santo Evangelio.

Naturalmente, este pasaje no es suficientemente claro. No faltan autores que lo que aquí ven no es sino la introducción del Oficio Divino en Roma. Otros creen que antes del papa Celestino ya existía un introito en forma de simple antífona, y que lo que Celestino habría dispuesto sería en todo caso el canto de todo o parte del salmo, para poder cubrir toda la procesión del entrada del Papa, que cada vez se iba haciendo más solemne y prolongada. En refuerzo de esta tesis está el hecho de que las misas más antiguas (Navidad, Epifanía, Pascua, Pentecostés y otras), posiblemente anteriores a Celestino, cuentan con introitos tomados mayoritariamente no de los salmos, sino de las lecturas de la Misa o de alguna otra fuente, con lo que el complemento sálmico se explicaría bien según el texto mencionado del Liber Pontificalis.

El introito, tal y como nos ha llegado en la tradición gregoriana, es un canto de complejidad media. No suele ser ni tan sencillo como las antífonas de comunión o del Oficio Divino, ni tan complejo como los graduales o los tractos. Los introitos gregorianos que conocemos tienen su origen en la schola o grupo de cantores, y a ellos incumbía desde el principio su interpretación.

El modo de ejecutarse variaba de unos lugares a otros. En Roma los cantores se colocaban delante del altar en dos filas, con los niños cantores en medio. La antífona del introito era cantada dos veces entera, una por cada lado del coro, antes de proseguir con la alternancia versículo sálmico-antífona que es la habitual y usada todavía hoy en día.

Pero en la mayoría de las iglesias, donde el rito era necesariamente más sencillo, la antífona al comienzo sólo se cantaba una vez, y el número de versículos del salmo que había tiempo de cantar durante la procesión de entrada no pasaba de uno o dos. Esta versión abreviada es la que ha quedado en los libros de canto litúrgico.

La mayoría de los introitos toman su texto de los salmos. Por lo general el texto del introito no se refiere a su momento dentro de la liturgia. Es decir, no suelen tratar sobre hecho de que esté comenzando la celebración, ni de la entrada del celebrante, ni de nada parecido. Más bien tratan de algún concepto principal y característico del día que se está celebrando. He aquí unos pocos ejemplos:

Navidad: Puer natus est nobis (“Un niño nos ha nacido”, Isaías 9, 6)

Domingo de Resurrección: Resurrexi et adhuc tecum sum (“Me he levantado, y aún estoy contigo”, salmo 138, 18)

Ascensión: Viri Galilaei, quid admirámini aspiciéntes in caelum? (“Galileos, ¿de qué os admiráis mirando al cielo?, Hechos 1, 11)

Es importante constatar que el texto del introito no siempre es una cita literal de la Escritura. No son raras las ocasiones en que se da una cierta elaboración literaria, o bien se unen versículos originalmente separados o procedentes de distintos lugares.

Cuando el texto del introito no procede de los salmos, lo cual suele suceder en las misas especialmente antiguas y en días litúrgicamente importantes, suele estar relacionado con las lecturas que se proclaman ese día.

Los introitos de los domingos “normales” son de composición algo posterior, y no suelen guardar una relación especial con las lecturas del día. En estos casos el texto se tomó de los salmos, y la elección del texto para cada domingo parece proceder de la costumbre antigua de recitar los salmos en el mismo orden en el que aparecen en la Escritura, la llamada lectio per ordinem.

Entre los textos de introitos más antiguos están Accipite iucunditatem (en la forma extraordinaria, es el introito del martes infraoctava de Pentecostés; en la forma ordinaria, es el introito del lunes y el jueves de la VII semana de Pascua), y Requiem aeternam, introito de la misa de difuntos en las dos formas del rito romano. Ambos textos están tomados del cuarto libro de Esdras, libro apócrifo que fue sacado del canon ya en el siglo IV, lo cual da testimonio de la venerable antigüedad de estos introitos.

La función del canto del introito es acompañar la entrada del celebrante. Este momento ha tenido diversa fisonomía a lo largo del tiempo. Originalmente el elemento fundamental era la procesión de entrada. Esta procesión es descrita con cierto detalle por los ceremoniales. Cuando era un obispo el que celebraba, al llegar al altar hacía una señal a la schola para que interrumpiera el salmo del introito y entonara el Gloria Patri final. En ese momento el director de la schola se inclinaba ante el obispo y “daba gloria a la Trinidad”.

En el siglo X se introdujeron en el rito de entrada las llamadas apologías del introito. Son unas oraciones privadas del sacerdote, que las dice al pie del altar mientras suena el canto del introito. La reforma litúrgica promulgada por Pablo VI suprimió estas oraciones y prefirió volver al primitivo formato de entrada meramente procesional.

En las misas cantadas de la forma extraordinaria o tradicional el introito suele quedar enlazado con los Kyries. Los lectores más melómanos se habrán percatado quizá de que en algunas misas de Requiem compuestas hace décadas casi no hay separación entre el introito Requiem aeternam y los kyries. Uno de los casos más conocidos es el Requiem de Gabriel Fauré. En las misas polifónicas antiguas que no son de Requiem esto no se percibe, porque el introito inmediatamente anterior a los kyries es de texto muy variable, y quizá por esto mismo la costumbre era mantenerlo en canto llano.

En lo que respecta a la forma ordinaria o Novus Ordo Missae, así describe el introito o canto de entrada la Instrucción General del Misal Romano:

47. Estando el pueblo reunido, cuando avanza el sacerdote con el diácono y con los ministros, se da comienzo al canto de entrada. La finalidad de este canto es abrir la celebración, promover la unión de quienes se están congregados e introducir su espíritu en el misterio del tiempo litúrgico o de la festividad, así como acompañar la procesión del sacerdote y los ministros.

48. Se canta, o alternándolo entre los cantores y el pueblo o, de igual manera, entre un cantor y el pueblo, o todo por el pueblo, o todo por los cantores. Se puede emplear, o bien la antífona con su salmo como se encuentra en el Graduale Romanum o en el Graduale simplex, o bien otro canto que convenga con la índole de la acción sagrada, del día o del tiempo litúrgico, cuyo texto haya sido aprobado por la Conferencia de los Obispos.

Si no hay canto de entrada, los fieles o algunos de ellos o un lector, leerán la antífona propuesta en el Misal, o si no el mismo sacerdote, quien también puede adaptarla a manera de monición inicial (cfr. n. 31).

Resumo a continuación las opciones que se presentan. Téngase en cuenta que en los libros litúrgicos el orden de aparición de las opciones en el texto indica el orden de preferencia.

Ministerios litúrgicos:

1 alternancia cantores-pueblo
2 alternancia cantor-pueblo
3 todo por el pueblo
4 todo por los cantores

Repertorio:

1 Antífona de introito del Graduale Romanum
2 Antifona de introito del Graduale Simplex
3 Otro canto aprobado relacionado con el momento y el día.

El Graduale Romanum es el libro que contiene todos los cantos gregorianos para las misas de todo el año. En 1974 apareció la nueva edición ordenada conforme a la reforma litúrgica. El Graduale Simplex fue editado muy poco tiempo después del Vaticano II, siguiendo el mandato conciliar de ofrecer un repertorio gregoriano más sencillo, al alcance de las iglesias y los coros más modestos. También fue objeto de una segunda edición conforme al Novus Ordo.

Es necesario elaborar y publicar una correcta musicalización de los textos del Graduale en las lenguas vernáculas de España. En los últimos años se está desarrollando una muy interesante tarea de musicalización del Graduale Romanum en inglés, con un estilo impecablemente litúrgico que sigue muy de cerca los modelos gregorianos. Esta imitación gregoriana estricta no es el único camino, naturalmente. Pero este proyecto es un modelo que seguir por varias razones.

Desde el punto de vista del texto, se recibe la tradición. Es una grave pérdida que los textos asignados desde muy antiguo al introito de las fiestas principales queden arrumbados a cambio de culquier cosa. Es cierto, como he dicho más arriba, que los introitos de los domingos del Tiempo Ordinario no tienen una especial relación las lecturas. Pero el lenguaje de los salmos, como el de la Escritura en general, tiene un tono teológico y espiritual muy diferente al de las canciones que se usan habitualmente, con textos de nueva creación. Aquel es recio, denso, teocéntrico y más objetivo. Los textos actuales adolecen muchas veces -no siempre- de una piedad subjetiva, personal, muy antropocéntrica (sea el individuo, o tantas veces la comunidad), y padecen un sesgo voluntarista frecuente.

En cuanto a la música, hay otros caminos aparte de la imitación gregoriana estricta. Pero ya enseñaron san Pío X y san Juan Pablo II que una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano.

Fuente: infocatolica.con

Inclinación antes de comulgar, por Bruno M.


Hace poco, un lector me preguntó si la Iglesia recomendaba hacer una inclinación antes de comulgar, porque un sacerdote le había asegurado que no era así.

Es triste pero muchos sacerdotes, aunque sean buenos sacerdotes, no conocen bien el Misal ni las disposiciones de la Iglesia sobre la liturgia. Están sobrecargados de trabajo y parece que siempre hay cosas más urgentes que hacer.

Como el tema es interesante, porque estamos muy necesitados de incrementar nuestro respeto y espíritu de adoración ante Cristo presente sacramentalmente entre nosotros, reproduzco en el blog mis conclusiones sobre el tema de la inclinación previa a la comunión.

Como es sabido, la comunión en el rito romano se puede recibir en pie o de rodillas (algo que depende del fiel y no de lo que determine el sacerdote celebrante). El Misal Romano sí que recomienda hacer una reverencia antes de comulgar cuando se comulga de pie (se entiende que comulgar de rodillas ya es, de por sí, suficiente gesto de adoración):

“[…] Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas” (Instrucción general del Misal Romano 160).

Lo mismo recuerda la Congregación para el Culto en la Instrucción Redemptionis Sacramentum de 2004, que es el último documento importante sobre el tema, citando precisamente ese número del Misal Romano:

“«Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas»”(Instrucción Redemptionis Sacramentum 90).

Con ello, no hacía más que repetir lo que dijo otra Instrucción de la misma Congregación en tiempos de Pablo VI, justo después del Concilio Vaticano II, en 1967:

“Cuando los fieles comulgan de rodillas no se exige de ellos otro signo de reverencia para con el Santísimo Sacramento, porque la misma genuflexión expresa adoración.  Pero cuando se comulga de pie se recomienda encarecidamente que los que se acercan procesionalmente hagan una reverencia debida antes de la recepción del Sacramento, en lugar y tiempo oportuno para no entorpecer el acceso y retiro de los fieles” (Eucharisticum mysterium 34).

Las Conferencias Episcopales suelen pedir que esa reverencia tome la forma de una inclinación de cabeza. Por ejemplo, la argentina:

“En la Argentina se establece, como forma habitual, que los fieles reciban la Comunión de pie y realicen antes, como gesto de reverencia, una inclinación de cabeza” (Norma Nº 35: CEA 84, noviembre de 2002).

O la española:

“Los fieles comulgarán habitualmente de pie, haciendo antes una inclinación de cabeza, pudiendo recibir la comunión en la boca o en la mano” (Carta de Mons. Julián López Martín, obispo de León, a los presbíteros y diáconos, octubre de 2005).

En cualquier caso, estas recomendaciones litúrgicas son expresión de algo más profundo: el respeto inmenso y la actitud de adoración con la que todo católico debe acercarse a recibir a Cristo.

Fuente: infocatolica.com